Revés de la masculinidad

Una aproximación psicoanalítica a la construcción subjetiva de lo masculino

  • La construcción subjetiva de lo masculino, tanto para los hombres como para las mujeres,

    ... lo que encubre, sus discontinuidades y ambigüedades, su complejidad y sus carencias como formulación acerca del ser. Tras la pretendida naturalidad de una supuesta esencia masculina están las brechas entre las realidades subjetivas y los estereotipos culturales, las cuales se traducen en tensión, desencuentro, conflicto, vacío existencial y patología. Abordamos el revés de la masculinidad, entendido como su reverso y también como su fracaso.
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Archive for 14 marzo 2012

Eso que se ve tan natural

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en marzo 14, 2012

 Cuando se habla de las dolencias en la sexualidad masculina surgen de entrada las disfunciones en la erección, la eyaculación o el orgasmo, así como las técnicas, fármacos o aparatos para recuperar el uso de la función sexual. Esto es parte de una concepción que confunde la sexualidad con el funcionamiento del órgano genital y ve a los hombres como poseedores un instinto sexual incontenible, que los lleva a estar siempre dispuestos para el coito. Se vive lo sexual como la satisfacción de necesidades fisiológicas supuestamente mayores en los seres masculinos, se reduce la sexualidad a lo genital, se sobrevalora el órgano sexual como punto de partida, medio y fin, todo comienza y todo termina en el uso del pene.

Nos adentramos en un territorio donde se asume que el varón es rey, se mueve a sus anchas, está en lo suyo, lo que más le gusta y domina. Una cobertura de libertad, éxito y facilidad para el placer constituye la cara pública de la sexualidad masculina. Pero bajo esa cubierta están todas esas vivencias que no se cuentan a los amigos, las realidades silenciadas porque “¡qué pasaría si se enteran!” Son las vivencias de los hombres que no se sienten libres o que no sienten placer con lo que parece gustarle a los otros, los que saben que no están siempre listos y que no siempre tienen ganas, las vivencias de aquellos a los que no les va bien con las mujeres, los que no logran tener una pareja estable aunque la quieren, los que han sufrido traumas, las vivencias de los adolescentes que se lanzan a la aventura entre el temor a lo desconocido y el mandato de demostrar virilidad.

Una realidad patente, pero de la que poco se habla es el éxito comercial que tienen los fármacos para inducir la erección. ¿Es tan frecuente la disfunción eréctil? ¿Tantos son los hombres que la padecen? Si respondemos afirmativamente debemos pensar que los reyes de la fiesta no la están pasando tan bien como parece. Pero aquí hace falta ver más allá del problema mecánico y plantear que tras este consumo se esconden inseguridades acerca del deseo o el desempeño sexual, angustias por probar la virilidad a través del ejercicio del coito y la potencia del órgano.

Muchos hombres se ven inmersos en una sexualidad en la cual la compulsión sustituye al ejercicio del deseo a través del consumo de prostitución, pornografía, drogas para estar a tono y encuentros ocasionales. La angustia por probar la potencia viril puede llevar a una búsqueda compulsiva de encuentros sexuales que no aportan mayor satisfacción, dejan más bien secuelas de insatisfacción y sentimientos de vacío. Sin embargo, esto está muy difundido, se asume como normal, como algo propio y natural de la masculinidad.

Lo que parece exitoso encubre fracasos, muchas prácticas que se asumen como lo normal son fuente de malestar, lo que se sale de lo común y hegemónico se ve como algo raro, desviado, que no marcha bien. Encontramos ejemplo de esto en los prejuicios por los cuales cuando se trata de hombres homosexuales, se buscan anomalías en su sexualidad, se pone en cuestión qué les pasó para que sean así, pero cuando se trata de heterosexuales se ignoran los aspectos de su vida sexual que involucran riesgo, insatisfacción, daño a sí mismo o a otros.

Hace falta reconocer las dolencias presentes en las prácticas sexuales más frecuentes de los varones, las cuales no son conductas naturales, tampoco simple aprendizaje de patrones, son resultado de procesos inconscientes en los que la subjetividad individual se apropia y le da contenido a los referentes culturales, procesos que  implican rechazo y soslayo de aspectos de la sexualidad que no concuerdan con ciertos ideales. Si vamos más allá de lo aparente y atendemos al sentido inconsciente, veremos que muchas prácticas naturalizadas tienen el carácter de síntomas1, es decir son expresión de asuntos inconscientes, sustitutos de procesos subjetivos bloqueados, conflictos latentes y procesos de defensa.

