Revés de la masculinidad

Una aproximación psicoanalítica a la construcción subjetiva de lo masculino

  • La construcción subjetiva de lo masculino, tanto para los hombres como para las mujeres,

    ... lo que encubre, sus discontinuidades y ambigüedades, su complejidad y sus carencias como formulación acerca del ser. Tras la pretendida naturalidad de una supuesta esencia masculina están las brechas entre las realidades subjetivas y los estereotipos culturales, las cuales se traducen en tensión, desencuentro, conflicto, vacío existencial y patología. Abordamos el revés de la masculinidad, entendido como su reverso y también como su fracaso.
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Archive for the ‘Salud’ Category

En el tejido de la violencia

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en junio 29, 2015

Reticulárea. Gego 1969

Reticulárea. Gego 1969

La violencia se ha vuelto cotidiana y se ha convertido en motivo de sufrimiento en todos los ámbitos de la sociedad venezolana. La comprensión de tal realidad y la propuesta de salidas requieren que tengamos en cuenta sus vinculaciones a la construcción de la masculinidad. Como agresores y también como víctimas, los varones son protagonistas de graves problemas sociales y de salud pública asociados a hechos violentos.

La violencia no existe por sí sola ni se reduce a un conjunto de hechos visibles, es un tejido de estructuras, procesos y prácticas, una amplia red de interdependencias que involucra vínculos sociales y subjetividades. No hay ningún factor al que por sí solo se le pueda atribuir la causa de la violencia. Ésta, al igual que otras realidades humanas, es resultado de una combinación de factores predisponentes y desencadenantes anudados en posiciones subjetivas. La violencia es una realidad que responde a múltiples causas, debemos abordar su complejidad desde múltiples perspectivas y con múltiples conocimientos.

Bajo estas premisas les propongo aproximarnos a las relaciones entre la violencia y la construcción de la masculinidad. No les planteo una relación causal que excluye otras, pero sí tener presente que la ligadura entre masculinidad y violencia no es circunstancial ni se reduce al papel protagónico de los hombres en los hechos violentos. La construcción social y subjetiva de la masculinidad incide en la producción de la violencia a través de procesos que se encuentran naturalizados, legitimados e invisibilizados. Esta visión no nos dará una explicación final de la violencia,  pero es una perspectiva necesaria de la que no debemos prescindir en el análisis de cualquiera de sus formas.

Podemos plantearnos el análisis de la violencia y el ejercicio del poder como parte de la construcción de la masculinidad dentro del modelo cultural hegemónico en nuestra sociedad. Muchas de las acciones en respuesta a la violencia soslayan esto e incluso legitiman valores y prácticas que la promueven como un modo de vida para reafirmar imposturas de virilidad. El asunto nos interesa más allá del contexto clínico, tiene relevancia en la acción de docentes, comunicadores, profesionales de la salud, líderes de comunidades religiosas y organizaciones políticas, madres y padres. Tenemos que resignificar la violencia a partir de sus vínculos con la construcción de lo masculino, sea que nos ocupemos de violencia intrafamiliar, de pareja, escolar, laboral, policial, delincuencial, carcelaria, bélica o política.

RVEM 43Las líneas anteriores son extractos del artículo El tejido de la violencia en el revés de la masculinidad publicado a finales de 2014 por la Revista Venezolana de Estudios de la Mujer. Este trabajo continúa y profundiza los temas abordados en anteriores publicaciones del blog como Ocultos detrás de la ira y Ganar la libertad de renunciar. Puede ser un recurso útil para promover la reflexión,  sustentar investigaciones y concebir vías de transformación individual y colectiva. Agradezco al Centro de Estudios de la Mujer de la Universidad Central de Venezuela por darle cabida a este tema en su revista semestral.

 

Pignatiello, A. (2014). EL TEJIDO SUBJETIVO DE LA VIOLENCIA EN EL REVÉS DE LA MASCULINIDAD. Revista Venezolana De Estudios De La Mujer, 19(43). Consultado de http://saber.ucv.ve/ojs/index.php/rev_vem/article/view/7981/7891

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Atreverse a salir de la fila

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en mayo 22, 2012

Los héroes son todos jóvenes y bellos1, son siempre iguales a sí mismos, nunca cambian. Los héroes son una imagen congelada, bien sea que hablemos de los súper héroes de los cómics, de los guerreros homéricos o de los próceres de la nacionalidad. Aquiles murió joven, tenía otra opción lo sabía, pero eligió alcanzar la gloria en batalla. En la imagen de Bolívar no tiene cabida el deterioro que sufre el cuerpo de un hombre expuesto por casi veinte años a la intemperie de la guerra. Ésta no embellece a nadie, pero la pintan distinto en los relatos épicos, en los cuadros o en las películas.

