Revés de la masculinidad

Una aproximación psicoanalítica a la construcción subjetiva de lo masculino

  • La construcción subjetiva de lo masculino, tanto para los hombres como para las mujeres,

    ... lo que encubre, sus discontinuidades y ambigüedades, su complejidad y sus carencias como formulación acerca del ser. Tras la pretendida naturalidad de una supuesta esencia masculina están las brechas entre las realidades subjetivas y los estereotipos culturales, las cuales se traducen en tensión, desencuentro, conflicto, vacío existencial y patología. Abordamos el revés de la masculinidad, entendido como su reverso y también como su fracaso.
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Archive for 27 julio 2011

Rigidez de la grave postura

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en julio 27, 2011

Rojas Sánchez, A. (2008)

La tonada llanera es canto de labor, canto de ordeño que abre el día, comunica al hombre con la naturaleza, reduce tensiones, lo acerca al ganado con mansedumbre y ternura. Renuncia a la coacción, pide permiso, convoca emociones que dan sosiego y levedad. La tonada nos trae imágenes de hombres que la entonan, imágenes que usualmente son puestas a un lado por la preponderancia cultural de aquellas que acentúan la reciedumbre, el dominio y la disposición al combate asociados a un imaginario del llanero que impregna la masculinidad nacional. Nos hace falta retomar ese hombre melodía y voz de la tonada, para acercarnos a una masculinidad diferente de la “grave postura”1 del personaje que pretende imponer su hegemonía.

Si podemos concebir de forma diferente los roles, lugares y modos de vida asociados a la masculinidad, de debe en parte a los cambios sociales y culturales que se produjeron en las relaciones de género en el último siglo. Pero cabe preguntarnos si esos cambios han tenido la misma profundidad en hombres y mujeres. Constatamos que a los primeros no les ha sido fácil asumir roles distintos de lo tradicionalmente masculino, parecieran carecer de la flexibilidad que, por su parte, las mujeres han tenido para ubicarse en nuevos y múltiples roles.

Vemos así, por ejemplo, que hay mujeres gerentes, diputadas, taxistas, técnicas de computación o ingenieras, pero todavía se ven pocos hombres maestros de escuela, psicopedagogos, enfermeros, trabajadores sociales o coordinadores de una guardería infantil. Hay muchas mujeres que apoyan la vinotinto, pero no hay tantos hombres que asumen un rol como representantes de sus hijos en la escuela. Hay muchas mujeres que se benefician de alguna alternativa psicoterapéutica o de desarrollo personal, mientras que demasiados hombres evaden la posibilidad de expresar su malestar y pedir ayuda a otro. Muchas mujeres han mostrado que la fuerza no es monopolio masculino, pero todavía muchos hombres siguen viendo las emociones como un riesgo a su virilidad. Las niñas son capaces de jugar muchos juegos de varones, los niños en cambio siguen marcando su rechazo a jugar con muñecas o cocinitas. Muchas mujeres cumplen diferentes roles como madres y proveedoras, como profesionales y amas de casa; mientras que gran parte de los hombres rechaza tareas y responsabilidades dentro del hogar, o asume algunas como “una ayuda” y se cuida de que nadie se entere de eso en la calle.

Hay rigidez en todo esto y no podemos quedarnos en afirmar con sonrisa graciosa y resignada: “lo que pasa es que ellos son así”, o “así somos, aprendan a querernos igual”. ¿Por qué tanta rigidez? ¿A qué se debe que tantos hombres tengan dificultad para asumir roles distintos a los usuales y estereotipados? ¿Por qué está tan presente la angustia de perder o dañar la virilidad? ¿Qué inviste a la masculinidad de tanto valor que se hace cualquier cosa con tal de escapar a la amenaza de perderla?

Una parte de las respuestas puede venir de un contexto cultural que pauta una menor permisividad para que los hombres accedan a ciertos roles y sanciona a aquellos que lo hacen. En su vida cotidiana y sus relación con los otros el individuo encuentra un sistema de significados e imágenes, un imaginario en el que se formulan modelos a los que hay que parecerse y se imponen como el deber ser. Lo que queda por fuera es considerado anormal y sancionado.

