Revés de la masculinidad

Una aproximación psicoanalítica a la construcción subjetiva de lo masculino

  • La construcción subjetiva de lo masculino, tanto para los hombres como para las mujeres,

    ... lo que encubre, sus discontinuidades y ambigüedades, su complejidad y sus carencias como formulación acerca del ser. Tras la pretendida naturalidad de una supuesta esencia masculina están las brechas entre las realidades subjetivas y los estereotipos culturales, las cuales se traducen en tensión, desencuentro, conflicto, vacío existencial y patología. Abordamos el revés de la masculinidad, entendido como su reverso y también como su fracaso.
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Archive for 29 mayo 2012

Gratitud por nuestro primer año

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en mayo 29, 2012

Se cumple hoy un año desde que comenzamos a publicar en este espacio dedicado a la construcción subjetiva de lo masculino desde una aproximación psicoanalítica. Hace un año apareció el artículo Padecer en estridente silencio. En estos doce meses el Revés de la masculinidad ha tenido un crecimiento sostenido en cuanto a número de lectores, contenidos y conexiones.

Hasta la presente fecha este blog registra más de diez mil visitas provenientes de 41 países en las Américas, Europa, África, Asia y Oceanía. Más de cien personas se han suscrito por correo electrónico. Esto supera nuestras expectativas iniciales, pero también nos muestra que estamos abordando temas de importancia para la vida de muchas personas. Eso nos compromete aún más en el propósito de hacer de este un espacio para reflexionar sobre la masculinidad de manera sistemática y sostenida en el tiempo.

Junto con esta entrada estamos publicando la actualización de las páginas “Lo que se trata en este sitio” y “El psicoanálisis hoy”.

Es momento de expresar nuestro agradecimiento a quienes nos acompañan con su lectura, a las personas que han aportado sus comentarios sobre los artículos publicados y, muy especialmente, a todas aquellas personas que han contribuido generosamente a difundir la existencia de este espacio.

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Atreverse a salir de la fila

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en mayo 22, 2012

Los héroes son todos jóvenes y bellos1, son siempre iguales a sí mismos, nunca cambian. Los héroes son una imagen congelada, bien sea que hablemos de los súper héroes de los cómics, de los guerreros homéricos o de los próceres de la nacionalidad. Aquiles murió joven, tenía otra opción lo sabía, pero eligió alcanzar la gloria en batalla. En la imagen de Bolívar no tiene cabida el deterioro que sufre el cuerpo de un hombre expuesto por casi veinte años a la intemperie de la guerra. Ésta no embellece a nadie, pero la pintan distinto en los relatos épicos, en los cuadros o en las películas.

Los héroes no cambian y una manera de realizar ese designio es con una muerte temprana. A ese dudoso honor de hombres armados sacrifican su vida muchos jóvenes que culminan con la muerte una breve carrera delincuencial.

Los héroes son solteros, libres, no atienden bebés, no necesitan cuidados porque flaquea la salud, no sufren, no tienen ninguna vivencia que los baje del pedestal en el que han sido encumbrados. Son una imagen fija, refractaria al cambio y al devenir.

En las sociedades de hace cien años, cuando la expectativa media de vida apenas llegaba a los 40 años, tal vez se notaban menos los cambios a lo largo del ciclo vital, pero hoy cuando esa expectativa se ha duplicado, tenemos la vida real en la que los hombres pasan por varios lugares de trabajo, éxitos, fracasos, uniones, separaciones, pérdidas, diferentes relaciones, pertenencia a varios núcleos familiares, variaciones en su respuesta sexual, emocional, en su salud o en sus motivaciones para vivir.

Pero la masculinidad construida sobre la base de la imagen de privilegio, superioridad y omnipotencia, se impone como muralla imaginaria contra el devenir, la transformación y el paso del tiempo. Cuando se cree haber alcanzado una manera de ser todounhombre, cualquier cambio en el guión parece una amenaza. Así tenemos hombres que viven la paternidad como una pérdida, otros que les espanta no estar disponibles para cualquier mujer si le son fieles a una, aquellos que se derrumban cuando una alteración de su situación laboral les hace sentir que no son proveedores o los que se aferran a conductas de reafirmación viril porque no quieren reconocer que envejecen. La vida da oportunidades para captar que las cosas no ocurren de acuerdo al guión señalado, sin embargo muchas subjetividades masculinas alzan defensas que impiden aprovechar esas oportunidades.

Las tribulaciones, peripecias y derrotas del caballero de la triste figura pueden ayudarnos a ver las implicaciones de usar vestiduras anacrónicas para hacerse hombre. Una construcción fantaseada en la cual el sujeto asume cabalgaduras, trajes y comportamientos que remiten a un pasado idealizado. Se usa ese pasado para legitimar la masculinidad emulando figuras de la historia familiar o social. ¿Hombres? Los de antes, esos sí eran, toca entonces parecerse o acercarse a ellos.

