Revés de la masculinidad

Una aproximación psicoanalítica a la construcción subjetiva de lo masculino

  • La construcción subjetiva de lo masculino, tanto para los hombres como para las mujeres,

    ... lo que encubre, sus discontinuidades y ambigüedades, su complejidad y sus carencias como formulación acerca del ser. Tras la pretendida naturalidad de una supuesta esencia masculina están las brechas entre las realidades subjetivas y los estereotipos culturales, las cuales se traducen en tensión, desencuentro, conflicto, vacío existencial y patología. Abordamos el revés de la masculinidad, entendido como su reverso y también como su fracaso.
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Para ser parte de una travesía

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en agosto 5, 2015

Decir que hay al menos un caso en el que elegiríamos actuar con violencia, no niega el principio de la no violencia, lo que hace es mostrarnos la importancia de nuestro juicio ético y el deber de revisar cómo nos ubicamos en la realidad en que vivimos.

Nos hace falta revisar y cuestionar todo el sistema de ilusiones, creencias y racionalizaciones que nos llevan a pretender que aunque la violencia es mala, y la de otros peor, la mía es buena y necesaria para alcanzar fines nobles. Hay mucha gente por ahí que denuncia y ataca la violencia de otros pero desconoce, oculta y niega la propia violencia o la de aquellos con los que comparte una creencia, ideal, religión o partido. La masculinidad para muchos se construye con un especial apego a sistemas de ilusiones que legitiman la violencia.

La ética es ese terreno de la libertad en el que evaluamos los móviles, los medios, los fines y las consecuencias de nuestras acciones para elegir entre la violencia y las infinitas opciones que se abren si renunciamos a ella. Frecuentemente esa libertad está coartada por códigos morales que imponen la violencia como ley en situaciones prescritas por una autoridad (Dios, el líder, el partido, papá, los panas, la patria, entre otras) y contra seres definidos como merecedores de castigo o aniquilación. Códigos de este tipo los hay en Occidente y Oriente, forman parte de religiones, ideologías políticas, grupos e instituciones que nos ofrecen salvarnos del mal. Asumen un supuesto fatalista que en el fondo es muy cómodo, con el que pretenden saber ya de antemano cuáles son esos casos en los que se debe ser violento, basándose en la palabra divina, en que “siempre ha sido así”, en la revelación, en tener la razón o en la creencia de ser guardianes del bien. Con códigos morales se justifican cosas que van desde la nalgada a tiempo en la crianza o el golpe oportuno a la mujer indócil, hasta el exterminio de masivo de seres humanos y la destrucción sistemática de la naturaleza.

Aceptar que la violencia sería una opción posible es muy distinto de sostener religiosamente la premisa de que la violencia es necesaria. Rechazar esa premisa no es caer en la pasividad o la resignación. Generalmente reaccionamos a la violencia con conductas que sólo contribuyen a reproducirla, hacemos daño en respuesta al daño que nos han hecho. Pero lo que aparentemente nos ayuda a sobrevivir nos hunde más en lo que nos destruye. En estos casos no estamos logrando acciones que realmente cambien las cosas, debemos ir al fondo de la interdependencia que produce la violencia. Se requiere fuerza, pero no la del individuo aislado, sino la de una colectividad organizada para desmontar la violencia desde los procesos estructurales y culturales que la producen. Desde nuestro limitado punto de vista solemos atarnos a fatalidades que nosotros mismos construimos. Nos sentimos obligados a responder a circunstancias que se nos han impuesto y nos dejan sin alternativa, sin percibir que somos partícipes inconscientes de la producción de esas circunstancias.

Nuestras prácticas cotidianas  pueden orientarse hacia una apertura de horizontes, un vaciamiento de ideas preconcebidas y un desarme mental que llevan a trascender los modos convencionales de estar en la realidad, comprender las causas del sufrimiento y contribuir a su superación.

Aquí concluyen la reflexiones suscitadas por la pregunta de Gabriel Padilla, que he venido compartiendo en Sin miedo a elegir y en Otra vía de acción. Como dije al comienzo, son propuestas para ahondar la comprensión, una invitación a continuar el diálogo y realizar una travesía.

Twelve wiews of landscape. Xia Gui (1180-1230)

 

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Otra vía de acción

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en julio 22, 2015

 

Landscape with a SolitaryTraveler. Yosa Buson (circa 1870)

 Apreciado amigo, tu pregunta me da pie para afirmar que elegir no pelear y cuándo no hacerlo es ganar libertad. Renunciar a la violencia en nuestras prácticas cotidianas es ganar la posibilidad de optar por formas de relacionarnos y modos de vivir en sociedad que nos aporten más bienestar y menos sufrimiento, más disfrute y menos dolor. El no a la violencia va más allá de cómo resolver una situación particular, se refiere a la construcción de la realidad en que vivimos, a la calidad de los vínculos humanos, a las condiciones de vida que ofrecen las sociedades. Por eso, renunciar a la violencia no es quedarse en la contemplación, la pasividad o la indefensión. Seguimos la vía de la acción no violenta asumiendo a plenitud nuestra fuerza y nuestra capacidad de lucha.

Renunciar a la violencia no es rehuir ni negar el conflicto, al contrario, la acción no violenta se propone ir al fondo del mismo, encararlo y buscar soluciones que integran, reconcilian, sin vencedores ni vencidos. La experiencia psicoanalítica nos devela los modos en que evadimos el conflicto creando patologías en lugar de aceptarlo y ocuparse de su solución. El conflicto es parte de la existencia, no debemos vivir ajenos a ese hecho, pero junto con eso debemos superar las creencias que nos han llevado a confundir conflicto con pelea y guerra. Vivimos en entornos sociales que promueven la violencia como modo de responder a los conflictos, pero en realidad esta opción no los resuelve ni los supera, sólo crea la  ilusión de hacerlos desaparecer destruyendo o haciendo huir al otro. Esto opera de manera análoga y en consonancia con los procesos de defensa inconscientes que se activan ante los conflictos psíquicos. Los conflictos son parte de las relaciones humanas, la violencia no los resuelve, pasa por encima de ellos, los deja abiertos, crea otros nuevos y da origen a patologías y sufrimientos.

