Revés de la masculinidad

Una aproximación psicoanalítica a la construcción subjetiva de lo masculino

  • La construcción subjetiva de lo masculino, tanto para los hombres como para las mujeres,

    ... lo que encubre, sus discontinuidades y ambigüedades, su complejidad y sus carencias como formulación acerca del ser. Tras la pretendida naturalidad de una supuesta esencia masculina están las brechas entre las realidades subjetivas y los estereotipos culturales, las cuales se traducen en tensión, desencuentro, conflicto, vacío existencial y patología. Abordamos el revés de la masculinidad, entendido como su reverso y también como su fracaso.
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Archive for 30 junio 2011

Presos de certidumbres

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en junio 30, 2011

Aquiles, Héctor

Una lectora suscrita a este blog aportó un comentario a Escenario de vidas detenidas en el que nos invita leer el reportaje de Simón Romero En Venezuela una prisión es un “paraíso”, con fotos de Meredith Kohut. Si tomamos una clave humorística, el texto y las imágenes evocan la Isla de la Fantasía que se transmitía por televisión, o la más lejana Mansión Xanadú. Pueden hacernos recordar también las mansiones de narcotraficantes, tiranos y otros hombres poderosos. Pero si leemos el drama del reportaje, nos golpea el funcionamiento de un sistema de reclusión regido por el tráfico de armas y drogas, del cual afirman reclusos y funcionarios que es “un lugar tranquilo”, en el que se hace la vida más fácil. “Easy time in the San Antonio Penitentiary”.

Es una “cárcel modelo” en la que se evidencia la falacia en la que se legitima la violencia patriarcal y falocrática: promete hacer las cosas simples, la vida fácil y tranquila. Quienes ejercen la violencia pretenden siempre imponer la certeza de que con ella se garantiza la paz y el orden. Este desvarío no es casual, forma parte del entramado de la violencia.

En lo que se refiere al ejercicio heroico del poder con las armas, los pranes de las cárceles venezolanas corresponden al prototipo de los caudillos de las guerras venezolanas del siglo XIX o de los varones que lucharon en las costas de Troya según Homero. ¡Absurdo! ¡Sinsentido! Puede alguien exclamar ante tal símil. Son precisamente el absurdo y el sinsentido los que se ponen en evidencia en los ideales épicos de la cárcel y, por favor, no dejemos de revisar el absurdo y el sinsentido de la épica del siglo XIX venezolano o de la Grecia antigua.

Tales realidades pueden asustar; puede producir pesadumbre, espanto y desasosiego develar verdades que empañan lo natural, lo normal, el deber ser de la apolínea y luminosa masculinidad. No podemos quedarnos sólo en la sensibilización, si problematizamos el sujeto de lo masculino es para abrir vías de cambio, poner en movimiento las vidas detenidas. Nos apoyamos en el psicoanálisis para contribuir a producir nuevas realidades subjetivas y sociales en las que se detenga el ejercicio del poder y la violencia como modo de vida.

Guerreros, héroes, caudillos, pranes o semidioses, son todas metáforas que aportan sentido al tonel sin fondo de la masculinidad. El inconsciente produce metáforas que le sirven para las identificaciones, síntomas, fantasías en las que el sujeto encuentra consistencia como efecto de sentido. Las metáforas hacen sentir, implican también experiencias de satisfacción, goce que deviene fijación del sujeto al sentido.

Un aspecto de la construcción subjetiva de la masculinidad es la producción de sentidos acerca del ser hombre. Hace dos semanas escribimos acerca de las definiciones esencialistas, empiristas y normativas en los estudios de la masculinidad. Queremos retomar aquí esos enfoques tomando en consideración que las definiciones pueden ser producciones subjetivas de sentido, sustentan la sujeción a identidades y a las formas de vida que de ellas se derivan. El inconsciente individual produce sentido siguiendo un enfoque que puede ser esencialista al postular una naturaleza masculina, empirista cuando procura acomodarse a “las cosas como son en realidad” o normativo cuando se apega a un deber ser o ideal.

