Ocultos detrás de la ira
Publicado por Antonio Pignatiello Megliola en marzo 19, 2013
Develar la propia posición inconsciente no es una confesión de pecados para pedir perdón. Otro aspecto a destacar del proceso terapéutico es el que incide en los mecanismos psíquicos que le sirven al agresor para sostener y naturalizar su conducta. Uno de esos mecanismos inconscientes es el que usa para evitar el contacto con el significado de sus actos y lo que pasa con sus víctimas. Para lograr esto el agresor lo que hace es negar la naturaleza de sus acciones y el daño que producen en la mujer. Con esta estrategia defensiva levanta un muro que no deja pasar los sentimientos y crea condiciones para ejercer la violencia sin remordimientos. Una vía de cambio se abre cada vez que un hombre maltratador llega a ser capaz ponerse en los zapatos de la mujer y preguntarse ¿qué siente ella? La empatía que ahí puede surgir no es algo que se decreta, sino el resultado de un trabajo e incluso una disciplina.
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Sobre lugares y relatos de las paternidades
Publicado por Antonio Pignatiello Megliola en febrero 26, 2013
Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera.
Juan Rulfo
De manera desapercibida, cada uno pasa por la vida dándole significado a la palabra padre. Hay paternidades, hombres que ocupan para otros el papel de padres, hijos que le dan a alguien ese lugar. Los padres pueden ser personajes amados y odiados, esperados, anhelados, ausentes o invasivos. Un padre puede ser ese al que se culpa de lo que no está bien, aquel a quien se le debe todo o el que se presenta como un horizonte inalcanzable. Encontramos padres en las familias, las organizaciones, las escuelas o los deportes, tenemos padres de la patria, padres de las iglesias y padres de las innovaciones tecnológicas.
Arrastramos tradiciones monoteístas que nos presentan al padre como un personaje mítico, único y verdadero, el representante de una esencia singular. Las realidades familiares contemporáneas nos plantean la necesidad de ocuparnos de la multiplicidad y la diversidad en lo que se refiere a las paternidades, adentrarnos en lo plural y lo multidimensional de las funciones paternas y los individuos que las ejercen.
La maternidad y la paternidad son producciones culturales como la alfarería, el tejido o la agricultura. Son también producciones subjetivas, así como las vasijas que salen de las manos alfareras, son algo diferente y particular para cada sujeto. Van mucho más allá de la función biológica que hace posible la reproducción de la especie, no son atributos con las que nace un individuo de acuerdo al sexo que le tocó, son resultado de relaciones y procesos simbólicos que les dan significado.
Las respuestas acerca de qué es un padre van acompañadas de otras acerca de dónde encontrarlo y qué se cuenta acerca de él. Lugares y relatos en lo íntimo de cada individuo, en las relaciones sociales, en las instituciones o en las formaciones culturales. No hay nombre para el padre sin un lugar en el que habita, una palabra materna que lo señala y una posición inconsciente que lo sostiene.
Hacerse padre es también una construcción en la realidad subjetiva de los individuos llamados a ocupar ese rol. Las formas en que se ejerce la paternidad están estrechamente ligadas a la construcción de la masculinidad y a la manera como un hombre se ubica en relación a las figuras maternas. Muchas personas tienen dificultades para integrar el ser hombre y el ser padre. El ejercicio de la paternidad es un tema dejado a un lado como vergonzoso o poco relevante, oculto y subvalorado para muchos de sus protagonistas.
Hemos heredado figuras del padre ligadas a la autoridad y al ejercicio del poder, las cuales viven en las relaciones cotidianas y los complejos inconscientes, a pesar de los
cambios culturales que han producido un declive del patriarcado. Por un lado tenemos el autoritarismo, abandono, violencia y desapego que se derivan del uso del poder para darle significado a la paternidad. Por otra parte encontramos ideologías nostálgicas que nos prometen salvarnos de los males sociales si volvemos al viejo orden en el que la autoridad paterna no se cuestionaba.
La manera patriarcal de concebir al padre se encuentra cuestionada y debilitada por los cambios culturales en los roles de género y en las configuraciones familiares, así como por los procesos de democratización en muchas sociedades. Pero no hay que creer que el patriarcado está acabado, impera abiertamente en muchas sociedades, goza de buena salud incluso en el seno de muchas familias matricentradas.
El declive de la hegemonía patriarcal no debe llevarnos a omitir el papel de los hombres en la reproducción, la crianza de los hijos y la integración de unidades familiares. Podemos concebir roles paternos que logren prescindir de la violencia y el uso del poder sobre mujeres e hijos, nos hace falta hablar de otras facetas existentes pero poco exploradas de la paternidad.
Estas son cuestiones relevantes para el abordaje de problemáticas individuales, familiares y sociales. En junio del año pasado, presentamos una primera aproximación a las relaciones entre masculinidad y paternidad en Habitar territorios entrañables. Lo expuesto en este artículo es una presentación de los temas que abordaremos en el Seminario Lugares, relatos, paternidades, que tendrá inicio el 3 de abril en la Librería Liberarte. Será un espacio de estudio y reflexión en el que nos proponemos integrar los aportes del psicoanálisis con los de la psicología, las ciencias sociales, la educación y las artes. Un espacio para el diálogo entre saberes y el encuentro de nuevos significados.
Nota
Para información adicional sobre el seminario puede ponerse en contacto con Librería Liberarte escribiendo al correo paraliberarte@gmail.com o llamando a los teléfonos 0212 6629169 y 0416 3040929.
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Ese oscuro objeto
Publicado por Antonio Pignatiello Megliola en septiembre 24, 2012
Son las cinco de la tarde en un barrio de Caracas, un joven sale de su casa y se dirige hacia esa esquina cercana en la que se reúne con sus compañeros de banda, mientras camina le complace sentir el peso de la pistola que carga oculta. No muy lejos de ahí, en la vía rápida, un padre de familia conduce irritado por el tráfico que no lo deja ir a toda velocidad en su potente vehículo. Este mismo hombre al llegar a casa ve desorden y desajuste por todos lados, se molesta, grita, le reclama a su mujer. Por su parte, uno de sus hijos, un adolescente de dieciséis años está en el cuarto molesto y discutiendo con la novia por teléfono, le reclama y la insulta cuando ésta le reitera que aún no quiere tener relaciones sexuales. Al hermano menor de esta muchacha le va mal en la escuela donde cursa quinto grado, lleva muy malas calificaciones y tiene problemas con las normas, él siente que en la escuela todos quieren mandarle y él no se va dejar, mucho menos de esa profesora que la tiene cogida con él. Esta profesora tiene un hermano que atraviesa una crisis con su esposa desde hace un año, a raíz de que ella empezó a trabajar y gana un sueldo que es casi el doble de lo que él gana, está angustiado e irritable, pero siente alivio cuando se reúne con sus amigos y sale a beber. En su trabajo este hombre tiene un jefe que dirige al personal dando gritos, humilla a los subalternos e insulta a cualquiera que exprese un desacuerdo, para éste el trabajo es su vida y también la fuente de ingresos con los que le gusta complacer a su esposa y sus hijos.
La costura que une todas estas historias está hecha de un hilo especial para atuendo de caballeros. Este hilo es el poder y con él se cosen experiencias de vida, costumbres, vivencias subjetivas y conductas con las que se hacen los hombres, en el marco de referentes culturales y relaciones sociales que instituyen posiciones de superioridad jerárquica, dominio y control de ellos sobre las mujeres. Este orden socio cultural
basado en la hegemonía masculina atraviesa todos los aspectos de la vida humana, sustenta creencias y prácticas cotidianas en las cuales ser hombre y ser el que manda se presenta como un binario indisoluble. De acuerdo a esta masculinidad patriarcal, ser hombre es mandar en la familia, la sexualidad, la pareja, la producción y administración de bienes, el uso de la violencia. Es de hombres el dominio de las armas, del conocimiento, de la tecnología y de la conexión con la divinidad, pero no sólo eso, ser hombre es ser la imagen de Dios todopoderoso.