Asumimos la acción no violenta sabiendo que la violencia es una posibilidad, una opción entre otras, esto implica aceptar que somos capaces de recurrir a ella y sentimos impulsos que nos mueven a ejercerla o a aplaudir cuando otros son violentos. Si renunciamos a la violencia no es para presumir de una pureza que nos haría superiores, ni por cobardía o debilidad. Renunciamos a ella asumiendo plenamente que somos capaces de ser violentos, que lo hemos sido más de una vez y que hay circunstancias en las que podríamos considerar la violencia como opción. La no violencia es un principio que orienta nuestra acción, que nos abre una vía, pero al igual que todo principio, no basta por sí solo para responder a toda elección. Sabiendo que no descartamos la posibilidad de optar por la violencia en alguna situación, tomamos la vía de la acción no violenta comprendiendo que ella requiere compromiso responsable, trabajo y disciplina para hacer muchos cambios en nuestra realidad personal, familiar y social.

 Esta es la segunda parte de la respuesta a mi amigo Gabriel Padilla iniciada en la anterior publicación: Sin miedo a elegir. Próximamente compartiré la tercera parte. 

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Sin miedo a elegir

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en julio 17, 2015

 

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Viento claro sobre el río Qi. Xia Chang

 

Hace algo más de dos años, a propósito del artículo Ganar la libertad de renunciar, mi amigo Gabriel Padilla me envió desde Bogotá estas preguntas:

¿Cómo lee el psicoanálisis la vuelta que le da la cultura asiática a la cuestión de la violencia? No es una sola, ciertamente, pero se pueden detectar algunos trazos predominantes.
A veces ese soltar y renunciar implica elegir las batallas, vale decir no solo cuándo pelear o discutir, sino especialmente cuándo no hacerlo. ¿No es posible que en otras ocasiones ese soltar y renunciar también se traduzca en un no resistirse a lo que sea que venga (incluida la posibilidad del conflicto)?

Le respondí de inmediato agradeciendo sus preguntas, le ofrecí escribirle luego. Pero ese luego se convirtió en una larga pausa de casi dos años. Hace pocas semanas le envié una respuesta, la comparto en este espacio en tres partes, a continuación va la primera.

clear wind strong bambú

“Viento claro, fuerte bambú”. Xia Chang

Apreciado Gabriel

Luego de varios meses te escribo en relación con tu pregunta. Pude haberte respondido hace tiempo que en la misma pregunta está la respuesta: no podemos excluir que hay ocasiones en las que pelear es una opción.

Pero apenas planteada, esa afirmación fácil, me sonó simplista y demasiado cómoda. Me parece también que tu pregunta condensa varios aspectos que merecen ser considerados. Por otra parte, dado que centras la cuestión en el plano de las elecciones, me pareció relevante plantear cómo abordar este asunto sin caer en el cinismo de decir que al final todo vale, que “todo es igual nada es mejor”, como diría Discepolo.  Lo que planteaste me ha movido a reflexionar, tomar notas, conversar en clases y talleres. Si no fuese por la distancia geográfica hace tiempo te hubiese propuesto encontrarnos para conversar y trabajar estos temas en el telar del diálogo. Me tomé el tiempo y llegó el momento de poder escribirte, no con respuestas acabadas, completas y finales, sino con propuestas para ahondar la comprensión. Es un asunto que debemos mantener en permanente elaboración, no existen respuestas definitivas al respecto.

Con claridad señalaste que “soltar y renunciar implica elegir”. Subrayo que se trata de renunciar a lo impuesto, a lo que hacemos por miedo a ser juzgados, a ese apego que tenemos por conductas, identidades o roles que nos han sido transmitidos. Se trata de parar de hacer algo que hemos venido haciendo de manera compulsiva y forzada, ignorando que existen otras opciones. Para ser capaces de elegir debemos primero soltar las ilusiones acerca de lo inevitable, el único camino y la fatalidad.

Para elegir hay que tener opciones, para lo cual se requiere apertura y aceptación de otras maneras de ver una realidad y de otras acciones que son  posibles dentro de ellas. Esta es una condición que nos hace libres para elegir. No poseemos un libre albedrío natural, nacemos sujetados y vivimos inconscientemente en ese estado. La libertad que nos da poder de elegir surge cuando reconocemos ataduras a las que respondemos sin saber y somos capaces de desprendernos de ellas. Al hacer esto logramos desechar condicionamientos externos que habíamos tomado como parte de nuestra naturaleza.

En nuestra sociedad, en este momento histórico tenemos el reto de ayudar a que cada vez más personas, familias, grupos, instituciones y estados sean capaces de optar por no ejercer la violencia ni vivir dentro de ella. Optar por formas de convivencia basadas en la construcción de paz y no en la destrucción del otro. Al hablar de masculinidad esto toma especial relevancia, porque hemos sido los varones los más sujetados al ejercicio de la violencia y los que tenemos mayores temores para desprendernos de ella.

Continuará en la próxima publicación del blog

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En el tejido de la violencia

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en junio 29, 2015

Reticulárea. Gego 1969

Reticulárea. Gego 1969

La violencia se ha vuelto cotidiana y se ha convertido en motivo de sufrimiento en todos los ámbitos de la sociedad venezolana. La comprensión de tal realidad y la propuesta de salidas requieren que tengamos en cuenta sus vinculaciones a la construcción de la masculinidad. Como agresores y también como víctimas, los varones son protagonistas de graves problemas sociales y de salud pública asociados a hechos violentos.

La violencia no existe por sí sola ni se reduce a un conjunto de hechos visibles, es un tejido de estructuras, procesos y prácticas, una amplia red de interdependencias que involucra vínculos sociales y subjetividades. No hay ningún factor al que por sí solo se le pueda atribuir la causa de la violencia. Ésta, al igual que otras realidades humanas, es resultado de una combinación de factores predisponentes y desencadenantes anudados en posiciones subjetivas. La violencia es una realidad que responde a múltiples causas, debemos abordar su complejidad desde múltiples perspectivas y con múltiples conocimientos.