Analizar la manera en que el sujeto define la masculinidad trasciende al marco epistemológico. Las definiciones de lo masculino son vividas, producidas y transmitidas en la vida cotidiana, regulan prácticas sociales, se realizan y legitiman en subjetividades que les dan vida. Son formulaciones de sentido que encubren una carencia de ser; son defensas frente a la falta, la ambigüedad, la incertidumbre. Aportan referentes y certidumbres acerca de ser varón.

Podemos así revisar en las prácticas cotidianas y las subjetividades las maneras de definir lo masculino que intervienen, por ejemplo, en la legitimación y naturalización de la violencia. Tenemos así visiones que pretenden explicar la violencia como parte de la naturaleza, desde esa premisa los protagonistas de la violencia en barrios, cárceles, hogares o escuelas la asumen como fatalidad ineludible. Una visión similar la tienen muchas veces quienes pretenden aportar soluciones políticas, educativas o terapéuticas. Otros ven la violencia simplemente como un dato que hay que aceptar, una realidad a la que hay que adaptarse para sobrevivir y sacar ventaja, el fatalismo se tiñe así de cinismo maquiavélico. En otros casos el sujeto se atiene a ideales que ordenan modos de afirmación de la masculinidad en el ejercicio de la violencia.

El sujeto se aferra a las certidumbres acerca de la masculinidad, se hace preso de ellas, se impone pruebas, somete a otros y no vive más que para sostener un sentido al que ha fijado su existencia. Un padecer se deriva del desencuentro entre la vida y la masculinidad, de la afirmación de la segunda en detrimento de la primera. El psicoanálisis nos permite no sólo descifrar el sentido encubierto en esa vivencia de lo masculino, sino también reconocer procesos subjetivos que intervienen en su producción y movilizar procesos de los que surjan nuevas masculinidades. Promovemos en nuestra praxis la creación de lugares seguros en los que se puedan tratar las carencias, reconocerse en el sinsentido, quitarse las caretas y asumirse como sujeto que se separa de la fatalidad.

 

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Escenario de vidas detenidas

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en junio 21, 2011

La semana pasada en El Rodeo

En la cárcel de El Rodeo se inició hace más de una semana una batalla que involucra a reclusos y guardias nacionales, poniendo al desnudo la institucionalización de la violencia en una población cautiva del tráfico de armas, drogas y vidas humanas. El problema no se reduce a la acción de  unos “líderes negativos”, es todo un sistema alimentado con odio, exclusión y desprecio por la condición humana. Reclusos provistos de armas y drogas, custodios civiles y militares que las proveen, todos engranados en jerarquías puertas adentro y puertas afuera, que se legitiman entre sí para el control de un territorio en el que la ley la dicta el abuso de poder. Reclusos y guardias nacionales son dos caras de un mismo sistema de prácticas, relaciones, discursos y subjetividades articuladas por la violencia y el poder: el sistema penitenciario venezolano.

Quien ingresa como recluso en una cárcel venezolana pierde, junto con la libertad, todos sus derechos humanos. La vida, la salud, la expresión del pensamiento, la alimentación quedan sujetos a las decisiones de quienes ejercen el poder en la institución penitenciaria, sean éstos funcionarios o reclusos. Cualquier derecho humano es convertido en objeto por el que se paga un alto precio.

El lugar donde supuestamente se ejerce la justicia y se penaliza la transgresión de la ley es, en realidad, el imperio de la ausencia de ley donde todo abuso es posible. El orden lo impone, por una parte, la arbitrariedad del funcionario que saca dividendo del miedo de reclusos y familiares, por la otra la jerarquía de las mafias que controlan el uso del espacio, la distribución de drogas, el ingreso y manejo de armas dentro del penal. Los individuos asumen el código que ordena la vida cotidiana, se alienan y disciplinan alrededor de él.

Tal como lo expresan los reclusos, la cárcel es un lugar de “muertos que caminan”, entrar es estar muerto, no hay límite para lo que ocurre adentro. Se habla de psicopatía en los reclusos, pero se invisibiliza la psicopatía del sistema mismo.