En muchos países esta hegemonía ha sido cuestionada, los imperativos patriarcales se han puesto en entredicho y se han logrado cambios sociales, culturales y políticos que han eliminado desigualdades. Sin embargo para muchas personas e instituciones sigue imperando la premisa según la cual lo normal es el dominio de los hombres sobre las mujeres, así como mucha gente siente alguna nostalgia de aquellos tiempos en que los hombres sí llevaban los pantalones y hacían valer su autoridad.
La asociación entre masculinidad y poder se mantiene viva en las subjetividades de hombres y mujeres, no como una ideología, sino como parte de procesos y estructuras inconscientes que se manifiestan en la vida cotidiana de los individuos. Así podemos empezar a comprender, por ejemplo, cómo es posible que parejas muy jóvenes repitan modelos machistas anacrónicos, o la fascinación que sienten muchas personas ante un-hombre-de-mando que abusa del poder sin límites ni pudor.
Donde hay hegemonía masculina podemos encontrar pactos de silencio y tabúes que la protegen. Hace falta perder el miedo y empezar a preguntarse ¿cómo se produce ese poder? ¿Cómo actúa? ¿Qué mecanismos usa para perpetuarse? Atreverse a poner en entredicho la idea de que el poder es algo que tienen los hombres como parte de su naturaleza. Sin darnos cuenta, damos por sentado que el poder es un atributo de los hombres, como si eso se llevara en las hormonas, los testículos, la estructura corporal, la cantidad de vello o en la nuez de Adán.
El poder no es un recurso natural acumulado en ciertas personas, grupos o instituciones, tampoco algo que baja de los cielos para que unos elegidos lo detenten. Es una producción social, es resultado de un tejido de relaciones en todos los ámbitos de la vida humana. Consiste en acciones que deciden la conducta de otros, existe siempre en el contexto de relaciones sociales e intersubjetivas y no como algo que se tiene o se acumula. Se suele decir, por ejemplo, que el dinero o las armas dan poder, pero el poder no está en esos objetos sino en las relaciones donde alguien hace uso de ellos para imponer a otros sus decisiones.
Las mujeres que han salido de relaciones con parejas violentas muestran por qué es importante dejar de creer en el poder como algo propio de la naturaleza masculina. En estos casos la mujer está consciente de que la pareja hace uso de mecanismos para dominarla, pero a la vez piensa que ese
poder vino en el paquete de ese hombre, que le tocó así, que es por el carácter que tiene, porque es más astuto que ella o porque la ama intensamente. La mujer comienza a dejar de estar atrapada en el maltrato cuando cae en cuenta de que ese poder no es tan natural ni tan normal, que es ficticio en buena parte, que surge de una forma de relación y que ella sin saberlo ha contribuido a crear la imagen de un ser temible y todopoderoso. Cuando esto ocurre, la mujer se ubica de otra manera ante el maltrato y el agresor empieza a llevarse sorpresas porque ya no encuentra a la víctima que doblegaba.
En la subjetividad de los hombres la relación con el poder no surge de manera espontánea, es resultado de la manera como cada uno incorpora ideales, formas de relación y rituales patriarcales. Para ser hombre hay que demostrar poder, este mandato está presente en la vida de los varones desde la infancia, así como la angustia asociada a lo que podría pasar si no se cumple con él. Hacerse hombre bajo esas premisas conduce a padecer de una hipertrofia de todo lo asociado con la búsqueda, manejo y sostenimiento del poder, que genera tensión, sufrimiento y daños para sí mismo y para los otros. El poder se convierte así en un objeto imaginario para ser poseído, arrebatado o cuidado como un tesoro fálico que se teme perder. Atrapado en esa dinámica el sujeto puede llegar
al punto de no ser capaz de relacionarse con los otros sin la mediación de ese objeto.
Cuando el poder se convierte en objeto que rige el mundo psíquico se vive en una pose narcisista, se carga el peso de una máscara que encubre la vulnerabilidad, las carencias y la necesidad recibir ayuda de otros. Detrás de rasgos de arrogancia se esconden seres que dependen de ilusiones ligadas al poder para sostener su autoestima, que viven temerosos de ser menos si no aparentan tener algún poder, así sea éste espurio, ilusorio, abusivo o delictivo. En el fondo esta es una posición de sumisión infantil a una amenaza imaginaria de castigo para quien no cumpla el mandato. Hay también los que se sienten poderosos porque en su realidad psíquica se han identificado con alguna figura encumbrada. Hay otros que se satisfacen mentalmente fantaseando situaciones de dominio sobre otros.
Un hombre que basa su existencia en dualidades como poderoso-vulnerable, dominante-sometido o superior-inferior, se mortifica pensando que no tener poder es estar castrado, angustiado se aferra a cuotas de poder con la pareja, los hijos, los alumnos, en las relaciones laborales, la práctica religiosa o las funciones gubernamentales. En ciertos casos, para tener poder el sujeto se apropia de una persona, un grupo, una institución o una comunidad a la cual tiene sometida, atemorizada y humillada. Dinámicas de este tipo son parte de los procesos que producen violencia intrafamiliar, escolar, política, delincuencial o carcelaria.
En las relaciones de los varones con el poder también hay conflictos, rechazo y sufrimiento. En todos los hombres encontramos brechas entre los ideales de dominio y la realidad del sujeto, así como otros deseos e ideales orientados a relaciones de equidad, solidaridad, cuidado mutuo y apoyo.
Es posible ser hombre sin estar atrapado en la moral y la estética del poder. Hace falta concebir lo masculino desde otros lugares, se puede tener respeto, amor y honor sin depender del ejercicio del poder. Esta apertura puede darse si se superan los tabúes y los temores a perder privilegios sobrevalorados. Es posible si se rescatan y aceptan aquellos aspectos de la propia existencia que fueron rechazados, si reconocemos que al final no es tal el poder que creemos tener sobre las mujeres, sobre nuestro cuerpo o sobre la muerte.
Desmontar las ficciones del poder nos coloca desnudos ante nuestras carencias y necesidades insatisfechas, nos revela incompletos e inacabados, sujetos deseantes y vulnerables. Significa renunciar al goce de la ficción de superioridad, dominio y control, pero abre la puerta a un mundo más amplio de satisfacciones.
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Habitar territorios entrañables
Publicado por Antonio Pignatiello Megliola en junio 26, 2012
En el comienzo de Cien años de soledad, el coronel Aureliano Buendía evoca a su padre José Arcadio Buendía, quien fundó Macondo y una estirpe luego de dar muerte en duelo de honor a un hombre que cuestionó su virilidad. La imagen del coronel recordando la tarde en que conoció el hielo, condensa al poder, las armas y la violencia en torno a la figura paterna.
Ser padre es mucho más que aportar un espermatozoide para preñar a una mujer. La paternidad, al igual que la maternidad, es una producción cultural, en ella confluyen prácticas, roles, relaciones, mitos y tradiciones. El padre es también una producción subjetiva, un complejo inconsciente que adopta características particulares en cada individuo. Pero entre subjetividad y cultura, el calidoscopio de las imágenes paternas hace girar algunos elementos compartidos y recurrentes.