Bajo estas premisas les propongo aproximarnos a las relaciones entre la violencia y la construcción de la masculinidad. No les planteo una relación causal que excluye otras, pero sí tener presente que la ligadura entre masculinidad y violencia no es circunstancial ni se reduce al papel protagónico de los hombres en los hechos violentos. La construcción social y subjetiva de la masculinidad incide en la producción de la violencia a través de procesos que se encuentran naturalizados, legitimados e invisibilizados. Esta visión no nos dará una explicación final de la violencia,  pero es una perspectiva necesaria de la que no debemos prescindir en el análisis de cualquiera de sus formas.

Podemos plantearnos el análisis de la violencia y el ejercicio del poder como parte de la construcción de la masculinidad dentro del modelo cultural hegemónico en nuestra sociedad. Muchas de las acciones en respuesta a la violencia soslayan esto e incluso legitiman valores y prácticas que la promueven como un modo de vida para reafirmar imposturas de virilidad. El asunto nos interesa más allá del contexto clínico, tiene relevancia en la acción de docentes, comunicadores, profesionales de la salud, líderes de comunidades religiosas y organizaciones políticas, madres y padres. Tenemos que resignificar la violencia a partir de sus vínculos con la construcción de lo masculino, sea que nos ocupemos de violencia intrafamiliar, de pareja, escolar, laboral, policial, delincuencial, carcelaria, bélica o política.

RVEM 43Las líneas anteriores son extractos del artículo El tejido de la violencia en el revés de la masculinidad publicado a finales de 2014 por la Revista Venezolana de Estudios de la Mujer. Este trabajo continúa y profundiza los temas abordados en anteriores publicaciones del blog como Ocultos detrás de la ira y Ganar la libertad de renunciar. Puede ser un recurso útil para promover la reflexión,  sustentar investigaciones y concebir vías de transformación individual y colectiva. Agradezco al Centro de Estudios de la Mujer de la Universidad Central de Venezuela por darle cabida a este tema en su revista semestral.

 

Pignatiello, A. (2014). EL TEJIDO SUBJETIVO DE LA VIOLENCIA EN EL REVÉS DE LA MASCULINIDAD. Revista Venezolana De Estudios De La Mujer, 19(43). Consultado de http://saber.ucv.ve/ojs/index.php/rev_vem/article/view/7981/7891

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Educar para salir al océano

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en junio 17, 2015

Ortega, F. (2012) Isla del Barón

Isla del Barón (¿o varón?)

 Gracias a la iniciativa de Unión Afirmativa de Venezuela (UNAF), en la sede del Centro Zen de Caracas, se realizó el 12 de junio el taller “Masculinidades en la construcción de igualdad”.

Este fue un taller dirigido a hombres y mujeres en el que revisamos las construcciones culturales y subjetivas de la masculinidad, para reconocer cómo afectan las relaciones interpersonales, el amor y el sexo, la amistad y el trabajo, el tiempo libre y la política.

Un taller es un espacio para crear, un lugar para el trabajo artesanal que produce nuevas realidades, un lugar para descubrir herramientas y perfeccionar el uso de las ya conocidas.

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Fue el encuentro de un grupo de personas motivadas a explorar lo masculino, tanto en su experiencia personal como en el entorno social en el que trabajan. Diversas perspectivas, diversos recorridos que confluyeron para educarnos mutuamente, teniendo en cuenta que educar es dar al otro la oportunidad de ponerse en contacto con otra realidad, otra visión del mundo para salir de sí, ampliar su horizonte y crecer.

A lo largo de una mañana y una tarde, actividades que invitaban al diálogo nos llevaron a compartir vivencias y saberes, formular preguntas y construir respuestas iluminadoras, identificar fuentes de sufrimiento y abrir vías de transformación.

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A partir de experiencias vividas, el trabajo de esta jornada nos sirvió para reconocer que el hacerse hombre en nuestra cultura conlleva una carga de restricciones y mandatos absurdos, ansiedades impuestas, aislamiento afectivo y falso confort.

Pudimos comprender que los cambios son posibles en tanto entendamos que no son de un individuo por separado, el cambio se da junto con otros. A partir de este punto nos planteamos la reflexión acerca de vías de transformación cultural y subjetiva. Superar la limitación del egocentrismo, conectarse con las emociones, prestar atención al mundo interno, integrarse superando escisiones e inhibiciones, cuestionar creencias y salir de la ilusión de comodidad. Estas son algunas de las propuestas formuladas para orientarnos hacia otras formas de vivir lo masculino, reconciliadas con la feminidad y con la naturaleza que todos compartimos más allá de las dualidades del género. Por fuera del estrecho círculo en el que encerramos la masculinidad, se abre un océano de vínculos, placeres, emociones y experiencias de elevada realización humana.

Pequeña puerta al mar

Pequeña puerta al mar

Foto taller

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¿Dónde andabas?

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en junio 5, 2015

Piazza incontro opportunitá

Casi dos años han transcurrido desde que apareció en el blog la entrada anterior. Varias personas me han preguntado ¿qué pasó?, me han expresado su espera de leer nuevas publicaciones. Les agradezco su interés, así como el de muchas personas que leen y han comenzado a seguir este blog en todo este tiempo. Están pendientes algunas respuestas a interesantes comentarios que me han hecho llegar.

Tomé una larga pausa, lejos de la experiencia solitaria de escribir, por estar dedicado a la labor de acompañar a otras personas que se han propuesto reflexionar sobre la construcción de lo masculino en su vida cotidiana. Dejé los botes con las velas recogidas y en aguas tranquilas, para recorrer caminos que me han llevado a conversar sobre el revés de la masculinidad en diferentes localidades de Venezuela: Caracas, Maracaibo, Cabimas, San Cristóbal y Guasdualito.

Por esta ribera del Arauca

Por esta ribera del Arauca

En todos estos lugares encontré hombres y mujeres con interés en reflexionar acerca de los modelos de masculinidad impuestos en nuestra sociedad, en reconocer el sufrimiento que producen y en emprender vías de transformación individual y social.