Con acierto se ha planteado que confluyen muchos factores y responsabilidades en la producción de esta realidad. Se ha planteado que el problema de fondo es el fracaso de la cárcel misma y del sistema penal que en ella se basa. Nuestra propuesta es releer la realidad carcelaria como lugar donde se ejercen y reproducen modos de vivir la masculinidad. La construcción social y subjetiva de masculinidades ligadas a la violencia y el ejercicio del poder interviene en la producción de la cotidianidad del preso, legitima sus prácticas, naturaliza los abusos de los que es víctima y victimario. Tengamos en cuenta también que la cárcel es fuente de formas de relación y referentes simbólicos que se integran a lo masculino en diversos ámbitos de la sociedad.

Esta perspectiva  no consiste en proponer un factor más o una variable explicativa. El género es una categoría de análisis que atraviesa todos los factores, contribuye a identificar por qué muchas de las “soluciones” ensayadas terminan produciendo más de lo mismo.

Si entendemos la violencia carcelaria como enfermedad que no es sólo de una población recluida, sino de toda la sociedad y particularmente del Estado, es preciso agregar también que es patología basada en el género.

La violencia masculina que se expresa y se cultiva en las cárceles venezolanas es continuidad de la que se vive en otros ámbitos sociales. Entre lo que pasa en la calle, el hogar, la escuela o el trabajo y lo que ocurre en la cárcel no hay un salto cualitativo, sólo son resultados distintos de los mismos procesos que legitiman, naturalizan e invisibilizan el ejercicio de la violencia en la vivencia de la masculinidad. La violencia carcelaria es patriarcal y falocrática.

La cárcel no rehabilita, es lugar donde se hacen hombres cuya ley es el respeto al poder del varón que ejerce la violencia, no le teme a sus consecuencias y tiene acceso a los instrumentos para ejercerla. En ella se llevan al extremo aquellos ideales, significados, fantasías que le dan contenido  a la masculinidad en la cultura. El medio carcelario lleva hasta la tragedia y la comedia las relaciones de hegemonía, subordinación, complicidad y marginación entre hombres.

Además de ser venezolanos y usar las mismas armas, reclusos y guardias nacionales comparten significados que rigen sus identidades de hombres, entre otros, aquellos que se vinculan al prototipo del hombre de armas, el guerrero que realiza su virilidad heroica en el campo de batalla. La cárcel aporta un escenario más para este personaje que marca nuestra historia como país. El preso heroico es una figura que atrapa la fantasía de muchos hombres, particularmente la de muchos jóvenes que viven en condiciones de pobreza, exclusión y violencia en los barrios de nuestras ciudades. Muchos políticos piensan que la violencia es un problema cíclico de las cárceles, debido a la natural lucha por la prevalencia del más fuerte, en ello nos dan, de paso, un ejemplo de proyección.

La cárcel es escenario de vidas detenidas en un modo de realizar la masculinidad. La violencia carcelaria es un aspecto del fracaso de la masculinidad nacional.

  

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Lo que significa ser hombre

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en junio 14, 2011

John William Waterhouse, 1903. The Danaides

¿Qué significa ser hombre? La pregunta que dejamos planteada en la publicación anterior nos puede llevar a otras como ¿qué es lo masculino? ¿A qué nos referimos cuando hablamos de masculinidad? Son preguntas que no se hacen, pesa sobre ellas una censura consensuada porque provocan tropiezo, balbuceo e impotencia al intentar responder lo que parece obvio y evidente. Podemos escuchar cosas como “¿ser hombre? ¡Bueno! Eso mismo, ser un hombre (con voz grave), un hombre es un hombre ante todo, eso más que nada”.

Hay algo que no termina de llegar como significado, un referente que no termina de encontrarse. En medio de lo más evidente hay un vacío; preguntar por el significado de la masculinidad lo hace presente. Freud señaló que el inconsciente adolece de una imposibilidad para dar significado psicológico a la masculinidad y la feminidad. El inconsciente recubre ese agujero con significaciones derivadas de binarios como activo-pasivo, poseedor de pene o castrado.