Comencemos por recordar al hombre aquel que impone la disciplina según la advertencia materna “cuando venga tu padre se lo diré y verás”. El hombre fuerte que si no está presente es porque se está ocupando de proveer el sustento o está en lo suyo fuera de casa. Un varón que se respeta, capaz de imponer el orden por medio de la violencia, cosa que se le permite y muchas veces se le demanda. Es aquel que definía una ya añeja expresión: “el que lleva los pantalones en la casa”. Hoy que los pantalones no son una prenda exclusivamente masculina, muchos hombres siguen aferrados al deber de tener el mando y muchas mujeres al ideal de que un hombre lo tenga.
Hablamos de una figura de padre sustentada en relaciones que asignan a los varones la preeminencia y superioridad sobre las mujeres y los hijos. Un dominio que llegamos a naturalizar hasta creer que no podemos prescindir de él, ni en la familia ni en la sociedad en su conjunto. Por eso son muchos los que creen, por ejemplo, que la delincuencia se podría prevenir con más autoridad de padre dentro del hogar y con mano dura del gobierno en la calle, o que la violencia escolar sería producto de que a los docentes ya no se les deja ejercer dominio sobre los alumnos. Desde tiempos bíblicos se nos viene anunciando el caos del desenfrenado libertinaje en el que nos veríamos sumidos en ausencia del patriarca.
Hemos heredado la ficción de un padre todopoderoso, figura ligada a la autoridad y el ejercicio del poder, que pervive en muchas de nuestras relaciones cotidianas y que cultivamos en nuestros complejos inconscientes. Imagen del padre derivada de la reducción de las funciones maternas y paternas a la dicotomía de dar cuidado y ejercer autoridad, términos asignados arbitrariamente a mujeres y hombres respectivamente.
El resultado es una paternidad entendida como ejercicio del poder, como hegemonía dentro de la familia. Dentro de esa imagen cabe el padre proveedor, el salvador, el arbitrario, el punitivo, el que manda incluso a distancia o en ausencia. Figura que despierta sentimientos ambivalentes, entre un amor temeroso y un odio culpable.
Nos corresponde revisar las implicaciones que tiene hacer uso del poder para darle significado a la paternidad, entre ellas tenemos el autoritarismo, la violencia, el desapego y el abandono. Un padre todopoderoso es también una figura con el permiso imaginario para el exceso, la desmesura, es uno que no tiene límite en su voluntad, un varón que aspira a gozar de privilegios. Es aquel a quien se le otorga autoridad aunque esté ausente del hogar. También es ese del cual algunos recuerdan que los trató con rudeza y piensan que eso les hizo llegar a ser lo que son, con lo cual idealizan al poder paterno y minimizan sus méritos personales.
En el inconsciente individual la figura del patriarca agrupa representaciones, experiencias, afectos, relaciones que le dan poder en la subjetividad. El sujeto le otorga omnipotencia imaginaria, tanto por medio de la idealización amorosa como por el de la amenaza terrorífica. Le da vida al patriarca en el territorio de la ensoñación, allí donde se encontraba el coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento.
Esa figura temida y amada vive en el inconsciente como heredera de las creencias infantiles acerca del poder ilimitado del adulto y de la seguridad imaginaria que ellas aportan. Se
rinde culto a un padre fantaseado, un ser poderoso e idealizado en el que no se quieren ver fallas o fisuras, no hay falta que descomplete su omnipotencia. Oscuramente, el sujeto se complace de admirar y sentirse bajo el cobijo de ese poder, funda en él sus ideales, sus fantasías, las normas a las que apega su vida. Su figura se desdobla en múltiples sustitutos cuyo rasgo común es el poder: jefe, líder político o religioso, doctor, profesor, policía o malandro.
Mujeres y hombres se subordinan a ese ídolo, entre las primeras encontramos los casos extremos de aquellas que se encuentran atrapadas en relaciones con parejas violentas. Entre los varones muchos son los que convierten la subordinación en identificación al patriarca, es decir hacen uso de él como referente para dar significado a su masculinidad, ser hombre es emular a ese padre en su poder.
Creer que para ser padre basta con tener poder y hacerlo valer, es una ficción que lleva a muchos hombres a tener desencuentros y dificultades en la relación con sus hijos, en la disposición para asumir lo que implica la paternidad en términos reales. La creencia de que ser padre es como ejercer un gobierno crea barreras. Muchos padres se apegan a este patrón aunque no crean en él, por temor a no ser respetados por sus hijos, otros lo hacen respondiendo a una demanda implícita o explícita de su pareja. Hay familias donde se tilda de débiles y se desvaloriza a los padres que no se imponen autoritariamente. Hay otras en donde la madre toma ese rol autoritario temiendo las supuestas consecuencias que dejaría su ausencia.
Muchos padres se prohíben a sí mismos un vínculo más cercano con sus hijos por temor a perder la autoridad, también tenemos los casos en los que, con las mejores intenciones, las madres contribuyen a que los hijos vean al padre como una figura distante y autoritaria.
Otra fuente de barreras es la ausencia de experiencias en las
que los varones puedan jugar con roles de paternidad durante la niñez y la adolescencia, en contraste con las niñas en las que se promueve el jugar con muñecas y se las incluye en tareas de cuidado de otros niños. La crianza de los hijos está entre los ideales de vida que la cultura plantea para las mujeres, no es así para los hombres. Muchas mujeres se creen incompletas si no han sido madres, muy pocos varones se consideran menos hombres por no ser padres, ocurre al contrario, muchos perciben la paternidad como una pérdida porque la ven como algo que les va a impedir hacer muchas cosas de hombres. No ven en la paternidad una oportunidad de desarrollo existencial sino una amenaza a ideales de privilegio, autosuficiencia y desapego que han asociado a la masculinidad.
Los hombres hablan poco de sus vivencias como padres, hablan de deportes o de política pero casi nunca de los quehaceres con los hijos. Es un tema oculto, reprimido, dejado a un lado como vergonzoso o poco relevante. Las mujeres valoran la maternidad, han logrado cambios y han asumido nuevos roles, pero no dejan de valorarla. En cambio, el ejercicio de la paternidad sigue siendo subvalorado, invisibilizado y hasta negado por sus protagonistas.
Se ha hablado de que vivimos en nuestra época un declive de la función paterna, pero, en realidad, de lo que se trata más bien es del declive de la manera patriarcal de concebir al padre. En defensa de un patriarcado decadente surgen en la cultura ideologías nostálgicas de un viejo orden, que nos advierten del apocalipsis que se anuncia por la pérdida de autoridad paterna. La función paterna es una producción subjetiva que no depende de una ideología, aunque se asocie a ellas, puede cumplir un papel en la estructura del sujeto dentro de muy diversos contextos familiares.
Con el declive del patriarcado se abren oportunidades de desarrollo cultural y elaboración subjetiva de facetas ya existentes pero poco exploradas en los roles paternos. Es creciente la cantidad de padres que se implican emocionalmente y se comprometen con las tareas involucradas en la gestación, nacimiento, crianza y educación de hijos e hijas. Esto va más allá de un querer adecuarse a una moda de papá moderno, responde a profundas necesidades de afecto y de vínculo familiar de los propios hombres.
Si tanto hombres como mujeres superamos nuestras ficciones imaginarias acerca de la paternidad, abrimos la posibilidad de que cualquier hombre sea capaz de asumir funciones que implican atender, criar, orientar, apoyar, contener, nutrir, limpiar, curar o acunar, como opciones válidas que enriquecen el rol paterno. Abrimos la puerta a una paternidad vivida como encuentro amoroso y creador de cultura. Esa que nos ilustra Aquiles Nazoa en su poema Pasa mi padre:
“mi dulce padre nos acogió a su pecho, un hijo a cada lado, y estábamos como debajo de un pan, bien que me acuerdo”.