Poco hacemos si nos conformamos con bellas teorías o escritos críticos y no caminamos por el campo. Atender el campo es labor cotidiana. Es concertar con otros acciones acerca de nuestras experiencias subjetivas y prácticas sociales. Acción que parte del ejercicio de la palabra en espacios de diálogo, para abrirnos a nuevas perspectivas de vida, para ponerle nombre a realidades encubiertas. Acción que transforma esas realidades porque se transforman los sujetos que son partícipes de ellas.

Taller en Guasdualito organizado por HIAS

Taller en Guasdualito organizado por HIAS

En CECODAP

En CECODAP

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En San Cristóbal

En este campo he visto involucrarse a profesionales de diversas disciplinas como educación, psicología, medicina, derecho, trabajo social, sociología, administración e ingeniería, entre otras. También artistas, funcionarios judiciales y policiales, docentes de todos los niveles educativos, estudiantes, padres, efectivos de las fuerzas armadas, gerentes de empresas, líderes comunitarios, activistas de la sociedad civil organizada, dirigentes políticos e investigadores de pre y post grado.

Han participado en talleres, charlas, seminarios y asignaturas universitarias. En esos espacios le hemos dedicado especial a tención a la masculinidad en relación con la violencia en diferentes ámbitos, con las relaciones familiares y con el ejercicio de la paternidad. Nuestra realidad social ha hecho relevante y necesario abordar esos temas.

Aprovecho para expresar mi gratitud y admiración a las personas que han participado en esos espacios. En todas he encontrado el compromiso de continuar abriendo surcos y echando semillas para que florezcan nuevos modos de vivir lo masculino, para cosechar valores y prácticas de paz.

 

 

 

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Ganar la libertad de renunciar

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en junio 25, 2013

Watanabe Shotei, Botes en la niebla

Hay hombres que quieren sacar de sus vidas la violencia porque perciben sus consecuencias en ellos mismos y en quienes les rodean. No son pocos, son muchos más de lo que se piensa, pero esa aspiración algunos la viven como un deseo que no se atreven a decir en voz alta, otros piensan que sería bonito pero no creen que se pueda realizar, otros ven la violencia como algo inevitable en la lucha por la sobrevivencia. Al final del cuento terminan asumiendo que es algo de lo que no se puede escapar, que sería cobarde evitarla y que tarde o temprano no queda más remedio que recurrir a la violencia en las relaciones con las mujeres, con otros hombres, con los hijos, los compañeros de trabajo, la gente que se cruza  en la calle o la que acude a un centro de estudios. ¡Hemos escuchado tantas veces el falso realismo de quienes se conforman con pensar que sería bonito vivir sin violencia pero eso es imposible!

Venimos de historias sociales y subjetivas en las que ha imperado la imagen de hombres poderosos llamados a usar la violencia contra alguna expresión del mal, para salvarnos de enemigos temibles o para llevarnos a un porvenir de luminosa felicidad. Esa tradición nos presenta la violencia como algo necesario, un camino inevitable, un deber y un derecho asignados a los varones. Eso nos lleva a creer que los hombres que rechazan la violencia están faltando a una obligación o son cobardes.

Desde la infancia mujeres y hombres nos hemos sometido al axioma de que masculinidad y violencia son cosas indisociables. Para salir de esta trampa hace falta emprender cambios en la manera de relacionarnos, el modo de vida, la imagen que tenemos de los otros, la forma en que procesamos nuestras emociones y lo que hacemos con nuestras angustias recónditas. Es decir, no se trata de parar la violencia con más violencia, sino ocuparnos del entramado social y subjetivo que la produce.

Heracles contra el leon de NemeaNos engañamos suponiendo que dentro del ser masculino la violencia es innata, inevitable, intrínseca e indispensable. Asumimos que es innata, es decir que quien viene al mundo con pene y testículos entre las piernas nace con inclinación a la violencia. Esta ilusión nos coloca inermes ante una realidad que se presenta oscura y sin escapatoria, algo que está ahí y no se puede cambiar. Muchos hombres imaginan que dejar la violencia sería como una castración.

Cuando la suponemos inevitable entramos en el fatalismo y creemos que no ser violento es malo y contrario a la naturaleza,  de modo que el que no es violento es mal hombre o falla en su deber de hacerse respetar. En el fondo esto es estar sometido a un código moral que impone un “debes ser violento o de lo contrario serás castigado”.

Creer que por ser varón la violencia es intrínseca al individuo nos lleva a ignorar que ésta se hace entre muchos, que va más allá de vivir un momento de ira. La violencia la tejemos en muchas acciones cotidianas, roles, identidades y relaciones  de poder. Por eso no basta con decir “yo no soy violento” y desentenderse de lo que pasa alrededor.

Con mucha frecuencia promovemos la violencia porque la consideramos necesaria para sobrevivir, esto lo podemos encontrar en ámbitos tan dispares como la actividad política, el medio escolar, la calle o la relación de pareja. En cualquiera de esos ámbitos encontramos Pignatiello, Sara (2011) justificaciones para usar armas físicas, verbales o psicológicas para defendernos de supuestos peligros para nuestra integridad. Pero en verdad, lo que estamos protegiendo no es más que el narcisismo de nuestro ego inflado y su arrogancia fálica, lo que intentamos salvar no es la vida sino una pose, una cuota de poder, una máscara de prepotencia que confundimos con respeto y seguridad, aunque detrás de ella vivimos llenos de miedo. Nos hacemos partícipes de un malentendido que confunde sobrevivir con dominar, imponerse y eliminar al otro.

Nos aferramos a la supuesta necesidad de la violencia frente a una realidad que imaginamos amenazante, pero en el fondo es que hemos aprendido a vivir así para acallar las angustias que pudiera despertar el no obedecer a ciertos mandatos impuestos por la cultura a través de la familia, de papá o mamá, del tío, el primo, los amigos o los líderes políticos. Para no quedar mal frente a esos mandatos, nos comportarnos como mandan los poderosos, nos amoldamos a un falso ser.