Lacan retomó el asunto afirmando que no hay saber en lo real que responda por la posición del sujeto en la diferencia de los sexos, ni por la relación entre ellos. Saber en lo real es el instinto, un programa por el cual el individuo sabe qué debe hacer como macho o hembra de la especie. Lo sabe, no necesita preguntarse si lo sabe. Podemos ubicar el inconsciente como la manera en que el sujeto hablante suple la ausencia de ese saber en lo real; la suple dándole sentido a los significantes “masculino” o “femenino” que le son asignados a través de vínculos y prácticas sociales regidos por la cultura. El significado no existe de antemano como referente del ser, es efecto de la manera como un sujeto encadena significantes que toma del Otro.

Desde esta perspectiva no hay un significado inmanente de lo masculino o lo femenino. No existe El Hombre como referente universal. La masculinidad es tonel sin fondo, las subjetividades de hombres y mujeres son Danaides que buscan llenarla de sentido.

En “La organización social de la masculinidad”, Robert Connel plantea que las investigaciones sobre la masculinidad no han podido producir una ciencia coherente acerca de la misma. Esta falla se debe a una imposibilidad de la tarea, porque “la masculinidad no es un objeto coherente acerca del cual se pueda producir una ciencia generalizadora”.

Connel señala que la definición de la masculinidad “nunca ha estado suficientemente clara”, para luego pasar a una revisión epistemológica de las definiciones propuestas en las investigaciones. Identifica cuatro enfoques que pueden distinguirse en cuanto a su lógica. Por una parte tenemos las definiciones esencialistas, las cuales toman un rasgo al que definen como núcleo de lo masculino, una esencia que sería la base universal de la masculinidad.

Ubica por otra parte, las definiciones derivadas de la ciencia social positivista que se proponen describir lo que los hombres realmente son. Este enfoque es la base de las escalas de masculinidad y feminidad usadas en psicología, así como de los enfoques etnográficos que aportan descripciones de patrones de vida de los hombres en una cultura.

El siguiente enfoque es el de las definiciones normativas cuya lógica es formular modelos que establecen lo que los hombres debieran ser. Los modelos o ideales de masculinidad adquieren un carácter de norma a la que los hombres tratan de adecuarse.

Finalmente, presenta los enfoques semiológicos, los cuales se basan en la lingüística estructural para definir lo masculino y  lo femenino como lugares dentro de un sistema de diferencias simbólicas. La masculinidad no es esencia, dato fáctico o modelo normativo, sino resultado de una oposición semiótica.

Connel destaca las debilidades de los tres primeros enfoques. Las definiciones esencialistas son arbitrarias en cuanto a lo que postulan como esencia. Las positivistas incurren en hacer descripciones que no son neutras, encubren asunciones previas acerca de características de los géneros siguiendo tipologías del sentido común. Las definiciones normativas tropiezan con el hecho de que muy pocos hombres se acercan a los modelos ideales, rol e identidad no son equivalentes ni se corresponden en el plano de la personalidad.

En cuanto al enfoque semiótico, señala la necesidad de incluirlo en una visión que abarque las relaciones de género dentro de un sistema que incluye lugares y prácticas sociales.

Hemos presentado este breve resumen de una parte del artículo de Connel que ilustra cómo en torno a la masculinidad se tejen significados para llenar la carencia de un referente universal. Los múltiples significados acerca de lo masculino dejan siempre un resto, algo que escapa a la significación e introduce la falta en el sujeto.

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Carencia en espera de subjetivación

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en junio 7, 2011

Welles, 1941. Citizen Kane

Fracaso, lenguaje del fondo, pista de otro espacio más

 exigente, difícil de entreleer es tu letra

Rafael Cadenas

El deseo es la metonimia de la carencia de ser

Jacques Lacan

 Estamos acostumbrados a no hacer cuestionamientos sobre el deseo cuando se trata de la masculinidad. Parece que los hombres saben lo que quieren, parece obvio que quieren mujeres, dinero, experiencias intensas, poder, éxito, por mencionar algunas cosas. Un pensamiento darwiniano reforzaría esta obviedad señalando que los hombres quieren cosas buenas para la sobrevivencia de la especie. ¿Para qué fastidiar las cosas naturales? Por otra parte, muchas mujeres dedican sus esfuerzos a dar respuesta a lo que los hombres quieren, suponen que de su satisfacción depende el amor.