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Gratitud por nuestro primer año
Publicado por Antonio Pignatiello Megliola en mayo 29, 2012
Se cumple hoy un año desde que comenzamos a publicar en este espacio dedicado a la construcción subjetiva de lo masculino desde una aproximación psicoanalítica. Hace un año apareció el artículo Padecer en estridente silencio. En estos doce meses el Revés de la masculinidad ha tenido un crecimiento sostenido en cuanto a número de lectores, contenidos y conexiones.
Hasta la presente fecha este blog registra más de diez mil visitas provenientes de 41 países en las Américas, Europa, África, Asia y Oceanía. Más de cien personas se han suscrito por correo electrónico. Esto supera nuestras expectativas iniciales, pero también nos muestra que estamos abordando temas de importancia para la vida de muchas personas. Eso nos compromete aún más en el propósito de hacer de este un espacio para reflexionar sobre la masculinidad de manera sistemática y sostenida en el tiempo.
Junto con esta entrada estamos publicando la actualización de las páginas “Lo que se trata en este sitio” y “El psicoanálisis hoy”.
Es momento de expresar nuestro agradecimiento a quienes nos acompañan con su lectura, a las personas que han aportado sus comentarios sobre los artículos publicados y, muy especialmente, a todas aquellas personas que han contribuido generosamente a difundir la existencia de este espacio.
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Atreverse a salir de la fila
Publicado por Antonio Pignatiello Megliola en mayo 22, 2012
Los héroes son todos jóvenes y bellos1, son siempre iguales a sí mismos, nunca cambian. Los héroes son una imagen congelada, bien sea que hablemos de los súper héroes de los cómics, de los guerreros homéricos o de los próceres de la nacionalidad. Aquiles murió joven, tenía otra opción lo sabía, pero eligió alcanzar la gloria en batalla. En la imagen de Bolívar no tiene cabida el deterioro que sufre el cuerpo de un hombre expuesto por casi veinte años a la intemperie de la guerra. Ésta no embellece a nadie, pero la pintan distinto en los relatos épicos, en los cuadros o en las películas.
Los héroes no cambian y una manera de realizar ese designio es con una muerte temprana. A ese dudoso honor de hombres armados sacrifican su vida muchos jóvenes que culminan con la muerte una breve carrera delincuencial.
Los héroes son solteros, libres, no atienden bebés, no necesitan cuidados porque flaquea la salud, no sufren, no tienen ninguna vivencia que los baje del pedestal en el que han sido encumbrados. Son una imagen fija, refractaria al cambio y al devenir.
En las sociedades de hace cien años, cuando la expectativa media de vida apenas llegaba a los 40 años, tal vez se notaban menos los cambios a lo largo del ciclo vital, pero hoy cuando esa expectativa se ha duplicado, tenemos la vida real en la que los hombres pasan por varios lugares de trabajo, éxitos, fracasos, uniones, separaciones, pérdidas, diferentes relaciones, pertenencia a varios núcleos familiares, variaciones en su respuesta sexual, emocional, en su salud o en sus motivaciones para vivir.
Pero la masculinidad construida sobre la base de la imagen de privilegio, superioridad y omnipotencia, se impone como muralla imaginaria contra el devenir, la transformación y el paso del tiempo. Cuando se cree haber alcanzado una manera de ser todounhombre, cualquier cambio en el guión parece una amenaza. Así tenemos hombres que viven la paternidad como una pérdida, otros que les espanta no estar disponibles para cualquier mujer si le son fieles a una, aquellos que se derrumban cuando una alteración de su situación laboral les hace sentir que no son proveedores o los que se aferran a conductas de reafirmación viril porque no quieren reconocer que envejecen. La vida da oportunidades para captar que las cosas no ocurren de acuerdo al guión señalado, sin embargo muchas subjetividades masculinas alzan defensas que impiden aprovechar esas oportunidades.
Las tribulaciones, peripecias y derrotas del caballero de la triste figura pueden ayudarnos a ver las implicaciones de usar vestiduras anacrónicas para hacerse hombre. Una
construcción fantaseada en la cual el sujeto asume cabalgaduras, trajes y comportamientos que remiten a un pasado idealizado. Se usa ese pasado para legitimar la masculinidad emulando figuras de la historia familiar o social. ¿Hombres? Los de antes, esos sí eran, toca entonces parecerse o acercarse a ellos.
Cuando la vida se encuentra regida por el imperativo de mantenerse idéntico a un ideal de masculinidad, se experimentan grandes dificultades para emprender o aceptar cambios. Se vive así apegado a un tiempo lineal, el futuro se ve como la prolongación de un instante actual definido por una imagen pretérita. Ese tiempo psíquico estático entra en conflicto con el devenir, los ciclos y el cambio incesante de la vida real, impide encontrar formas de vivir con menos malestar y más satisfacción.
Una masculinidad basada en la potencia fálica, el ejercicio del poder y la identificación a ideales de superioridad, supone el rechazo de aquellos aspectos de la subjetividad que entran en contradicción con esos referentes. Pero lo que fue rechazado en el sujeto sigue ahí, sigue siendo parte de él. Esto se puede convertir en una presencia inquietante, una fuente de conflictos, procesos defensivos y formación de sustitutos que hacen daño, pero se aprende a vivir con eso, a considerarlo natural e incluso a obtener ganancias de ello. El sujeto queda detenido en un tiempo pasado, convierte en algo fijo y naturalizado la solución fallida que se le dio a un asunto en un momento temprano de la vida. Aunque hayan caducado las condiciones que les dieron origen, los síntomas se mantienen en el tiempo sin modificarse.
Tal modo de vida es exitoso sólo en apariencia, en realidad pasa por crisis que pueden presentarse como ataques de pánico, episodios de violencia, accidentes por conductas riesgosas, consumo de drogas, ruptura de vínculos interpersonales o deterioro de la salud física. El individuo atribuye a la fatalidad o la mala fortuna las consecuencias de procesos que lo involucran pero desconoce, el cuerpo o los eventos externos hacen patente un malestar psíquico no reconocido.
Adentrarse en los procesos subjetivos abre caminos para el cambio, ayuda a superar la inmovilidad y la repetición compulsiva. Hay otras opciones, es posible el movimiento hacia nuevas realidades subjetivas si abandonamos la creencia de que los hombres son básicos y simples por naturaleza. También si tenemos en cuenta que lo masculino no se hace sólo aprendiendo conductas dadas por el entorno, decir que las subjetividades masculinas se conforman alrededor de las creencias y mandatos de un modelo hegemónico es sólo una parte del asunto. La subjetividad individual reproduce ese modelo, pero es mucho más que eso, abarca realidades inconscientes que perviven en el sujeto a pesar de estar en contradicción con los mandatos asumidos.
No todos los hombres definen su subjetividad por los patrones hegemónicos de masculinidad, no todo en las subjetividades masculinas responde a esos patrones. En ese no todo estriba una oportunidad de hacer la diferencia. Cada hombre tiene la opción de reconocer en su historia lo que ha marcado su masculinidad, de reconocerse como sujeto de los procesos inconscientes que la han conformado. Esto abre la posibilidad de concebir otras opciones válidas para cada uno y hacer elecciones en base a las mismas. Abre la posibilidad del cambio hacia otras maneras de vivir la masculinidad sin ataduras al ejercicio del poder, el privilegio o la violencia.
Poco hacemos con cambios culturales o políticos si todo sigue igual en la subjetividad. Tampoco nos ayudan las visiones moralistas o voluntaristas que conciben el cambio como la imposición de un deber ser, un ideal de ser mejores hombres que termina siendo sólo apariencia porque soslaya lo que ocurre en la realidad del sujeto. Los cambios impuestos sólo producen obediencia aparente y resistencia encubierta. Postular una masculinidad que sustituya la anterior, un hombre nuevo del siglo XXI, no sería más que actualizar el modelo hegemónico vigente y tendría implicaciones autoritarias.