Cuando asumimos la violencia como algo inevitable y cotidiano entramos en un campo de batalla en el que no hay límite para las pulsiones destructivas. Sometemos nuestra existencia a la mentalidad del guerrero que en la acción bélica sólo actúa, no piensa, no siente, tiene permiso para cualquier cosa que sirva para destruir al enemigo. La batalla es innecesaria y absurda pero nos aferramos a ella porque aporta oscuras satisfacciones. Nos atrincheramos en el ego de un guerrero que defiende un territorio. Aunque creemos estar ganando respeto sólo producimos distancia, exclusión, abandono, rechazo, miedo y odio. El supuesto respeto que se gana  siendo irascible y explosivo es sólo una quebradiza cubierta de un ser raquítico en lo emocional, en la valoración de sí mismo o en la capacidad para establecer vínculos humanos.

Oswaldo Guayasamín (1968) La edad de la iraPensamos o sentimos con el puño cerrado, los dientes apretados y el ceño fruncido, tanta tensión del cuerpo deja pasar escasas ideas y emociones. Hemos aprendido a ver, pensar y actuar frente a cualquier dificultad haciendo uso de la rabia. Tal vez cada uno se ve a sí mismo como un ser deseoso de amar y dar amor, pero ante la mínima dificultad, frustración o conflicto nos volvemos esclavos de la rabia y vemos al otro como un enemigo, como una amenaza que tratamos de eliminar. La rabia es una emoción más, en sí no es buena ni mala, pero se producen serias distorsiones cuando la convertimos en el único color que aplicamos a nuestras vivencias. Si hay miedo lo disfrazamos con rabia, si hay tristeza la convertimos en rabia, si hay soledad manifestamos rabia hacia el mundo. Esto no es natural, pero hemos aprendido a vivir así.

En nuestra mente estamos apegados a la fascinación y la autocomplacencia que aportan fantasías violentas. Nos regodeamos en fantasear cómo destruir, hacer daño o causar muerte. Esto nos hace tributarios de una cultura de la violencia que envuelve a la guerra de una fascinante hermosura. Nuestras fantasías han sido moldeadas por relatos épicos que nos dicen que la guerra es un evento cargado de belleza donde se exhiben las mejores dotes viriles1. Una belleza que la convierte en evento sublime, hermosa gesta en la que hombres comunes se elevan a la condición de héroes. Ese velo, que encubre muerte y destrucción sin límites, muestra imágenes sublimes que se yerguen sobre cadáveres y desolación2.

Esta fascinación con la guerra va más allá de la contemplación cinematográfica de imágenes bélicas, la llevamos a la vida cotidiana y se convierte en un drama que protagonizamos en la familia, la escuela, la calle o las instituciones políticas. Para vivir tan sublime drama necesitamos inventar enemigos, éstos pueden ser hombres rivales, mujeres o cualquier persona que tenga otra orientación sexual, creencia religiosa o afinidad política.

Prescindir de la violencia no consiste en emprender un nuevo enfrentamiento, realizar un Watanabe Shoteiesfuerzo prodigioso o una tarea hercúlea frente a fuerzas sobrehumanas o monstruos que habitan en las profundidades. Hemos tenido ya demasiados héroes. Oponer una fuerza a otra no es lo que ayuda a detener la violencia, sino pasar a la práctica de soltar, desprenderse y dejar ir.

Parar la violencia no es una tarea simple pero es más sencillo de lo que se piensa. No se trata de imponerse apretadas ataduras para contener supuestos impulsos indomables, sino de separarse de cargas, soltar tensiones, abrir lo que está cerrado, dejar caer certidumbres que paralizan. En lugar de constreñirse más, ganar la libertad de renunciar a muchos supuestos, creencias y fantasías que moran en el inconsciente. Encontrar bienestar al desprenderse de hábitos que se repiten sin sentido y disfraces de virilidad que degradan la condición masculina.

Si soltamos el ansioso apego por la violencia nos abrimos al encuentro con los valores éticos y estéticos de una vida más apacible, y dejamos fluir nuestras acciones en la construcción de vínculos amorosos entre seres humanos.

Hay hombres que trabajan por la paz, son muchos, más de lo que se piensa, pero usualmente son invisibles porque no buscan hacerse notorios ni ganar poder.

Notas:

1.- Sobre este aspecto de la guerra ha escrito Alessandro Baricco en un ensayo titulado “Otra belleza, apostilla sobre la guerra” que es epílogo de su “Omero, Ilíada”.

2.- Al respecto invito a leer también “Un terrible amor por la guerra” de James Hillman.

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Ocultos detrás de la ira

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en marzo 19, 2013

Rodin, Amor fugitivo

Con escepticismo y desesperanza muchas personas se preguntan si los hombres violentos con su pareja pueden cambiar. Una variante de esta pregunta es acerca de si son capaces de hacerlo, porque parece que quisieran ser distintos pero algo dentro de ellos no les permite dejar de ser violentos. Del escepticismo y la desesperanza se puede caer en la resignación y el fatalismo.

Tiene sentido hacer estas preguntas porque sabemos que en estos casos, después de agredir a la pareja, el hombre suele expresar arrepentimiento y hacer promesas de que no volverá a ocurrir, pero luego de un tiempo la violencia vuelve cerrando un ciclo que se repite con frecuencia creciente y mayor gravedad.

Las investigaciones sobre el tema, las experiencias de instituciones y profesionales y nuestro propio trabajo con estos casos nos permiten responder afirmativamente, estos hombres pueden cambiar, las personas violentas no nacieron así. Pero no basta con las promesas de enmienda para que el cambio se produzca.

Quienes se aferran sólo a los buenos propósitos y las promesas de no hacerlo más nunca, se encuentran inmersos en el ciclo de la violencia, sólo están tratando de negar el significado de sus actos y de anularlos con palabras como si nunca hubiesen ocurrido. Ponerle límite a la violencia requiere mucho más que buena voluntad y arrepentimiento. Hace falta que el hombre emprenda profundos cambios en su manera de relacionarse, su modo de  vida, la imagen que tiene de los otros, las emociones, la identidad, la manera en que afronta sus angustias recónditas.