Proponemos considerar, por otra parte, las estructuras y procesos subjetivos que subyacen a la rigidez y el aferramiento ansioso a los estereotipos masculinos. Podemos comenzar por aquello que es más inmediato y consciente en la vivencia subjetiva: el individuo toma el imaginario cultural, le da sentido en su existencia y lo integra a eso en lo que reconoce su identidad ante el espejo y ante los otros que la ratifican: su propio yo.

De este modo el sujeto no necesita que le recuerden el contexto cultural, lo incorpora como parte de su yo, allí lo convencional y arbitrario se vive como naturaleza del ser. ¿Qué es ser hombre? ¿Qué le está permitido para ser considerado como tal? El sujeto conforma su yo a la medida de los significados con los que responde a esas preguntas, se dota de una imagen idealizada de sí mismo, hace de la masculinidad un objeto imaginario que cultiva en su yo.

El yo no existe de antemano, se forma en la relación con los otros, desde el comienzo y durante toda la vida. Sin estar consciente de ello, el sujeto es agente de una formación que podemos entender como la sedimentación de sucesivas identificaciones extraídas de las experiencias, relaciones, actividades y roles asignados de acuerdo al género. Cuando se carece de otros puntos de referencia posibles, alejarse de esas identificaciones se vive como una amenaza de pérdida.

Al respecto, cabe mencionar en especial los ideales de masculinidad que se transmiten a través del habla cotidiana, las relaciones familiares, la escuela, las canciones de moda, la publicidad, los medios masivos, las iglesias o los partidos políticos, por mencionar algunas fuentes. Podemos enumerar una serie de imágenes idealizadas tales como la del prócer, el gobernante, el hombre de armas, el magnate, el líder de masas, el jefe militar o el potente seductor de mujeres. Dichos personajes existen en un imaginario que pauta el deber ser y las fantasías de logro en la carrera por hacerse hombre; cada sujeto toma una o más de estas imágenes, les otorga un sentido particular para integrarlas en su existencia y las convierte en referente para definir una identidad masculina asociada a poder, superioridad, violencia y falta de límites.

Consideremos también que, de acuerdo al entorno donde se vive, las figuras idealizadas pueden ser el traficante, el malandro, el preso que detenta el poder en la cárcel, el político o militar que exhibe repentinamente una gran solvencia económica. Muchos jóvenes en nuestra sociedad están viendo esas figuras como referente de lo que sería hacerse hombre, a la vez que tienen cerrado el acceso a las oportunidades de vincularse a otros puntos de referencia para la construcción de identidad.

El imaginario que se integra en la formación del yo masculino incide en su rigidez y su ansiedad ante la posibilidad de abandonar roles y estereotipos. La identidad conquistada se vuelve jaula, armadura, lecho de Procusto. Tras la pretendida hegemonía de los ideales masculinos asumidos, hay vacío, carencias, opciones cercenadas, caminos obstruidos.

Pueden existir masculinidades capaces de cuestionar y desprenderse de ciertos mandatos, así como de la autoafirmación omnipotente en una identidad que rechaza el vínculo, la diferencia, la interdependencia. Para que tal posibilidad se dé no basta con esperar la venida de cambios culturales, debemos ver en cada sujeto la posibilidad de hacer la diferencia. La subjetividad es extensa, trasciende al yo, a la consciencia y al individuo. Desde esta perspectiva, trabajamos levantando barreras y quitando obstáculos para abrir horizontes al movimiento de la subjetividad.

Nota:

1.- Alberto Arvelo Torrealba. Florentino el que cantó con el diablo

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Hacen falta lugares abiertos

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en julio 14, 2011

Se trata de escapar del pensamiento binario mutilante que está en todos.