Un cambio sería lograr trascender el asunto de ser o no ser hombre como referente central en la construcción de la subjetividad. Preguntarse por qué importa tanto ese asunto. En lugar de
seguir preguntándose acerca de cómo ser más o mejor hombre, llegar a plantear ¿cómo lograr que hacerse hombre deje de ser obstáculo al movimiento en la subjetividad?
Podemos también cuestionar la idea de la masculinidad como referente unitario, no vemos el cambio como la sustitución de un patrón hegemónico por otro. Tampoco buscamos héroes, de esos ya hemos tenido bastantes. Hace falta superar la unidimensionalidad, el pensamiento único, la identidad disciplinada y uniformada, para que no haya una sola forma de ser hombre, sino todas las posibles. Que tenga legitimidad la diferencia, la particularidad de cada uno en su manera de vivir y darle sentido a lo masculino, que todas esas posibilidades las vivan muchos individuos, pero que también puedan ser opciones para un mismo individuo en los diferentes lugares y momentos de su vida.
Fluir por diferentes experiencias y roles, en la calle, en el trabajo, pero también en la crianza de los hijos o en labores domésticas. Ser atendido y cuidado, pero también ser capaz de atender, cuidar a otros y sentir satisfacción en ello. Enterarse y experimentar que además de la ira existe un amplio espectro de emociones que se pueden sentir, nombrar, expresar y tomarlas como referente para la vida de todos los días. Atreverse a usar la empatía para ver al mundo y a sí mismo también desde un punto de vista femenino.
Nota
1.- “Gli eroi son tutti giovani e belli”, verso de la canción de Francesco Guccini La locomotiva
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Cosas que imaginan los poderosos
Publicado por Antonio Pignatiello Megliola en abril 24, 2012
Los celos pueden estar presentes en las relaciones humanas, quien los siente desconfía, vigila, teme ser privado por otro de la posesión sobre un afecto o bien. En el contexto de las relaciones de pareja pueden convertirse en algo recurrente, obsesivo o incluso delirante. Se vuelven problema, sufrimiento y daño para la persona que es objeto de persecución, acusaciones y agresiones por supuestas infidelidades cometidas.
Mujeres y hombres pueden sentir celos, pero hay un trato diferencial que se le da al asunto de acuerdo al género de la persona celosa. Cuando es una mujer que cela a un hombre, suele desaprobarse su conducta como inadecuada y se le tilda de mala, loca, histérica o cuaima. Pero cuando es un hombre el celoso, lo más probable es que ocurra algo distinto, se le considera alguien de carácter fuerte que cuida lo suyo, que se está haciendo respetar como hombre ante conductas inadecuadas de su mujer. Ésta comienza a recriminarse, a elucubrar qué es lo que está haciendo mal, se impone restricciones en sus relaciones sociales o familiares. Tolera la situación a pesar del absurdo porque alberga la creencia de que tantos celos son signos de la intensidad del amor que le profesan, si tanto la cela es porque mucho la ama.
Como resultado se aceptan una serie de prácticas dañinas hacia a la pareja, haciendo invisible la violencia implicada en ellas. Se ve como algo muy natural que un hombre se enfurezca acusando de infidelidad a “sumujer”, se asume que su conducta responde al legítimo derecho de defender lo suyo y expresar una pasión respetable. La obsesión posesiva se esconde detrás del uso de la violencia, la pareja es objeto de amenazas, acoso, insultos, restricción de su libertad o agresiones físicas que pueden llegar al feminicidio. Lo que constituye una perturbación del pensamiento y las emociones, un síntoma de angustia, es asimilado al yo como una manera de ser de la que obtiene beneficios, que define su carácter de hombre de respeto. Esto ocurre en el marco de la desigualdad en las relaciones de poder entre hombres y mujeres.
En el artículo “Eso que se ve tan natural” hablamos de como la primacía otorgada al falo implica una posición de poder con respecto a la actividad sexual. Consideremos ahora la incidencia del poder en los vínculos sexuales masculinos, los significados atribuidos a la pareja y la relación que con ella se establece. Hay formaciones sintomáticas asumidas como comportamientos normales que encubren usos del poder y un mal trato implícito que se le imponen a la pareja desde una posición de hegemonía. En el caso de los celos, lo que tiene carácter de síntoma no es el sentimiento, sino el conjunto de prácticas que a su alrededor se tejen.
Desde esa perspectiva revisemos cómo son concebidas las mujeres en las subjetividades masculinas. Para quienes responden al mandato de demostrar potencia sexual, las mujeres son objetos de conquista, trofeos de colección. Además de esa, existen otras visiones que cosifican a las mujeres, las degradan y las conciben como objetos de apropiación y dominio.
Una forma de cosificación es la que reduce las mujeres a la condición de objeto parcial, fragmentos corporales que despiertan atracción, la mujer es vista como portadora de atributos físicos valorados como fetiches sexuales. Una versión extrema pero muy difundida de esta cosificación, se expresa en la denominación “culos” con la que muchos hombres se refieren en Venezuela a las mujeres de sus aventuras sexuales. Así se pueden escuchar cosas como “ayer salimos con unos culos”, “nos encontramos unos culos en la rumba”, “vamos a buscar unos culos”, “ando con un culo en la camioneta”.
Lo anterior corresponde a la imagen de una mujer fácil de baja condición, pero la cosificación tiene otra vertiente asociada a una imagen de mujer aparentemente idealizada: la figura materna. Muchos son los hombres que no ven en su pareja más que una madre, la que cuida a sus hijos y los cuida a ellos. Aquí se trata de una mujer valorada como objeto de dominio y servicio de acuerdo a los roles de género, la que hace lo que le toca, cuida y atiende las necesidades del hombre. Podemos verla en aquellos vínculos de pareja en los cuales el afecto está condicionado a que la mujer se someta y subordine al hombre. Una fantasía
muy popular reúne un poco de todas las imágenes anteriores: una mujer perfecta salida de una botella sin otra voluntad que la de complacer todos los deseos de su hombre.
Tales formas de concebir a las mujeres se convierten en barreras para llegar a relacionarse con ellas, las mujeres reales quedan para muchos hombres como un continente desconocido y misterioso al que no logran aproximarse. En lo inconsciente se mantienen apegados a una visión de la feminidad como algo inferior, incompleto, que carece de lo que tiene un hombre, y a la vez como algo oscuro, amenazante que toca aspectos reprimidos de la propia subjetividad. El vínculo con las mujeres se ve afectado por un rechazo inconsciente a la feminidad en el que se mezclan el desprecio y la angustia. El ejercicio del poder se presta para encubrir esa dificultad, crea una ilusión de dominio autosuficiente que defiende de la angustia.
El manejo del poder crea barreras para la relación de pareja en quienes asumen que ser hombre implica ejercer dominio sobre las mujeres, ya que eso les produce dificultades para la negociación, la solidaridad, la aceptación de diferencias que requiere el vínculo amoroso. Les cuesta ver a la pareja como una persona que siente, piensa y desea por sí misma. En otros casos vemos hombres cuya dificultad es mantener un compromiso amoroso, porque en el inconsciente lo viven como amenaza a una posición de control sobre la pareja y sobre las propias emociones. El sujeto se encuentra atrapado en un conflicto entre el poder y el amor al que percibe como vulnerabilidad, esto puede llevar a algunos a obsesionarse con la posesión y la anulación de la pareja como prácticas de poder que soslayan la dimensión del deseo y la del amor.
