Revés de la masculinidad

Una aproximación psicoanalítica a la construcción subjetiva de lo masculino

  • La construcción subjetiva de lo masculino, tanto para los hombres como para las mujeres,

    ... lo que encubre, sus discontinuidades y ambigüedades, su complejidad y sus carencias como formulación acerca del ser. Tras la pretendida naturalidad de una supuesta esencia masculina están las brechas entre las realidades subjetivas y los estereotipos culturales, las cuales se traducen en tensión, desencuentro, conflicto, vacío existencial y patología. Abordamos el revés de la masculinidad, entendido como su reverso y también como su fracaso.
  • Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.

    Únete a otros 376 seguidores

Archive for 24 abril 2012

Cosas que imaginan los poderosos

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en abril 24, 2012

Los celos pueden estar presentes en las relaciones humanas, quien los siente desconfía, vigila, teme ser privado por otro de la posesión sobre un afecto o bien. En el contexto de las relaciones de pareja pueden convertirse en algo recurrente, obsesivo o incluso delirante. Se vuelven problema, sufrimiento y daño para la persona que es objeto de persecución, acusaciones y agresiones por supuestas infidelidades cometidas.

Mujeres y hombres pueden sentir celos, pero hay un trato diferencial que se le da al asunto de acuerdo al género de la persona celosa. Cuando es una mujer que cela a un hombre, suele desaprobarse su conducta como inadecuada y se le tilda de mala, loca, histérica o cuaima. Pero cuando es un hombre el celoso, lo más probable es que ocurra algo distinto, se le considera alguien de carácter fuerte que cuida lo suyo, que se está haciendo respetar como hombre ante conductas inadecuadas de su mujer. Ésta comienza a recriminarse, a elucubrar qué es lo que está haciendo mal, se impone restricciones en sus relaciones sociales o familiares. Tolera la situación a pesar del absurdo porque alberga la creencia de que tantos celos son signos de la intensidad del amor que le profesan, si tanto la cela es porque mucho la ama.

Como resultado se aceptan una serie de prácticas dañinas hacia a la pareja, haciendo invisible la violencia implicada en ellas. Se ve como algo muy natural que un hombre se enfurezca acusando de infidelidad a “sumujer”, se asume que su conducta responde al legítimo derecho de defender lo suyo y expresar una pasión respetable. La obsesión posesiva se esconde detrás del uso de la violencia, la pareja es objeto de amenazas, acoso, insultos, restricción de su libertad o agresiones físicas que pueden llegar al feminicidio. Lo que constituye una perturbación del pensamiento y las emociones, un síntoma de angustia, es asimilado al yo como una manera de ser de la que obtiene beneficios, que define su carácter de hombre de respeto. Esto ocurre en el marco de la desigualdad en las relaciones de poder entre hombres y mujeres.

En el artículo “Eso que se ve tan natural” hablamos de como la primacía otorgada al falo implica una posición de poder con respecto a la actividad sexual. Consideremos ahora la incidencia del poder en los vínculos sexuales masculinos, los significados atribuidos a la pareja y la relación que con ella se establece. Hay formaciones sintomáticas asumidas como comportamientos normales que encubren usos del poder y un mal trato implícito que se le imponen a la pareja desde una posición de hegemonía. En el caso de los celos, lo que tiene carácter de síntoma no es el sentimiento, sino el conjunto de prácticas que a su alrededor se tejen.

Desde esa perspectiva revisemos cómo son concebidas las mujeres en las subjetividades masculinas. Para quienes responden al mandato de demostrar potencia sexual, las mujeres son objetos de conquista, trofeos de colección. Además de esa, existen otras visiones que cosifican a las mujeres, las degradan y las conciben como objetos de apropiación y dominio.

Una forma de cosificación es la que reduce las mujeres a la condición de objeto parcial, fragmentos corporales que despiertan atracción, la mujer es vista como portadora de atributos físicos valorados como fetiches sexuales. Una versión extrema pero muy difundida de esta cosificación, se expresa en la denominación “culos” con la que muchos hombres se refieren en Venezuela a las mujeres de sus aventuras sexuales. Así se pueden escuchar cosas como “ayer salimos con unos culos”, “nos encontramos unos culos en la rumba”, “vamos a buscar unos culos”, “ando con un culo en la camioneta”.