Edgar Morin

 

Quien es recluido en una cárcel pierde mucho, pierde la libertad, su vida cotidiana con la familia, la pareja, los hijos, los amigos. Pierde hasta la posibilidad de perder la mirada en el horizonte. Tanta pérdida puede hacer sentir dolor y tristeza. Pero, en contraste con ese hecho, muy poco se habla de los duelos, depresiones o angustias de lo privados de libertad. Cierto porcentaje de la población general sufre de depresión, pero en la cárcel el porcentaje registrado es cero. Encontramos algo bueno, ¡no hay depresiones entre los presos! ¡La cárcel es factor protector contra la depresión! Cualquiera pudiera decirnos: lo que pasa es que en ese medio hostil no te puedes dar el lujo de deprimirte, si te deprimes no sobrevives. ¿Será así? O será que sí hay depresión, que es grave y generalizada, pero no se vive como tal porque la cotidianidad carcelaria transcurre en prácticas que son la negación omnipotente de la pérdida, el dolor y la tristeza. Es una postura maníaca que hace imposible vivir un duelo porque en su lugar se impone la exaltación del acto destructivo y autodestructivo. El hombre que se respeta no da cabida a los sentimientos que surgen de las pérdidas. Ser hombre de respeto o morir, parece ser la disyuntiva que gobierna las cárceles.

Un aspecto de la construcción subjetiva de la masculinidad es la disciplinada adopción de premisas y normas de vida basadas en disyuntivas, dualidades, polaridades, oposiciones que postulan como elección ineludible un modo de ser que rechaza la afectividad y se aferra a la hostilidad en la relación con los otros. Tener respeto o morir, tener poder o ser un ser inferior, ser activo nunca pasivo, estar armado antes que ser vulnerable. La masculinidad es construida y defendida por medio de un pensamiento binario que mutila al sujeto, lo hace rígido y le bloquea la capacidad para relacionarse con lo complejo, lo ambiguo, lo intersubjetivo, los matices, las alternativas de elección. Este pensamiento binario toma fuerza de su simpleza, ofrece hacer que las cosas sean simples, que no haya que pensar mucho. Si algo se sale de lo simple, pues se elimina, simplemente.

¿Cuáles son las fuentes de este pensamiento binario? Por una parte, responde al principio de realidad-placer, es decir que implica una economía en la que se hace el mínimo esfuerzo psíquico frente a asuntos existenciales que pudieran implicar tensión, incertidumbre, creación e inversión de recursos subjetivos. Por otra parte, surge del sistema de relaciones y prácticas de género en las que hombres y mujeres llevan sus vidas; el pensamiento binario cohabita con ellas, les da legitimidad y las naturaliza. La implicación final es una fatalidad heroica: toma las cosas como están a cualquier costo o estás fuera, estás castrado, estás muerto.

Pero hay que considerar la dimensión subjetiva para no reducir la cuestión a la imposición de una disyuntiva que aliena al individuo. Para empezar, no todos se alienan de la misma manera o en el mismo grado, hay quienes amoldan su vida a las disyuntivas en las que se prueban los hombres, hay quienes rechazan esas pruebas, hay también el padecer del conflicto entre ambas posturas. El sujeto se hace partícipe del sistema de relaciones y prácticas de lo masculino, sin estar consciente de él, lo asume como realidad y como naturaleza que emerge de una recóndita profundidad del ser. Lo construido social y culturalmente retorna en el sujeto desde lo inconsciente, cabe preguntar ¿qué procesos intervienen para que ocurra así?

Tomemos, por ejemplo, algo cotidiano como los juguetes. Supongamos que queremos hacerle un regalo a un varoncito, queremos regalarle un juguete ¿qué escogemos? Supongamos que vamos a una tienda a comprarlo, la persona que nos atiende sabrá recomendarnos algo dentro de una lista de objetos que se asocian a fuerza física, competitividad, astucia, estar en la calle, lucha, dominio, agilidad, actividad o violencia. Nada que se asocie con cuidado, ternura, hogar, tranquilidad, pasividad. ¡Los niños no juegan con cocinitas ni muñecas! Podemos regalar un muñeco, pero en ese caso se tratará de la representación de un héroe poderoso o un guerrero invencible. La tienda tiene los juguetes claramente organizados, hay pasillos para los de varón y otros para los de hembra. Es simple, es binario, un niño de tres años puede ver claramente la diferencia, ya sabe cuáles son de varón, cuál pasillo tomar y cuál evitar. Un juguete de varón ofrece al niño un campo delimitado de experiencias en las que se forman comportamientos e identidades.