Cuando la vida se encuentra regida por el imperativo de mantenerse idéntico a un ideal de masculinidad, se experimentan grandes dificultades para emprender o aceptar cambios. Se vive así apegado a un  tiempo lineal, el futuro se ve como la prolongación de un instante actual definido por una imagen pretérita. Ese tiempo psíquico estático entra en conflicto con el devenir, los ciclos y el cambio incesante de la vida real, impide encontrar formas de vivir con menos malestar y más satisfacción.

Una masculinidad basada en la potencia fálica, el ejercicio del poder y la identificación a ideales de superioridad, supone el rechazo de aquellos aspectos de la subjetividad que entran en contradicción con esos referentes. Pero lo que fue rechazado en el sujeto sigue ahí, sigue siendo parte de él. Esto se puede convertir en una presencia inquietante, una fuente de conflictos, procesos defensivos y formación de sustitutos que hacen daño, pero se aprende a vivir con eso, a considerarlo natural e incluso a obtener ganancias de ello. El sujeto queda detenido en un tiempo pasado, convierte en algo fijo y naturalizado la solución fallida que se le dio a un asunto en un momento temprano de la vida. Aunque hayan caducado las condiciones que les dieron origen, los síntomas se mantienen en el tiempo sin modificarse.

Tal modo de vida es exitoso sólo en apariencia, en realidad pasa por crisis que pueden presentarse como ataques de pánico, episodios de violencia, accidentes por conductas riesgosas, consumo de drogas, ruptura de vínculos interpersonales o deterioro de la salud física. El individuo atribuye a la fatalidad o la mala fortuna las consecuencias de procesos que lo involucran pero desconoce, el cuerpo o los eventos externos hacen patente un malestar psíquico no reconocido.

Adentrarse en los procesos subjetivos abre caminos para el cambio, ayuda a superar la inmovilidad y la repetición compulsiva. Hay otras opciones, es posible el movimiento hacia nuevas realidades subjetivas si abandonamos la creencia de que los hombres son básicos y simples por naturaleza. También si tenemos en cuenta que lo masculino no se hace sólo aprendiendo conductas dadas por el entorno, decir que las subjetividades masculinas se conforman alrededor de las creencias y mandatos de un modelo hegemónico es sólo una parte del asunto. La subjetividad individual reproduce ese modelo, pero es mucho más que eso, abarca realidades inconscientes que perviven en el sujeto a pesar de estar en contradicción con los mandatos asumidos.

No todos los hombres definen su subjetividad por los patrones hegemónicos de masculinidad, no todo en las subjetividades masculinas responde a esos patrones. En ese no todo estriba una oportunidad de hacer la diferencia. Cada hombre tiene la opción de reconocer en su historia lo que ha marcado su masculinidad, de reconocerse como sujeto de los procesos inconscientes que la han conformado. Esto abre la posibilidad de concebir otras opciones válidas para cada uno y hacer elecciones en base a las mismas. Abre la posibilidad del cambio hacia otras maneras de vivir la masculinidad sin ataduras al ejercicio del poder, el privilegio o la violencia.

Poco hacemos con cambios culturales o políticos si todo sigue igual en la subjetividad. Tampoco nos ayudan las visiones moralistas o voluntaristas que conciben el cambio como la imposición de un deber ser, un ideal de ser mejores hombres que termina siendo sólo apariencia porque soslaya lo que ocurre en la realidad del sujeto. Los cambios impuestos sólo producen obediencia aparente y resistencia encubierta. Postular una masculinidad que sustituya la anterior, un hombre nuevo del siglo XXI, no sería más que actualizar el modelo hegemónico vigente y tendría implicaciones autoritarias.

Un cambio sería lograr trascender el asunto de ser o no ser hombre como referente central en la construcción de la subjetividad. Preguntarse por qué importa tanto ese asunto. En lugar de seguir preguntándose acerca de cómo ser más o mejor hombre,  llegar a plantear ¿cómo lograr que hacerse hombre deje de ser obstáculo al movimiento en la subjetividad?

Podemos también cuestionar la idea de la masculinidad como referente unitario, no vemos el cambio como la sustitución de un patrón hegemónico por otro. Tampoco buscamos héroes, de esos ya hemos tenido bastantes. Hace falta superar la unidimensionalidad, el pensamiento único, la identidad disciplinada y uniformada, para que no haya una sola forma de ser hombre, sino todas las posibles. Que tenga legitimidad la diferencia, la particularidad de cada uno en su manera de vivir y darle sentido a lo masculino, que todas esas posibilidades las vivan muchos individuos, pero que también puedan ser opciones para un mismo individuo en los diferentes lugares y momentos de su vida.

Fluir por diferentes experiencias y roles, en la calle, en el trabajo, pero también en la crianza de los hijos o en labores domésticas. Ser atendido y cuidado, pero también ser capaz de atender, cuidar a otros y sentir satisfacción en ello. Enterarse y experimentar que además de la ira existe un amplio espectro de emociones que se pueden sentir, nombrar, expresar y tomarlas como referente para la vida de todos los días. Atreverse a usar la empatía para ver al mundo y a sí mismo también desde un punto de vista femenino.

 

Nota

1.- “Gli eroi son tutti giovani e belli”, verso de la canción de Francesco Guccini La locomotiva

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