Revés de la masculinidad

Una aproximación psicoanalítica a la construcción subjetiva de lo masculino

  • La construcción subjetiva de lo masculino, tanto para los hombres como para las mujeres,

    ... lo que encubre, sus discontinuidades y ambigüedades, su complejidad y sus carencias como formulación acerca del ser. Tras la pretendida naturalidad de una supuesta esencia masculina están las brechas entre las realidades subjetivas y los estereotipos culturales, las cuales se traducen en tensión, desencuentro, conflicto, vacío existencial y patología. Abordamos el revés de la masculinidad, entendido como su reverso y también como su fracaso.
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Cae por su propio peso

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en noviembre 17, 2011

Tiziano (1548) Sísifo

 Hay creencias que atribuyen a los hombres el ficticio privilegio de ser resistentes y hasta inmunes al sufrimiento. Las apariencias muestran que los varones no se quejan, pocas veces expresan tristeza, dolor o miedo, rara vez dan muestras de impotencia o indefensión. Si revisamos algunas estadísticas encontramos que, en comparación con las mujeres, los hombres acuden mucho menos a las consultas de salud mental o general, consumen menos psicofármacos, invierten menos tiempo y dinero en actividades orientadas al cambio o desarrollo personal.

Si atendemos sólo a esos datos podemos creer que estamos ante la mitad de la población humana que ha sido más exitosa en la lucha por la supervivencia, pero esa impresión se desvanece apenas reparamos en que la población masculina tiene una expectativa media de vida menor, que la incidencia de suicidios es mucho mayor en los hombres, que las muertes por violencia delincuencial y accidentes viales son predominantemente de hombres jóvenes, que el abuso de alcohol y consumo de drogas ilícitas está mucho más difundido entre los hombres que entre las mujeres.

Los varones viven menos, viven mal, se hacen daño a sí mismos y a los otros, pero la disciplina impone no chistar, no decir cosas que dejen entrever un malestar. La armadura pesa, incluso duele, pero no cabe la queja, sólo seguir adelante, no vaya a ser que se piense otra cosa.

Los hombres se hacen para ser rudos, insensibles y aguerridos. ¿Esto quiere decir que el sufrimiento es algo que queda excluido? La escucha de las vivencias de los hombres nos lleva a constatar que, tras la aparente invulnerabilidad, el sufrimiento sigue ahí.

Para vivir con eso muchos hombres exacerban los rasgos de dominio y control, pero junto con eso se produce una importante merma en los recursos subjetivos debida a la cantidad de inhibiciones que se requieren para no sentir, no llorar, no pedir auxilio. Un carácter fuerte, avasallante y hostil encubre una subjetividad empobrecida de recursos para vivir, relacionarse y disfrutar.

Los varones no son ajenos a sentimientos como el desamparo, la nostalgia, el aburrimiento o la frustración, pero frecuentemente se defienden se ellos volcándose a la acción en el trabajo, en la calle, en actividades competitivas, en conquistas sexuales o en experiencias intensas que involucran riesgo, violencia o ruptura de los límites.

Podemos reconocer también otra estrategia defensiva por medio de la cual la tristeza, el dolor o la angustia se reprimen de manera tal que quedan bloqueados, detenidos en el funcionamiento psíquico. Como resultado inmediato se produce un aparente éxito al apartar un sentimiento penoso. Pero lo rechazado sigue ahí inconsciente y retorna, lo que ha quedado estancado va a desbordar por otro lado, se convierte en penuria, se transforma en algo más dañino que se va a manifestar en el cuerpo, en las relaciones con los otros, en los hábitos del individuo, puede presentarse como enfermedad o como violencia dirigida hacia otros o hacia sí mismo.

Los malestares resultantes se integran en la vida como síntomas, es decir, sustitutos deformados de procesos psíquicos que han sido interrumpidos y forzados a mantenerse inconscientes. Así, los problemas manifiestos tienen sentidos inconscientes, son fuente de dificultades y a la vez manifestación de algo que busca ser atendido. Con frecuencia, los síntomas se incorporan como una modo de ser naturalizado por medio de racionalizaciones y falsas ganancias que se obtienen de ellos.

Tomar en cuenta estas maneras de vivir el sufrimiento nos puede ayudar a revisar muchas realidades cotidianas, pero también nos debe servir para reconsiderar las clasificaciones de los llamados “trastornos mentales”, por ejemplo el DSM IV1. Los criterios diagnósticos formulados por esos manuales estadísticos tienden a invisibilizar el malestar y los problemas en los varones, respondiendo al imaginario que asocia lo masculino con normalidad, éxito, control y autosuficiencia2. Tomemos por ejemplo el caso de la depresión: a primera vista parece que los hombres se deprimen mucho menos que las mujeres, en las estadísticas de salud mental los diagnósticos y tratamientos por depresión son mucho más frecuentes en las segundas que en los primeros. Hemos escuchado también a algún hombre decir “yo nunca me deprimo” o “yo no ando llorando ni quejándome”.