Es posible el cambio pero se deben cumplir ciertas condiciones para encaminarse en esa dirección. La primera de ellas es aceptar sinceramente que no bastan las promesas y la buena voluntad, hay mucho más que hacer.

La segunda condición es aceptar que la violencia contra la pareja es un problema que tiene el hombre que la ejerce y que requiere ayuda específica para superarla. Pero no se trata simplemente de dar una declaración y sentarse a esperar la ayuda, es necesario ocuparse en eso y emprender acciones. Ocurre en muchos casos que el hombre dice “sí quiero cambiar”, pero permanece en actitud pasiva dejando que sea la pareja la que haga algo, como quien se echa en un sofá y espera ser atendido.

La tercera condición para iniciar un proceso de cambio tiene que ver con buscar la ayuda y acudir a recibirla, pero asumiendo que esto no es llegar a un lugar y decir “aquí estoy, qué va a hacer usted con mi caso”, hace falta hablar de cosas que usualmente se callan, plantearse preguntas, reflexionar sobre la manera en que se está llevando la existencia.

Una cuarta condición tiene que ver con replantearse los objetivos. Con frecuencia los hombres violentos acuden a tratamiento ante el temor de perder a la pareja o evitar una sanción. Si bien esos son motivos que pueden dar un primer impulso, hay que tener en cuenta que por sí solos no responden más que a la intención de salir fácilmente de una dificultad o de retomar el control de la situación sin que nada cambie en el fondo. Un verdadero cambio es mucho más que salvarse de un castigo, de lo que se trata es de rescatar la integridad emocional propia y de los otros, reparar y establecer relaciones libres de violencia, reconstruir la capacidad para amar y para ser amado.

En lugar de seguir escudándose en qué hace ella para provocar su ira, un hombre puede empezar a preguntarse qué pasa en él para hacerlo proclive a la violencia. Los procesos que llevan a un hombre a ser violento con su pareja son múltiples y complejos, es falso que lo hace porque no sabe controlar la ira. El ejercicio de la violencia se sustenta en una posición subjetiva constituida y fijada en una historia. La terapéutica psicoanalítica involucra a la persona en una experiencia de reconocimiento, comprensión y transformación de esos procesos y esa posición subjetiva. Los caminos que se recorren son diversos y no es fácil hacer generalizaciones, sin embargo quiero destacar dos aspectos fundamentales del proceso terapéutico en estos casos.

Grieta-murallaUn aspecto a destacar es el de reconocer y comprender la naturaleza de la violencia y cómo se ha hecho parte de la manera de vivir y relacionarse. No basta con declarar “sí soy violento”, hace falta un proceso de comprensión de qué es la violencia y cómo se ejerce en la vida diaria. Esto requiere hablar de muchas situaciones cotidianas, anécdotas, recuerdos y experiencias para identificar en ellas la violencia, sus formas, componentes y consecuencias. Hay los que dicen “yo no le pego” o “sólo le pegué una vez”, otros aceptan como violencia sólo un hecho aislado por el cual fueron denunciados, pero evaden que violencia está también en el uso de los gritos para imponerse, en las descalificaciones e insultos consuetudinarios, en los celos asfixiantes, en las restricciones de la vida social de la pareja o en las acciones que destruyen opciones de bienestar y desarrollo de la mujer, como por ejemplo, provocar la pérdida del empleo, obstaculizar tratamientos médicos o impedir la continuación de los estudios.

Develar la propia posición inconsciente no es una confesión de pecados para pedir perdón. Otro aspecto a destacar del proceso terapéutico es el que incide en los mecanismos psíquicos que le sirven al agresor para sostener y naturalizar su conducta. Uno de esos mecanismos inconscientes es el que usa para evitar el contacto con el significado de sus actos y lo que pasa con sus víctimas. Para lograr esto el agresor lo que hace es negar la naturaleza de sus acciones y el daño que producen en la mujer. Con esta estrategia defensiva levanta un muro que no deja pasar los sentimientos y crea condiciones para ejercer la violencia sin remordimientos. Una vía de cambio se abre cada vez que un hombre maltratador llega a ser capaz ponerse en los zapatos de la mujer y preguntarse ¿qué siente ella? La empatía que ahí puede surgir no es algo que se decreta, sino el resultado de un trabajo e incluso una disciplina.Chagall, 1915. El cumpleaños

Los procesos descritos pueden promover que un hombre comience a preguntarse acerca del lugar y el valor que le da a la mujer, así como acerca de la naturaleza del vínculo que establece con ella. Se le presenta así la oportunidad de replantearse su posición con respecto a la feminidad.

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Sobre lugares y relatos de las paternidades

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en febrero 26, 2013

Idylle (detalle) G. Klimt 1884

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera.

Juan Rulfo

De manera desapercibida, cada uno pasa por la vida dándole significado a la palabra padre. Hay paternidades, hombres que ocupan para otros el papel de padres, hijos que le dan a alguien ese lugar. Los padres pueden ser personajes amados y odiados, esperados, anhelados, ausentes o invasivos. Un padre puede ser ese al que se culpa de lo que no está bien, aquel a quien se le debe todo o el que se presenta como un horizonte inalcanzable. Encontramos padres en las familias, las organizaciones, las escuelas o los deportes, tenemos padres de la patria, padres de las iglesias y padres de las innovaciones tecnológicas.

Arrastramos tradiciones monoteístas que nos presentan al padre como un personaje mítico, único y verdadero, el representante de una esencia singular. Las realidades familiares contemporáneas nos plantean la necesidad de ocuparnos de la multiplicidad y la diversidad en lo que se refiere a las paternidades, adentrarnos en lo plural y lo multidimensional de las funciones paternas y los individuos que las ejercen.