El uso naturalizado del poder contra las mujeres está en la base de la violencia masculina en la pareja. En ella el rechazo a la feminidad llega al extremo de la destrucción física y psicológica de la mujer. Es común interrogar y sospechar patologías en las mujeres que denuncian la violencia de sus parejas, así como también omitir las preguntas acerca de la subjetividad de los agresores, de las posiciones subjetivas que los hace proclives a repetir compulsivamente patrones de violencia.
Un lugar común muy difundido es el que define la violencia masculina como un problema en el manejo de la ira. Los maltratadores son los principales partidarios de este punto de vista ya que concuerda con excusas tales como “fue un impulso”, “lo que pasa es que ella me hace perder el control” o “no sé cómo pudo pasar”. Si nos quedamos sólo con ese lado del asunto caemos en el engaño simplista de “resolver” el problema ayudando al agresor a controlar su ira con mensajes por el estilo de “toma una pausa, deja que la ira pase, qué sencillo es no pegarle a tu mujer”.
La ira no es la causa del problema sino una expresión más del mismo, es necesario plantearse de dónde sale, por qué se considera normal sentirla hacia la pareja, qué tensión interna es la que emerge a través de ella pero se encubre con agresión. El maltratador suele culpabilizar a la pareja percibiéndola como fuente de amenazas de las que tiene que defenderse con violencia. Esto es por una parte una racionalización sustentada en el uso del poder contra la mujer, pero en muchos casos es también resultado de procesos defensivos: se usa el ataque a la pareja para encubrir y evadir un asunto inconsciente del propio sujeto. Por medio del ejercicio del poder, se somete a la mujer a la violencia para acallar un conflicto psíquico angustiante y rechazado.
La violencia de los hombres que maltratan a sus parejas no es un evento aislado, es un síntoma en el cual se tejen referentes de la cultura con los procesos inconscientes, en el que se encubren las contradicciones, tropiezos y malestares de quienes viven aferrados a la hegemonía en el poder. El ejercicio naturalizado de la violencia aporta una ficticia ganancia de seguridad, control y dominio pero bajo esa superficie están los elevados costos que pagan los mismos que la ejercen. Van en esa cuenta la pérdida de vínculos personales, el deterioro de la salud física, la angustia sin salida, la sombría depresión, la soledad y el vacío existencial.
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Eso que se ve tan natural
Publicado por Antonio Pignatiello Megliola en marzo 14, 2012
Cuando se habla de las dolencias en la sexualidad masculina surgen de entrada las disfunciones en la erección, la eyaculación o el orgasmo, así como las técnicas, fármacos o aparatos para recuperar el uso de la función sexual. Esto es parte de una concepción que confunde la sexualidad con el funcionamiento del órgano genital y ve a los hombres como poseedores un instinto sexual incontenible, que los lleva a estar siempre dispuestos para el coito. Se vive lo sexual como la satisfacción de necesidades fisiológicas supuestamente mayores en los seres masculinos, se reduce la sexualidad a lo genital, se sobrevalora el órgano sexual como punto de partida, medio y fin, todo comienza y todo termina en el uso del pene.
Nos adentramos en un territorio donde se asume que el varón es rey, se mueve a sus anchas, está en lo suyo, lo que más le gusta y domina. Una cobertura de libertad, éxito y facilidad para el placer constituye la cara pública de la sexualidad masculina. Pero bajo esa cubierta están todas esas vivencias
que no se cuentan a los amigos, las realidades silenciadas porque “¡qué pasaría si se enteran!” Son las vivencias de los hombres que no se sienten libres o que no sienten placer con lo que parece gustarle a los otros, los que saben que no están siempre listos y que no siempre tienen ganas, las vivencias de aquellos a los que no les va bien con las mujeres, los que no logran tener una pareja estable aunque la quieren, los que han sufrido traumas, las vivencias de los adolescentes que se lanzan a la aventura entre el temor a lo desconocido y el mandato de demostrar virilidad.
Una realidad patente, pero de la que poco se habla es el éxito comercial que tienen los fármacos para inducir la erección. ¿Es tan frecuente la disfunción eréctil? ¿Tantos son los hombres que la padecen? Si respondemos afirmativamente debemos pensar que los reyes de la fiesta no la están pasando tan bien como parece. Pero aquí hace falta ver más allá del problema mecánico y plantear que tras este consumo se esconden inseguridades acerca del deseo o el desempeño sexual, angustias por probar la virilidad a través del ejercicio del coito y la potencia del órgano.
Muchos hombres se ven inmersos en una sexualidad en la cual la compulsión sustituye al ejercicio del deseo a través del consumo de prostitución, pornografía, drogas para estar a tono y encuentros ocasionales. La angustia por probar la potencia viril puede llevar a una búsqueda compulsiva de encuentros sexuales que no aportan mayor satisfacción, dejan más bien secuelas de insatisfacción y sentimientos de vacío. Sin embargo, esto está muy difundido, se asume como normal, como algo propio y natural de la masculinidad.
Lo que parece exitoso encubre fracasos, muchas prácticas que se asumen como lo normal son fuente de malestar, lo que se sale de lo común y hegemónico se ve como algo raro, desviado, que no marcha bien. Encontramos ejemplo de esto en los prejuicios por los cuales cuando se trata de hombres homosexuales, se buscan anomalías en su sexualidad, se pone en cuestión qué les pasó para que sean así, pero cuando se trata de heterosexuales se ignoran los aspectos de su vida sexual que involucran riesgo, insatisfacción, daño a sí mismo o a otros.
Hace falta reconocer las dolencias presentes en las prácticas sexuales más frecuentes de los varones, las cuales no son conductas naturales, tampoco simple aprendizaje de patrones, son resultado de procesos inconscientes en los que la subjetividad individual se apropia y le da contenido a los referentes culturales, procesos que implican rechazo y soslayo de aspectos de la sexualidad que no concuerdan con ciertos ideales. Si vamos más allá de lo aparente y atendemos al sentido inconsciente, veremos que muchas prácticas naturalizadas tienen el carácter de síntomas1, es decir son expresión de asuntos inconscientes, sustitutos de procesos subjetivos bloqueados, conflictos latentes y procesos de defensa.
La reducción de la sexualidad masculina a lo genital es un resultado sintomático de conflictos y defensas ante las emociones que despiertan los vínculos, la otredad de lo femenino, la intersubjetividad y la diversidad. Aunque se ha asumido como lo natural, en el fondo la genitalización es un síntoma de posiciones subjetivas aferradas ansiosamente a una reafirmación fálica que obstaculiza el acceso a la actividad sexual como intersubjetividad, favorece el rechazo de la diversidad y el repudio de todo goce no regido por el órgano sexual masculino. Bajo la primacía del falo la actividad sexual se vuelve carrera por alcanzar resultados, el cuerpo instrumento, la pareja cosa, el sexo un consumo. La supuesta sexualidad desinhibida, libre e incontenible esconde un empobrecimiento de la capacidad para el disfrute y una restricción de la vida emocional.
La significación otorgada al falo no está dada por la naturaleza, ni por la función del órgano sexual masculino, es resultado de una atribución simbólica. El órgano genital se usa como significante para representar el poder del varón en las relaciones entre géneros y los privilegios en el acceso al goce sexual vinculados culturalmente a la masculinidad. Adquiere ese valor simbólico de lo que se transmite en el lenguaje, así como de experiencias y prácticas cotidianas. Por
ejemplo, en los cuidados que reciben los bebés es notorio el trato diferencial dado a los órganos sexuales, los penes y testículos son objeto de expresiones admirativas y manipulaciones juguetonas, mientras que las vulvas de las bebés ni se nombran y mucho menos se andan tocando. Desde muy temprano el falo es colocado como referente privilegiado de la sexualidad, metáfora del poder y el goce, no tenerlo sería terrible, la valoración que recibe es proporcional a la angustia de perderlo o no poder demostrar tenerlo.