Lo anterior corresponde a la imagen de una mujer fácil de baja condición, pero la cosificación tiene otra vertiente asociada a una imagen de mujer aparentemente idealizada: la figura materna. Muchos son los hombres que no ven en su pareja más que una madre, la que cuida a sus hijos y los cuida a ellos. Aquí se trata de una mujer valorada como objeto de dominio y servicio de acuerdo a los roles de género, la que hace lo que le toca, cuida y atiende las necesidades del hombre. Podemos verla en aquellos vínculos de pareja en los cuales el afecto está condicionado a que la mujer se someta y subordine al hombre. Una fantasía muy popular reúne un poco de todas las imágenes anteriores: una mujer perfecta salida de una botella sin otra voluntad que la de complacer todos los deseos de su hombre.

Tales formas de concebir a las mujeres se convierten en barreras para llegar a relacionarse con ellas, las mujeres reales quedan para muchos hombres como un continente desconocido y misterioso al que no logran aproximarse. En lo inconsciente se mantienen apegados a una visión de la feminidad como algo inferior, incompleto, que carece de lo que tiene un hombre, y a la vez como algo oscuro, amenazante que toca aspectos reprimidos de la propia subjetividad. El vínculo con las mujeres se ve afectado por un rechazo inconsciente a la feminidad en el que se mezclan el desprecio y la angustia. El ejercicio del poder se presta para encubrir esa dificultad, crea una ilusión de dominio autosuficiente que defiende de la angustia.

El manejo del poder crea barreras para la relación de pareja en quienes asumen que ser hombre implica ejercer dominio sobre las mujeres, ya que eso les produce dificultades para la negociación, la solidaridad, la aceptación de diferencias que requiere el vínculo amoroso. Les cuesta ver a la pareja como una persona que siente, piensa y desea por sí misma. En otros casos vemos hombres cuya dificultad es mantener un compromiso amoroso, porque en el inconsciente lo viven como amenaza a una posición de control sobre la pareja y sobre las propias emociones. El sujeto se encuentra atrapado en un conflicto entre el poder y el amor al que percibe como vulnerabilidad, esto puede llevar a algunos a obsesionarse con la posesión y la anulación de la pareja como prácticas de poder que soslayan la dimensión del deseo y la del amor.

El uso naturalizado del poder contra las mujeres está en la base de la violencia masculina en la pareja. En ella el rechazo a la feminidad llega al extremo de la destrucción física y psicológica de la mujer. Es común interrogar y sospechar patologías en las mujeres que denuncian la violencia de sus parejas, así como también omitir las preguntas acerca de la subjetividad de los agresores, de las posiciones subjetivas que los hace proclives a repetir compulsivamente patrones de violencia.

Un lugar común muy difundido es el que define la violencia masculina como un problema en el manejo de la ira. Los maltratadores son los principales partidarios de este punto de vista ya que concuerda con excusas tales como “fue un impulso”, “lo que pasa es que ella me hace perder el control” o “no sé cómo pudo pasar”. Si nos quedamos sólo con ese lado del asunto caemos en el engaño simplista de “resolver” el problema ayudando al agresor a controlar su ira con mensajes por el estilo de “toma una pausa, deja que la ira pase, qué sencillo es no pegarle a tu mujer”.

La ira no es la causa del problema sino una expresión más del mismo, es necesario plantearse de dónde sale, por qué se considera normal sentirla hacia la pareja, qué tensión interna es la que emerge a través de ella pero se encubre con agresión. El maltratador suele culpabilizar a la pareja percibiéndola como fuente de amenazas de las que tiene que defenderse con violencia. Esto es por una parte una racionalización sustentada en el uso del poder contra la mujer, pero en muchos casos es también resultado de procesos defensivos: se usa el ataque a la pareja para encubrir y evadir un asunto inconsciente del propio sujeto. Por medio del ejercicio del poder, se somete a la mujer a la violencia para acallar un conflicto psíquico angustiante y rechazado.

La violencia de los hombres que maltratan a sus parejas no es un evento aislado, es un síntoma en el cual se tejen referentes de la cultura con los procesos inconscientes, en el que se encubren las contradicciones, tropiezos y malestares de quienes viven aferrados a la hegemonía en el poder. El ejercicio naturalizado de la violencia aporta una ficticia ganancia de seguridad, control y dominio pero bajo esa superficie están los elevados costos que pagan los mismos que la ejercen. Van en esa cuenta la pérdida de vínculos personales, el deterioro de la salud física, la angustia sin salida, la sombría depresión, la soledad y el vacío existencial.

Anuncios

Posted in Género, Masculinidad, Psicoanálisis, Relaciones de poder, Salud, Sexualidad, Violencia | Etiquetado: , | 17 Comments »