La relación de los hombres con el deseo está entorpecida por defensas y por una dificultad para subjetivar algo en falta que deja vacío, ausencia, agujero. Querer tener responde al ilimitado imaginario del falo, un desvarío en prácticas de dominio, apropiación y jerarquía. Querer tener no es el deseo, incluso puede implicar su rechazo o desconocimiento. Freud se preguntó ¿qué quiere la mujer? y la tradición psicoanalítica continúa haciendo de ese deseo un continente oscuro. La misma tradición ha omitido hacer la misma pregunta acerca del hombre, protege la masculinidad como algo evidente, natural, activo, de lo que ya se sabe y donde no hay nada que interrogar. Esa y otras tradiciones protegen a los hombres del enigma, lo inefable y la vivencia de vacío que involucra hacerse la pregunta por el deseo.

Es indispensable dicha pregunta para concebir un movimiento hacia el cambio en la manera como se vive la masculinidad. Mucho de lo que resuena en el contemporáneo malestar en la masculinidad es expresión de defensas regresivas ante cambios no aceptados ni elaborados. En el siglo pasado se produjeron profundos cambios culturales promovidos por las mujeres en la política, el trabajo, la familia, la pareja, la sexualidad, pero muchos de estos cambios esperan todavía por ser integrados en la construcción de las subjetividades. El patriarcado cuestionado en las prácticas culturales, sigue vivo y saludable en el inconsciente. En nuestro entorno cotidiano podemos constatar la presencia de prácticas e ideologías que procuran el rescate de la virilidad hegemónica y del respeto patriarcal. Si lo vemos a nivel mundial, podemos constatar que así como en algunas sociedades se han dado cambios hacia la igualdad entre hombres y mujeres, hay otras en las que se ha producido una reafirmación de la moral patriarcal promovida como movimiento de resistencia cultural. Llamemos a eso fundamentalismo pero con la condición de no creernos inmunes a él.

El inconsciente individual participa en la producción de ideologías que impiden asociar lo masculino con algo que no anda bien, un malestar, una queja. Un extremo mudo y mortífero de ese impedimento nos lo ilustra González Iñárritu en Biutiful. El fracaso en la masculinidad no es tanto por lo insuficiente sino por lo demasiado, ese fracaso es letra difícil que puede ayudarnos a entreleer lo acallado, a poner en entredicho lo naturalizado, a salir del pensamiento binario que nos atrapa en simplificaciones y nos hace creer en una esencia masculina que defendemos.

El psicoanálisis es praxis que puede ofrecernos herramientas para develar el exceso de naturalidad y obviedad asignado a lo masculino. ¿Es realmente tan natural eso que llamamos masculinidad? ¿Qué la inviste de tanto valor que se hace cualquier cosa con tal de no perderla? Hablamos de un valor económico, moral y estético de la masculinidad en el contexto de relaciones de poder, que es correlativo a la angustiosa amenaza de perderla si no se demuestra poseerla.

La masculinidad (así como la feminidad) no es algo que viene dado por el sexo biológico con el que se nace, se realiza en la vivencia del individuo por una construcción subjetiva que supone una atribución simbólica inscrita en la cultura, no existe una esencia del ser masculino que el hombre individual expresa. La carencia de ese ser es el vacío sobre el que se construye la masculinidad, las subjetividades masculinas expresan diversos modos de defensa frente a ese vacío, son modos de obturar una carencia de ser. Hay mandatos culturales que dictan cómo debe ser el hombre, pero no hay individuo masculino que se adecúe al tipo ideal que postula la cultura. Ante esta brecha, una gran cantidad de hombres opta inconscientemente por el afán angustioso de llenarla con insignias de poder, posesiones fálicas, excesos, riesgos y hasta con la propia muerte.

Desde una aproximación que evidencie la carencia de ser en la construcción subjetiva de la masculinidad, podemos redimensionar la pregunta ¿qué significa ser hombre?

 

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