¿Se deprimen menos los hombres? Si es así, entonces ¿por qué se suicidan más que las mujeres? ¿Por qué hay tantos que buscan escape en las drogas? Lynch y Kilmartin3 han escrito sobre este asunto afirmando que el dolor se vive detrás de una máscara, que la depresión no es menos frecuente en los hombres, sino que está encubierta y se manifiesta con síntomas distintos a los de las mujeres. Cuando definen la depresión los manuales diagnósticos presentan un listado de síntomas tales como tristeza y llanto fácil, pérdida de motivación, enlentecimiento, pérdida de energía, sentimientos de inutilidad o de culpa. Tales síntomas describen por lo general a mujeres deprimidas, mientras que los hombres evitan tales expresiones emocionales porque están en conflicto con los ideales que rigen la masculinidad. Según esos patrones, llorar, quejarse, dudar de sí mismo, sentirse derrotado no son cosas de hombres.

La depresión masculina sustituye los sentimientos penosos por rabia, se expresa a través de acciones en lugar de emociones. A un hombre deprimido rara vez se le verá llorando, pero se le ve irritable, por nada reacciona agresivamente, se le ve siempre de mal humor, ensimismado, taciturno. Quienes viven en su entorno toman precauciones, cambian su comportamiento para evitar despertar sus reacciones. Cuando se le pregunta dice que nada le pasa o atribuye su malestar a causas externas o a la culpa de otros.

Desde nuestra perspectiva proponemos ver no sólo la máscara de la depresión sino también su revés, para así preguntarnos ¿qué lleva a un hombre a la depresión? Después de reconocer los síntomas hace falta que nos ocupemos de los procesos subjetivos que les han dado origen. Los sentimientos de desesperanza, indefensión, minusvalía o duelo pueden estar presentes en la vida de cualquier hombre, no son cosas de “mentes enfermas” como pudiera pensarse si nos quedamos sólo con la categorización psiquiátrica de los trastornos depresivos. En el fondo se trata de retomar el sufrimiento como realidad humana y los modos masculinos de soslayarlo.

Podemos así plantearnos reflexionar no sólo sobre un trastorno específico, sino sobre cuestiones más amplias como la manera en que se viven las pérdidas desde la masculinidad. También podemos revisar las vivencias que confrontan a los hombres con el fracaso, con el no alcanzar ciertos estándares de prestigio o potencia. Son todas experiencias que no encuentran voz para expresarse, carecen de palabras que permitan encontrar alivio en el otro, porque quien las vive está sujeto al imperativo de ser autosuficiente, activo, exitoso, dominante e invulnerable.

Dicha postura lleva a rechazar y reprimir todo lo que tenga que ver con dolor, tristeza, angustia, desamparo, de tal modo que no sólo se ve impedida la expresión de emociones sino también el reconocimiento de las mismas. Pero en el fondo todo eso no protege del sufrimiento, más bien queda estancado en el inconsciente y suele exteriorizarse a través de la violencia o la enfermedad física, también lleva a buscar evasiones en el alcohol, las drogas, las apuestas, los encuentros sexuales o el trabajo, las cuales se convierten en más fuentes de sufrimiento para el individuo y su entorno.

Más allá de los ideales masculinos, hay en la subjetividad inconsciente procesos y estructuras que dificultan en los varones la posibilidad de vivir con la pérdida, la carencia, lo incompleto, lo no logrado, el fracaso. En tal sentido podemos ubicar el papel del narcisismo asociado a ser varón, la angustia que surge ante la posibilidad de carecer de algún atributo fálico, la identificación con otro varón al que se le atribuyen las insignias del poder, el apego a figuras cuidadoras prestas siempre a reparar y rescatar. Como resultado, el varón acumula y carga con el peso de sistemas de defensa, construidos para protegerse de aspectos de su subjetividad que son percibidos como angustiantes peligros.

Los síntomas nos hablan del fracaso de esas defensas y de algo que quiere ser integrado a la existencia. Reconocerlos y preguntarse por su sentido inconsciente, abre el camino de un proceso de cura en el que se pueda prescindir de las represiones, reintegrar lo escindido, darle lugar en la realidad psíquica a lo que había sido rechazado, hacer surgir un sujeto partícipe comprometido con sus vivencias. Dejar caer algo que se sostiene titánicamente, que aporta una aparente comodidad pero llena de pesadumbre la existencia.

  

NOTAS

 1.- American Psychiatric Association (2002). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Barcelona: Masson

 2.- Bonino, L. (2000) Varones, género y salud mental: deconstruyendo la “normalidad” masculina. En Segarra, M. y Carabí, A. (eds) Nuevas masculinidades (Pp. 41-64). Barcelona: Icaria.

3.- Linch, J. y Kilmartin, Ch.(1999): The pain behind the mask: overcoming masculine depression. New York: Haworth Press, Inc.

6 comentarios to “Cae por su propio peso”

  1. Maricela said

    Excelente!! gracias por compartir tu conocimiento y experiencia a traves de estos medios.
    Saludos

  2. Ricardo Augman said

    Es una propuesta muy noble e interesante: quitarse la máscara, desenmascrarse y soltar el temor a la incompletud.
    Un gusto este reencuentro!
    Un fuerte abrazo,
    Ricardo Augman

  3. Horacio said

    El gran problema es que al hombre no se le enseña a conectarse con sus pensamientos y sentimientos ya que esto es sintoma de debilidad o de personas raras, excelente post, y bueno tengo que reconocer que yo acudo a la ira y la furia para poder sentirme menos depresivo. Pasa muy poco pero me pasa y cuando pasa, pasa.

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