La actividad sexual sigue siendo objeto de una doble moral en nuestro contexto social. Para los hombres tener relaciones sexuales es algo permitido, aplaudido y esperado. Para las mujeres tener relaciones sexuales sin estar casadas bordea lo ilícito, aquellas que acumulan experiencias sexuales o buscan el sexo por placer son objeto de juicios negativos. En los hombres ocurre lo contrario, se espera que tengan experiencia y que se inicien sexualmente, quienes no cumplen con esta condición son objeto de sospecha y señalados como raros, poco hombres o afeminados. El aparente privilegio de una sexualidad sin prohibiciones oculta el mandato de tener
relaciones sexuales para demostrar virilidad ante la familia, los amigos, las mujeres. Cuando pueden atreverse a contar cómo fue su primera vez, la gran mayoría de los hombres narra historias de iniciación sexual que definen como traumáticas, terribles o desagradables, en las que se sintieron bajo presión y con temores a la reprobación en caso de no salir airosos de la empresa.
Podemos entender ahora que el supuesto instinto sexual insaciable de los hombres no es sólo un mito, es también un síntoma, una formación del inconsciente que resulta de los conflictos y angustias que surgen de una práctica sexual vivida entre mandatos sociales y amenazas de sanción humillante. Es un síntoma que dice a la vez una verdad encubierta: algo ajeno al sujeto decide por él.
Si vamos al ámbito de las relaciones de pareja, encontramos muchos hombres que las viven produciendo una escisión del vínculo sexual, separan el goce y el amor convirtiéndolos en términos mutuamente excluyentes. Oscilan entonces entre dos tipos de relación, por un lado tienen las que privilegian el goce sexual con parejas a las que atribuyen algún rasgo que las degrada y las hace indignas de amor, por otro lado tienen las relaciones donde declaran amor por sus parejas pero las consideran insuficientes en cuanto al goce sexual. Con la que aman no encuentran tanto goce y con la que gozan no logran sentir amor. Esta escisión inconsciente se repite de manera inadvertida y se vincula con otros síntomas como la infidelidad compulsiva, en la cual son recurrentes las relaciones paralelas que el hombre busca, justifica e incluso ejerce el poder para imponer que la pareja las tolere. En el trasfondo de esta escisión de la vida erótica se encuentra una posición inconsciente en la que se dificultan los vínculos con las mujeres porque el sujeto se debate entre dos imágenes, por un lado la madre, ser idealizado que procura cuidados y por el otro un objeto de conquista devaluado moralmente que remite a la mujer fácil o la prostituta.
Nos hemos adentrado en un territorio protegido por tabúes, revisamos vivencias subjetivas de la sexualidad encubiertas por un manto de silencio, negadas por el temor al qué dirán. Cuando los hombres pueden hablar acerca de sus vivencias de la sexualidad sienten alivio porque sueltan la tensión que produce sostener las imposturas fálicas, dejan fluir pensamientos y emociones bloqueadas y encuentran la posibilidad de abrirse a otras visiones, dar cabida a otras experiencias, concebir otras maneras de vincularse, apropiarse de su deseo y decidir por sí mismos.
NOTA
1.- No hablamos aquí del síntoma en su sentido médico como fenómeno que indica la presencia de una enfermedad, sino como un fenómeno subjetivo producto de procesos inconscientes, que expresa un conflicto psíquico, es sustituto de procesos psíquicos que no logran hacerse conscientes.
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Cae por su propio peso
Publicado por Antonio Pignatiello Megliola en noviembre 17, 2011
Hay creencias que atribuyen a los hombres el ficticio privilegio de ser resistentes y hasta inmunes al sufrimiento. Las apariencias muestran que los varones no se quejan, pocas veces expresan tristeza, dolor o miedo, rara vez dan muestras de impotencia o indefensión. Si revisamos algunas estadísticas encontramos que, en comparación con las mujeres, los hombres acuden mucho menos a las consultas de salud mental o general, consumen menos psicofármacos, invierten menos tiempo y dinero en actividades orientadas al cambio o desarrollo personal.
Si atendemos sólo a esos datos podemos creer que estamos ante la mitad de la población humana que ha sido más exitosa en la lucha por la supervivencia, pero esa impresión se desvanece apenas reparamos en que la población masculina tiene una expectativa media de vida menor, que la incidencia de suicidios es mucho mayor en los hombres, que las muertes por violencia delincuencial y accidentes viales son predominantemente de hombres jóvenes, que el abuso de alcohol y consumo de drogas ilícitas está mucho más difundido entre los hombres que entre las mujeres.
Los varones viven menos, viven mal, se hacen daño a sí mismos y a los otros, pero la disciplina impone no chistar, no decir cosas que dejen entrever un malestar. La armadura pesa, incluso duele, pero no cabe la queja, sólo seguir adelante, no vaya a ser que se piense otra cosa.
Los hombres se hacen para ser rudos, insensibles y aguerridos. ¿Esto quiere decir que el sufrimiento es algo que queda excluido? La escucha de las vivencias de los hombres nos lleva a constatar que, tras la aparente invulnerabilidad, el sufrimiento sigue ahí.
Para vivir con eso muchos hombres exacerban los rasgos de dominio y control, pero junto con eso se produce una importante merma en los recursos subjetivos debida a la cantidad de inhibiciones que se requieren para no sentir, no llorar, no pedir auxilio. Un carácter fuerte, avasallante y hostil encubre una subjetividad empobrecida de recursos para vivir, relacionarse y disfrutar.
Los varones no son ajenos a sentimientos como el desamparo, la nostalgia, el aburrimiento o la frustración, pero frecuentemente se defienden se ellos volcándose a la acción en el trabajo, en la calle, en actividades competitivas, en conquistas sexuales o en experiencias intensas que involucran riesgo, violencia o ruptura de los límites.
Podemos reconocer también otra estrategia defensiva por medio de la cual la tristeza, el dolor o la angustia se reprimen de manera tal que quedan bloqueados, detenidos en el funcionamiento psíquico. Como resultado inmediato se produce un aparente éxito al apartar un sentimiento penoso. Pero lo rechazado sigue ahí inconsciente y retorna, lo que ha quedado estancado va a desbordar por otro lado, se convierte en penuria, se transforma en algo más dañino que se va a manifestar en el cuerpo, en las relaciones con los otros, en los hábitos del individuo, puede presentarse como enfermedad o como violencia dirigida hacia otros o hacia sí mismo.
Los malestares resultantes se integran en la vida como síntomas, es decir, sustitutos deformados de procesos psíquicos que han sido interrumpidos y forzados a mantenerse inconscientes. Así, los problemas manifiestos tienen sentidos inconscientes, son fuente de dificultades y a la vez manifestación de algo que busca ser atendido. Con frecuencia, los síntomas se incorporan como una modo de ser naturalizado por medio de racionalizaciones y falsas ganancias que se obtienen de ellos.
Tomar en cuenta estas maneras de vivir el sufrimiento nos puede ayudar a revisar muchas realidades cotidianas, pero también nos debe servir para reconsiderar las clasificaciones de los llamados “trastornos mentales”, por ejemplo el DSM IV1. Los criterios diagnósticos formulados por esos manuales estadísticos tienden a invisibilizar el malestar y los problemas en los varones, respondiendo al imaginario que asocia lo masculino con normalidad, éxito, control y autosuficiencia2. Tomemos por ejemplo el caso de la depresión: a primera vista parece que los hombres se deprimen mucho menos que las mujeres, en las estadísticas de salud mental los diagnósticos y tratamientos por depresión son mucho más frecuentes en las segundas que en los primeros. Hemos escuchado también a algún hombre decir “yo nunca me deprimo” o “yo no ando llorando ni quejándome”.