La reducción de la sexualidad masculina a lo genital es un resultado sintomático de conflictos y defensas ante las emociones que despiertan los vínculos, la otredad de lo femenino, la intersubjetividad y la diversidad. Aunque se ha asumido como lo natural, en el fondo la genitalización es un síntoma de posiciones subjetivas aferradas ansiosamente a una reafirmación fálica que obstaculiza el acceso a la actividad sexual como intersubjetividad, favorece el rechazo de la diversidad y el repudio de todo goce no regido por el órgano sexual masculino. Bajo la primacía del falo la actividad sexual se vuelve carrera por alcanzar resultados, el cuerpo instrumento, la pareja cosa, el sexo un consumo. La supuesta sexualidad desinhibida, libre e incontenible esconde un empobrecimiento de la capacidad para el disfrute y una restricción de la vida emocional.

La significación otorgada al falo no está dada por la naturaleza, ni por la función del órgano sexual masculino, es resultado de una atribución simbólica. El órgano genital se usa como significante para representar el poder del varón en las relaciones entre géneros y los privilegios en el acceso al goce sexual vinculados culturalmente a la masculinidad. Adquiere ese valor simbólico de lo que se transmite en el lenguaje, así como de experiencias y prácticas cotidianas. Por ejemplo, en los cuidados que reciben los bebés es notorio el trato diferencial dado a los órganos sexuales, los penes y testículos son objeto de expresiones admirativas y manipulaciones juguetonas, mientras que las vulvas de las bebés ni se nombran y mucho menos se andan tocando. Desde muy temprano el falo es colocado como referente privilegiado de la sexualidad, metáfora del poder y el goce, no tenerlo sería terrible, la valoración que recibe es proporcional a la angustia de perderlo o no poder demostrar tenerlo.

La actividad sexual sigue siendo objeto de una doble moral en nuestro contexto social. Para los hombres tener relaciones sexuales es algo permitido, aplaudido y esperado. Para las mujeres tener relaciones sexuales sin estar casadas bordea lo ilícito, aquellas que acumulan experiencias sexuales o buscan el sexo por placer son objeto de juicios negativos. En los hombres ocurre lo contrario, se espera que tengan experiencia y que se inicien sexualmente, quienes no cumplen con esta condición son objeto de sospecha y señalados como raros, poco hombres o afeminados. El aparente privilegio de una sexualidad sin prohibiciones oculta el mandato de tener relaciones sexuales para demostrar virilidad ante la familia, los amigos, las mujeres. Cuando pueden atreverse a contar cómo fue su primera vez, la gran mayoría de los hombres narra historias de iniciación sexual que definen como traumáticas, terribles o desagradables, en las que se sintieron bajo presión y con temores a la reprobación en caso de no salir airosos de la empresa.

Podemos entender ahora que el supuesto instinto sexual insaciable de los hombres no es sólo un mito, es también un síntoma, una formación del inconsciente que resulta de los conflictos y angustias que surgen de una práctica sexual vivida entre mandatos sociales y amenazas de sanción humillante. Es un síntoma que dice a la vez una verdad encubierta: algo ajeno al sujeto decide por él.

Si vamos al ámbito de las relaciones de pareja, encontramos muchos hombres que las viven produciendo una escisión del vínculo sexual, separan el goce y el amor convirtiéndolos en términos mutuamente excluyentes. Oscilan entonces entre dos tipos de relación, por un lado tienen las que privilegian el goce sexual con parejas a las que atribuyen algún rasgo que las degrada y las hace indignas de amor, por otro lado tienen las relaciones donde declaran amor por sus parejas pero las consideran insuficientes en cuanto al goce sexual. Con la que aman no encuentran tanto goce y con la que gozan no logran sentir amor. Esta escisión inconsciente se repite de manera inadvertida y se vincula con otros síntomas como la infidelidad compulsiva, en la cual son recurrentes las relaciones paralelas que el hombre busca, justifica e incluso ejerce el poder para imponer que la pareja las tolere. En el trasfondo de esta escisión de la vida erótica se encuentra una posición inconsciente en la que se dificultan los vínculos con las mujeres porque el sujeto se debate entre dos imágenes, por un lado la madre, ser idealizado que procura cuidados y por el otro un objeto de conquista devaluado moralmente que remite a la mujer fácil o la prostituta.

Nos hemos adentrado en un territorio protegido por tabúes, revisamos vivencias subjetivas de la sexualidad encubiertas por un manto de silencio, negadas por el temor al qué dirán. Cuando los hombres pueden hablar acerca de sus vivencias de la sexualidad sienten alivio porque sueltan la tensión que produce sostener las imposturas fálicas, dejan fluir pensamientos y emociones bloqueadas y encuentran la posibilidad de abrirse a otras visiones, dar cabida a otras experiencias, concebir otras maneras de vincularse, apropiarse de su deseo y decidir por sí mismos.

NOTA

1.- No hablamos aquí del síntoma en su sentido médico como fenómeno que indica la presencia de una enfermedad, sino como un fenómeno subjetivo producto de procesos inconscientes, que expresa un conflicto psíquico, es sustituto de procesos psíquicos que no logran hacerse conscientes.

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