La maternidad y la paternidad son producciones culturales como la alfarería, el tejido o la agricultura. Son también producciones subjetivas, así como las vasijas que salen de las manos alfareras, son algo diferente y particular para cada sujeto. Van mucho más allá de la función biológica que hace posible la reproducción de la especie, no son atributos con las que nace un individuo de acuerdo al sexo que le tocó, son resultado de relaciones y procesos simbólicos que les dan significado.

Las respuestas acerca de qué es un padre van acompañadas de otras acerca de dónde encontrarlo y qué se cuenta acerca de él. Lugares y relatos en lo íntimo de cada individuo, en las relaciones sociales, en las instituciones o en las formaciones culturales. No hay nombre para el padre sin un lugar en el que habita, una palabra materna que lo señala y una posición inconsciente que lo sostiene.

Hacerse padre es también una construcción en la realidad subjetiva de los individuos llamados a ocupar ese rol. Las formas en que se ejerce la paternidad están estrechamente ligadas a la construcción de la masculinidad y a la manera como un hombre se ubica en relación a las figuras maternas. Muchas personas tienen dificultades para integrar el ser hombre y el ser padre. El ejercicio de la paternidad es un tema dejado a un lado como vergonzoso o poco relevante, oculto y subvalorado para muchos de sus protagonistas.

Hemos heredado figuras del padre ligadas a la autoridad y al ejercicio del poder, las cuales viven en las relaciones cotidianas y los complejos inconscientes, a pesar de los Rembrandt (1635) Sacrificio de Isaac (detalle)cambios culturales que han producido un declive del patriarcado. Por un lado tenemos el autoritarismo, abandono, violencia y desapego que se derivan del uso del poder para darle significado a la paternidad. Por otra parte encontramos ideologías nostálgicas que nos prometen salvarnos de los males sociales si volvemos al viejo orden en el que la autoridad paterna no se cuestionaba.

La manera patriarcal de concebir al padre se encuentra cuestionada y debilitada por los cambios culturales en los roles de género y en las configuraciones familiares, así como por los procesos de democratización en muchas sociedades. Pero no hay que creer que el patriarcado está acabado, impera abiertamente en muchas sociedades, goza de buena salud incluso en el seno de muchas familias matricentradas.

El declive de la hegemonía patriarcal no debe llevarnos a omitir el papel de los hombres en la reproducción, la crianza de los hijos y la integración de unidades familiares. Podemos concebir roles paternos que logren prescindir de la violencia y el uso del poder sobre mujeres e hijos, nos hace falta hablar de otras facetas existentes pero poco exploradas de la paternidad.

Estas son cuestiones relevantes para el abordaje de problemáticas individuales, familiares y sociales. En junio del año pasado, presentamos una primera aproximación a las relaciones entre masculinidad y paternidad en Habitar territorios entrañables. Lo expuesto en este artículo es una presentación de los temas que abordaremos en el Seminario Lugares, relatos, paternidades, que tendrá inicio el 3 de abril en la Librería Liberarte. Será un espacio de estudio y reflexión en el que nos proponemos integrar los aportes del psicoanálisis con los de la psicología, las ciencias sociales, la educación y las artes. Un espacio para el diálogo entre saberes y el encuentro de nuevos significados.

Nota

Para información adicional sobre el seminario puede ponerse en contacto con Librería Liberarte escribiendo al correo paraliberarte@gmail.com o llamando a los teléfonos 0212 6629169 y 0416 3040929.

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Ese oscuro objeto

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en septiembre 24, 2012

Son las cinco de la tarde en un barrio de Caracas, un joven sale de su casa y se dirige hacia esa esquina cercana en la que se reúne con sus compañeros de banda, mientras camina le complace sentir el peso de la pistola que carga oculta. No muy lejos de ahí, en la vía rápida, un padre de familia conduce irritado por el tráfico que no lo deja ir a toda velocidad en su potente vehículo. Este mismo hombre al llegar a casa ve desorden y desajuste por todos lados, se molesta, grita, le reclama a su mujer. Por su parte, uno de sus hijos, un adolescente de dieciséis años está en el cuarto molesto y discutiendo con la novia por teléfono, le reclama y la insulta cuando ésta le reitera que aún no quiere tener relaciones sexuales. Al hermano menor de esta muchacha le va mal en la escuela donde cursa quinto grado, lleva muy malas calificaciones y tiene problemas con las normas, él siente que en la escuela todos quieren mandarle y él no se va dejar, mucho menos de esa profesora que la tiene cogida con él. Esta profesora tiene un hermano que atraviesa una crisis con su esposa desde hace un año, a raíz de que ella empezó a trabajar y gana un sueldo que es casi el doble de lo que él gana, está angustiado e irritable, pero siente alivio cuando se reúne con sus amigos y sale a beber. En su trabajo este hombre tiene un jefe que dirige al personal dando gritos, humilla a los subalternos e insulta a cualquiera que exprese un desacuerdo, para éste el trabajo es su vida y también la fuente de ingresos con los que le gusta complacer a su esposa y sus hijos.

La costura que une todas estas historias está hecha de un hilo especial para atuendo de caballeros. Este hilo es el poder y con él se cosen experiencias de vida, costumbres, vivencias subjetivas y conductas con las que se hacen los hombres, en el marco de referentes culturales y relaciones sociales que instituyen posiciones de superioridad jerárquica, dominio y control de ellos sobre las mujeres. Este orden socio cultural basado en la hegemonía masculina atraviesa todos los aspectos de la vida humana, sustenta creencias y prácticas cotidianas en las cuales ser hombre y ser el que manda se presenta como un binario indisoluble. De acuerdo a esta masculinidad patriarcal, ser hombre es mandar en la familia, la sexualidad, la pareja, la producción y administración de bienes, el uso de la violencia. Es de hombres el dominio de las armas, del conocimiento, de la tecnología y de la conexión con la divinidad, pero no sólo eso, ser hombre es ser la imagen de Dios todopoderoso.