¿Se deprimen menos los hombres? Si es así, entonces ¿por qué se suicidan más que las mujeres? ¿Por qué hay tantos que buscan escape en las drogas? Lynch y Kilmartin3 han escrito sobre este asunto afirmando que el dolor se vive detrás de una máscara, que la depresión no es menos frecuente en los hombres, sino que está encubierta y se manifiesta con síntomas distintos a los de las mujeres. Cuando definen la depresión los manuales diagnósticos presentan un listado de síntomas tales como tristeza y llanto fácil, pérdida de motivación, enlentecimiento, pérdida de energía, sentimientos de inutilidad o de culpa. Tales síntomas describen por lo general a mujeres deprimidas, mientras que los hombres evitan tales expresiones emocionales porque están en conflicto con los ideales que rigen la masculinidad. Según esos patrones, llorar, quejarse, dudar de sí mismo, sentirse derrotado no son cosas de hombres.
La depresión masculina sustituye los sentimientos penosos por rabia, se expresa a través de acciones en lugar de emociones. A un hombre deprimido rara vez se le verá llorando, pero se le ve irritable, por nada reacciona agresivamente, se le ve siempre de mal humor, ensimismado, taciturno. Quienes viven en su entorno toman precauciones, cambian su comportamiento para evitar despertar sus reacciones. Cuando se le pregunta dice que nada le pasa o atribuye su malestar a causas externas o a la culpa de otros.
Desde nuestra perspectiva proponemos ver no sólo la máscara de la depresión sino también su revés, para así preguntarnos ¿qué lleva a un hombre a la depresión? Después de reconocer los síntomas hace falta que nos ocupemos de los procesos subjetivos que les han dado origen. Los sentimientos de desesperanza, indefensión, minusvalía o duelo pueden estar presentes en la vida de cualquier hombre, no son cosas de “mentes enfermas” como pudiera pensarse si nos quedamos sólo con la categorización psiquiátrica de los trastornos depresivos. En el fondo se trata de retomar el sufrimiento como realidad humana y los modos masculinos de soslayarlo.
Podemos así plantearnos reflexionar no sólo sobre un trastorno específico, sino sobre cuestiones más amplias como la manera en que se viven las pérdidas desde la masculinidad. También podemos revisar las vivencias que confrontan a los hombres con el fracaso, con el no alcanzar ciertos estándares de prestigio o potencia. Son todas experiencias que no encuentran voz para expresarse, carecen de palabras que permitan encontrar alivio en el otro, porque quien las vive está sujeto al imperativo de ser autosuficiente, activo, exitoso, dominante e invulnerable.
Dicha postura lleva a rechazar y reprimir todo lo que tenga que ver con dolor, tristeza, angustia, desamparo, de tal modo que no sólo se ve impedida la expresión de emociones sino también el reconocimiento de las mismas. Pero en el fondo todo eso no protege del sufrimiento, más bien queda estancado en el inconsciente y suele exteriorizarse a través de la violencia o la enfermedad física, también lleva a buscar evasiones en el alcohol, las drogas, las apuestas, los encuentros sexuales o el trabajo, las cuales se convierten en más fuentes de sufrimiento para el individuo y su entorno.
Más allá de los ideales masculinos, hay en la subjetividad inconsciente procesos y estructuras que dificultan en los varones la posibilidad de vivir con la pérdida, la carencia, lo incompleto, lo no logrado, el fracaso. En tal sentido podemos ubicar el papel del narcisismo asociado a ser varón, la angustia que surge ante la posibilidad de carecer de algún atributo fálico, la identificación con otro varón al que se le atribuyen las insignias del poder, el apego a figuras cuidadoras prestas siempre a reparar y rescatar. Como resultado, el varón acumula y carga con el peso de sistemas de defensa, construidos para protegerse de aspectos de su subjetividad que son percibidos como angustiantes peligros.
Los síntomas nos hablan del fracaso de esas defensas y de algo que quiere ser integrado a la existencia. Reconocerlos y preguntarse por su sentido inconsciente, abre el camino de un proceso de cura en el que se pueda prescindir de las represiones, reintegrar lo escindido, darle lugar en la realidad psíquica a lo que había sido rechazado, hacer surgir un sujeto partícipe comprometido con sus vivencias. Dejar caer algo que se sostiene titánicamente, que aporta una aparente comodidad pero llena de pesadumbre la existencia.
NOTAS
1.- American Psychiatric Association (2002). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Barcelona: Masson
2.- Bonino, L. (2000) Varones, género y salud mental: deconstruyendo la “normalidad” masculina. En Segarra, M. y Carabí, A. (eds) Nuevas masculinidades (Pp. 41-64). Barcelona: Icaria.
3.- Linch, J. y Kilmartin, Ch.(1999): The pain behind the mask: overcoming masculine depression. New York: Haworth Press, Inc.
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Apertura del diálogo sobre las dolencias
Publicado por Antonio Pignatiello Megliola en septiembre 29, 2011
Lo que sigue es una sinopsis de contenidos y metodología que presentamos en la primera sesión del Seminario Dolencias de la Masculinidad. Lo compartimos en este espacio.
En el revés de la masculinidad ubicamos por una parte el reverso, donde podemos reconocer los modos en que se usa lo masculino para recubrir y rechazar una carencia de ser, por la otra, el reconocimiento de las formas en que eso fracasa.
Una impostura de privilegio, superioridad y poder dentro de relaciones de desigualdad con las mujeres, hace difícil asociar lo masculino con algo que no está bien, con el malestar, la carencia, la inconformidad o la queja.
En la superficie se encuentra la autosuficiencia, el desapego, la supuesta invulnerabilidad y la pose de mando, por debajo, todo un campo de la subjetividad rechazado que no desaparece a pesar de la represión, frente a él se levantan sistemas de defensa.
Se trata de una escisión en el sujeto y queremos revisar lo que a partir de ella se produce. Los efectos de las inhibiciones, la producción de síntomas, la dinámica de la angustia y los procesos de defensa serán algunos de los ejes conceptuales en los que nos apoyaremos.
Abordaremos la cuestión del cambio dentro de ese cuadro, nos preguntamos si es posible o no, bajo qué condiciones y cuáles son los procesos que en él inciden. Si pensamos que son posibles otras maneras de vivir la masculinidad, asumimos también que no sabemos de ellas de antemano, no son una tierra prometida ni una salvación a alcanzar, forman parte de lo que está a la espera por venir a la existencia.
Desde esta perspectiva le damos relevancia al papel del inconsciente en el movimiento de la subjetividad. Usualmente se reconoce la compulsión a la repetición, sin embargo, hay que tener en cuenta que el inconsciente es también el retorno de lo no realizado en el sujeto1, es indeterminación que mueve a crear nueva subjetividad.
En cuanto a la metodología, proponemos en este seminario una aproximación a las dolencias de la masculinidad que no se basa en respuestas ya dadas en una teoría, por eso el trabajo va a privilegiar un diálogo que abre perspectivas, teje redes entre experiencias, saberes y prácticas de los/as participantes. Recogiendo aportes de diversos saberes y haceres procuraremos la apertura a significados que no están dados de antemano. Concebimos el diálogo como travesía en la que cada interlocutor se abre a lo que no se sabe de antemano, apuesta por la producción de nuevas realidades.
Nota 1: en relación con este punto vinculamos el Ocho y medio de Fellini. Comentaremos en el seminario esta película como una aproximación a la masculinidad desde la perspectiva de lo no realizado en la subjetividad. Incluimos en este post una imagen de la secuencia final en la que desfilan los personajes alrededor del cohete no terminado, metáfora de lo no realizado, lo incompleto, lo que deja una falta.
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