¿Por qué ese juguete es de varón? Porque lo juegan los varones,  porque no es de niña. ¿Cuáles son los juguetes de niña? Los que no son de varón, los varones no juegan con cosas de niña. No existe una naturaleza o esencia que le dé sentido a la diferencia. Lo que hay es una asignación cultural, por tanto convencional y arbitraria. En el paquete del objeto juguete un niño recibe la asignación simbólica de actividades, roles, goces, rasgos de identidad, lugares de vida y cualidades que la cultura asocia a ser varón. Sin saberlo, el niño juega con significantes que incorpora a su subjetividad, dándole sentido a lo masculino. Sin tener conciencia de ellas, las disyuntivas se imponen temprano en la vida, “¡qué pasó, eres un hombrecito o no!” El sujeto se hace partícipe inconsciente de la oposición arbitraria. Para hacerse hombrecito se inscribe en el pensamiento binario, vive una subjetividad escindida en partes aisladas como los pasillos de la juguetería.

Mirar lo masculino y sus maneras de configurarse desde un lugar que le sea exterior, un afuera del circuito de oposiciones, puede ayudar a separarnos de la lógica del pensamiento binario. Este punto exterior ¿es femenino? En un sentido podemos decir que sí, en muchos contextos lo femenino, la intervención de las mujeres pone límite y cuestiona los excesos de lo masculino. Pero nos hace falta marcar la diferencia entre feminidad y las formas de subordinación de las mujeres a la hegemonía masculina en las relaciones de género. Allí donde lo fálico pretende abarcar todo, la feminidad introduce que no todo es fálico, no todo lo humano se vive según el paradigma de la masculinidad hegemónica.

En otro sentido, nos hace falta producir lugares de exterioridad a la lógica binaria, que nos separen de su reduccionismo alienante. Introducir un lugar de la subjetividad que se desprenda de las disyuntivas del pensamiento binario; un lugar tercero que abra paso a otros innumerables lugares posibles. No sabemos de antemano de esos otros lugares, son conjuntos vacíos a la espera de que nos ocupemos de ellos. La opción que nos separa de las disyuntivas fatalistas, hay que concebirla y sostenerla como lugar vacío en el que otra realidad puede advenir, un lugar en el que se pueda producir una nueva subjetivación. Otras realidades son posibles, son mundos que pueden ser habitados.

Sobre este punto traemos a colación el trabajo de François Cheng 1 sobre la noción de vacío en el lenguaje de la pintura china. El autor nos muestra desde sus raíces filosóficas el papel del vacío como elemento tercero respecto del par ying-yang. En la pintura china el vacío no es la distribución del blanco dentro de un cuadro, no es un elemento vago ni arbitrario, está unido a la idea de aliento y transformación, a lo siempre abierto; hace que el cuadro respire con desahogo y esté cargado de devenir.

En el sistema carcelario venezolano (no se trata sólo de El Rodeo) se ha llegado a un punto de estancamiento entre los reclusos y el Estado (no basta decir la Guardia Nacional), en ninguno de los dos lados surgen aportes para desbloquear el status quo de la violencia. Ambos lados integran un binario detenido en la expectancia de la violencia potencial. Hay quienes fantasean el desencadenamiento de más violencia en las cárceles, los pranes al rendirse apelan al “por ahora”, otros se complacerían con enérgicas acciones en las que se imponga el poderío de la fuerza armada bolivariana.

Se requiere del tercero en esto. Entre Estado y reclusos no están las soluciones, ambas partes están alienadas a la misma lógica, son protagonistas del horror. Las salidas pueden surgir de actores y puntos de vista externos a ese binario como pueden ser las madres, abuelas, parejas y familiares de los presos, o las organizaciones de la sociedad civil, los artistas, las universidades, los gremios profesionales como la Federación de Psicólogos, las iglesias, por mencionar algunas posibilidades. Más allá de una función mediadora en negociaciones, la idea es que surjan actores sociales que aporten perspectivas, propuestas y acciones ubicadas fuera del binario aniquilante en el que están enfrascados el Estado y los reclusos. Actores y lugares que nos ayuden a salir de la lógica de vencer o morir, la lógica de los héroes de lado y lado que llegan hasta las últimas consecuencias en su posición. Abramos lugares que aporten aliento y transformación.

 Notas

1.- Cheng, F. (1989) Vacío y plenitud. El lenguaje de la pintura china. Caracas, Venezuela: Monte Avila Editores

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