En muchos países esta hegemonía ha sido cuestionada, los imperativos patriarcales se han puesto en entredicho y se han logrado cambios sociales, culturales y políticos que han eliminado desigualdades. Sin embargo para muchas personas e instituciones sigue imperando la premisa según la cual lo normal es el dominio de los hombres sobre las mujeres, así como mucha gente siente alguna nostalgia de aquellos tiempos en que los hombres sí llevaban los pantalones y hacían valer su autoridad.

La asociación entre masculinidad y poder se mantiene viva en las subjetividades de hombres y mujeres, no como una ideología, sino como parte de procesos y estructuras inconscientes que se manifiestan en la vida cotidiana de los individuos. Así podemos empezar a comprender, por ejemplo, cómo es posible que parejas muy jóvenes repitan modelos machistas anacrónicos, o la fascinación que sienten muchas personas ante un-hombre-de-mando que abusa del poder sin límites ni pudor.

Donde hay hegemonía masculina podemos encontrar pactos de silencio y tabúes que la protegen. Hace falta perder el miedo y empezar a preguntarse ¿cómo se produce ese poder? ¿Cómo actúa? ¿Qué mecanismos usa para perpetuarse? Atreverse a poner en entredicho la idea de que el poder es algo que tienen los hombres como parte de su naturaleza. Sin darnos cuenta, damos por sentado que el poder es un atributo de los hombres, como si eso se llevara en las hormonas, los testículos, la estructura corporal, la cantidad de vello o en la nuez de Adán.

El poder no es un recurso natural acumulado en ciertas personas, grupos o instituciones, tampoco algo que baja de los cielos para que unos elegidos lo detenten. Es una producción social, es resultado de un tejido de relaciones en todos los ámbitos de la vida humana. Consiste en acciones que deciden la conducta de otros, existe siempre en el contexto de relaciones sociales e intersubjetivas y no como algo que se tiene o se acumula. Se suele decir, por ejemplo, que el dinero o las armas dan poder, pero el poder no está en esos objetos sino en las relaciones donde alguien hace uso de ellos para imponer a otros sus decisiones.

Las mujeres que han salido de relaciones con parejas violentas muestran por qué es importante dejar de creer en el poder como algo propio de la naturaleza masculina. En estos casos la mujer está consciente de que la pareja hace uso de mecanismos para dominarla, pero a la vez piensa que ese poder vino en el paquete de ese hombre, que le tocó así, que es por el carácter que tiene, porque es más astuto que ella o porque la ama intensamente. La mujer comienza a dejar de estar atrapada en el maltrato cuando cae en cuenta de que ese poder no es tan natural ni tan normal, que es ficticio en buena parte, que surge de una forma de relación y que ella sin saberlo ha contribuido a crear la imagen de un ser temible y todopoderoso. Cuando esto ocurre, la mujer se ubica de otra manera ante el maltrato y el agresor empieza a llevarse sorpresas porque ya no encuentra a la víctima que doblegaba.

En la subjetividad de los hombres la relación con el poder no surge de manera espontánea, es resultado de la manera como cada uno incorpora ideales, formas de relación y rituales patriarcales. Para ser hombre hay que demostrar poder, este mandato está presente en la vida de los varones desde la infancia, así como la angustia asociada a lo que podría pasar si no se cumple con él. Hacerse hombre bajo esas premisas conduce a padecer de una hipertrofia de todo lo asociado con la búsqueda, manejo y sostenimiento del poder, que genera tensión, sufrimiento y daños para sí mismo y para los otros. El poder se convierte así en un objeto imaginario para ser poseído, arrebatado o cuidado como un tesoro fálico que se teme perder. Atrapado en esa dinámica el sujeto puede llegar al punto de no ser capaz de relacionarse con los otros sin la mediación de ese objeto.

Cuando el poder se convierte en objeto que rige el mundo psíquico se vive en una pose narcisista, se carga el peso de una máscara que encubre la vulnerabilidad, las carencias y la necesidad recibir ayuda de otros. Detrás de rasgos de arrogancia se esconden seres que dependen de ilusiones ligadas al poder para sostener su autoestima, que viven temerosos de ser menos si no aparentan tener algún poder, así sea éste espurio, ilusorio, abusivo o delictivo. En el fondo esta es una posición de sumisión infantil a una amenaza imaginaria de castigo para quien no cumpla el mandato. Hay también los que se sienten poderosos porque en su realidad psíquica se han identificado con alguna figura encumbrada. Hay otros que se satisfacen mentalmente fantaseando situaciones de dominio sobre otros.

Un hombre que basa su existencia en dualidades como poderoso-vulnerable, dominante-sometido o superior-inferior, se mortifica pensando que no tener poder es estar castrado, angustiado se aferra a cuotas de poder con la pareja, los hijos, los alumnos, en las relaciones laborales, la práctica religiosa o las funciones gubernamentales. En ciertos casos, para tener poder el sujeto se apropia de una persona, un grupo, una institución o una comunidad a la cual tiene sometida, atemorizada y humillada. Dinámicas de este tipo son parte de los procesos que producen violencia intrafamiliar, escolar, política, delincuencial o carcelaria.

En las relaciones de los varones con el poder también hay conflictos, rechazo y sufrimiento. En todos los hombres encontramos brechas entre los ideales de dominio y la realidad del sujeto, así como otros deseos e ideales orientados a relaciones de equidad, solidaridad, cuidado mutuo y apoyo.

Es posible ser hombre sin estar atrapado en la moral y la estética del poder. Hace falta concebir lo masculino desde otros lugares, se puede tener respeto, amor y honor sin depender del ejercicio del poder. Esta apertura puede darse si se superan los tabúes y los temores a perder privilegios sobrevalorados. Es posible si se rescatan y aceptan aquellos aspectos de la propia existencia que fueron rechazados, si reconocemos que al final no es tal el poder que creemos tener sobre las mujeres, sobre nuestro cuerpo o sobre la muerte.

Desmontar las ficciones del poder nos coloca desnudos ante nuestras carencias y necesidades insatisfechas, nos revela incompletos e inacabados, sujetos deseantes y vulnerables. Significa renunciar al goce de la ficción de superioridad, dominio y control, pero abre la puerta a un mundo más amplio de satisfacciones.

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