Revés de la masculinidad

Una aproximación psicoanalítica a la construcción subjetiva de lo masculino

  • La construcción subjetiva de lo masculino, tanto para los hombres como para las mujeres,

    ... lo que encubre, sus discontinuidades y ambigüedades, su complejidad y sus carencias como formulación acerca del ser. Tras la pretendida naturalidad de una supuesta esencia masculina están las brechas entre las realidades subjetivas y los estereotipos culturales, las cuales se traducen en tensión, desencuentro, conflicto, vacío existencial y patología. Abordamos el revés de la masculinidad, entendido como su reverso y también como su fracaso.
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Para ser parte de una travesía

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en agosto 5, 2015

Decir que hay al menos un caso en el que elegiríamos actuar con violencia, no niega el principio de la no violencia, lo que hace es mostrarnos la importancia de nuestro juicio ético y el deber de revisar cómo nos ubicamos en la realidad en que vivimos.

Nos hace falta revisar y cuestionar todo el sistema de ilusiones, creencias y racionalizaciones que nos llevan a pretender que aunque la violencia es mala, y la de otros peor, la mía es buena y necesaria para alcanzar fines nobles. Hay mucha gente por ahí que denuncia y ataca la violencia de otros pero desconoce, oculta y niega la propia violencia o la de aquellos con los que comparte una creencia, ideal, religión o partido. La masculinidad para muchos se construye con un especial apego a sistemas de ilusiones que legitiman la violencia.

La ética es ese terreno de la libertad en el que evaluamos los móviles, los medios, los fines y las consecuencias de nuestras acciones para elegir entre la violencia y las infinitas opciones que se abren si renunciamos a ella. Frecuentemente esa libertad está coartada por códigos morales que imponen la violencia como ley en situaciones prescritas por una autoridad (Dios, el líder, el partido, papá, los panas, la patria, entre otras) y contra seres definidos como merecedores de castigo o aniquilación. Códigos de este tipo los hay en Occidente y Oriente, forman parte de religiones, ideologías políticas, grupos e instituciones que nos ofrecen salvarnos del mal. Asumen un supuesto fatalista que en el fondo es muy cómodo, con el que pretenden saber ya de antemano cuáles son esos casos en los que se debe ser violento, basándose en la palabra divina, en que “siempre ha sido así”, en la revelación, en tener la razón o en la creencia de ser guardianes del bien. Con códigos morales se justifican cosas que van desde la nalgada a tiempo en la crianza o el golpe oportuno a la mujer indócil, hasta el exterminio de masivo de seres humanos y la destrucción sistemática de la naturaleza.

Aceptar que la violencia sería una opción posible es muy distinto de sostener religiosamente la premisa de que la violencia es necesaria. Rechazar esa premisa no es caer en la pasividad o la resignación. Generalmente reaccionamos a la violencia con conductas que sólo contribuyen a reproducirla, hacemos daño en respuesta al daño que nos han hecho. Pero lo que aparentemente nos ayuda a sobrevivir nos hunde más en lo que nos destruye. En estos casos no estamos logrando acciones que realmente cambien las cosas, debemos ir al fondo de la interdependencia que produce la violencia. Se requiere fuerza, pero no la del individuo aislado, sino la de una colectividad organizada para desmontar la violencia desde los procesos estructurales y culturales que la producen. Desde nuestro limitado punto de vista solemos atarnos a fatalidades que nosotros mismos construimos. Nos sentimos obligados a responder a circunstancias que se nos han impuesto y nos dejan sin alternativa, sin percibir que somos partícipes inconscientes de la producción de esas circunstancias.

Nuestras prácticas cotidianas  pueden orientarse hacia una apertura de horizontes, un vaciamiento de ideas preconcebidas y un desarme mental que llevan a trascender los modos convencionales de estar en la realidad, comprender las causas del sufrimiento y contribuir a su superación.

Aquí concluyen la reflexiones suscitadas por la pregunta de Gabriel Padilla, que he venido compartiendo en Sin miedo a elegir y en Otra vía de acción. Como dije al comienzo, son propuestas para ahondar la comprensión, una invitación a continuar el diálogo y realizar una travesía.

Twelve wiews of landscape. Xia Gui (1180-1230)

 

4 comentarios to “Para ser parte de una travesía”

  1. Violeta Estrada said

    Gracias. Recibido.Saludos.

    Date: Thu, 6 Aug 2015 00:28:24 +0000 To: vestrati@hotmail.com

  2. nacibe said

    Se requiere fuerza, pero no la del individuo aislado, sino la de una colectividad organizada para desmontar la violencia desde los procesos estructurales y culturales que la producen.
    Esta opción que inicia con la negación de la opción individual para colocarme como miembro de un colectivo, implica acaso la elección de la organización preexistente cuyo objeto expreso sea la renuncia a la violencia en la solución de los conflictos sociales?

    • Tu pregunta nos lleva del plano de la ética a la política. No sé a qué te refieres con organización preexistente. Me parece que se trata más bien de pensar formas de organización nuevas que, desde su mismo funcionamiento, promuevan la solución no violenta de los conflictos sociales. Pienso que esas soluciones deben ser el resultado de transformaciones sociales y culturales y no meramente “salidas” o “acuerdos” entre castas partidistas. Gracias Nacibe por tu aporte a estas reflexiones.

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