Los héroes no cambian y una manera de realizar ese designio es con una muerte temprana. A ese dudoso honor de hombres armados sacrifican su vida muchos jóvenes que culminan con la muerte una breve carrera delincuencial.

Los héroes son solteros, libres, no atienden bebés, no necesitan cuidados porque flaquea la salud, no sufren, no tienen ninguna vivencia que los baje del pedestal en el que han sido encumbrados. Son una imagen fija, refractaria al cambio y al devenir.

En las sociedades de hace cien años, cuando la expectativa media de vida apenas llegaba a los 40 años, tal vez se notaban menos los cambios a lo largo del ciclo vital, pero hoy cuando esa expectativa se ha duplicado, tenemos la vida real en la que los hombres pasan por varios lugares de trabajo, éxitos, fracasos, uniones, separaciones, pérdidas, diferentes relaciones, pertenencia a varios núcleos familiares, variaciones en su respuesta sexual, emocional, en su salud o en sus motivaciones para vivir.

Pero la masculinidad construida sobre la base de la imagen de privilegio, superioridad y omnipotencia, se impone como muralla imaginaria contra el devenir, la transformación y el paso del tiempo. Cuando se cree haber alcanzado una manera de ser todounhombre, cualquier cambio en el guión parece una amenaza. Así tenemos hombres que viven la paternidad como una pérdida, otros que les espanta no estar disponibles para cualquier mujer si le son fieles a una, aquellos que se derrumban cuando una alteración de su situación laboral les hace sentir que no son proveedores o los que se aferran a conductas de reafirmación viril porque no quieren reconocer que envejecen. La vida da oportunidades para captar que las cosas no ocurren de acuerdo al guión señalado, sin embargo muchas subjetividades masculinas alzan defensas que impiden aprovechar esas oportunidades.

Las tribulaciones, peripecias y derrotas del caballero de la triste figura pueden ayudarnos a ver las implicaciones de usar vestiduras anacrónicas para hacerse hombre. Una construcción fantaseada en la cual el sujeto asume cabalgaduras, trajes y comportamientos que remiten a un pasado idealizado. Se usa ese pasado para legitimar la masculinidad emulando figuras de la historia familiar o social. ¿Hombres? Los de antes, esos sí eran, toca entonces parecerse o acercarse a ellos.

Cuando la vida se encuentra regida por el imperativo de mantenerse idéntico a un ideal de masculinidad, se experimentan grandes dificultades para emprender o aceptar cambios. Se vive así apegado a un  tiempo lineal, el futuro se ve como la prolongación de un instante actual definido por una imagen pretérita. Ese tiempo psíquico estático entra en conflicto con el devenir, los ciclos y el cambio incesante de la vida real, impide encontrar formas de vivir con menos malestar y más satisfacción.

Una masculinidad basada en la potencia fálica, el ejercicio del poder y la identificación a ideales de superioridad, supone el rechazo de aquellos aspectos de la subjetividad que entran en contradicción con esos referentes. Pero lo que fue rechazado en el sujeto sigue ahí, sigue siendo parte de él. Esto se puede convertir en una presencia inquietante, una fuente de conflictos, procesos defensivos y formación de sustitutos que hacen daño, pero se aprende a vivir con eso, a considerarlo natural e incluso a obtener ganancias de ello. El sujeto queda detenido en un tiempo pasado, convierte en algo fijo y naturalizado la solución fallida que se le dio a un asunto en un momento temprano de la vida. Aunque hayan caducado las condiciones que les dieron origen, los síntomas se mantienen en el tiempo sin modificarse.

Tal modo de vida es exitoso sólo en apariencia, en realidad pasa por crisis que pueden presentarse como ataques de pánico, episodios de violencia, accidentes por conductas riesgosas, consumo de drogas, ruptura de vínculos interpersonales o deterioro de la salud física. El individuo atribuye a la fatalidad o la mala fortuna las consecuencias de procesos que lo involucran pero desconoce, el cuerpo o los eventos externos hacen patente un malestar psíquico no reconocido.

Adentrarse en los procesos subjetivos abre caminos para el cambio, ayuda a superar la inmovilidad y la repetición compulsiva. Hay otras opciones, es posible el movimiento hacia nuevas realidades subjetivas si abandonamos la creencia de que los hombres son básicos y simples por naturaleza. También si tenemos en cuenta que lo masculino no se hace sólo aprendiendo conductas dadas por el entorno, decir que las subjetividades masculinas se conforman alrededor de las creencias y mandatos de un modelo hegemónico es sólo una parte del asunto. La subjetividad individual reproduce ese modelo, pero es mucho más que eso, abarca realidades inconscientes que perviven en el sujeto a pesar de estar en contradicción con los mandatos asumidos.

No todos los hombres definen su subjetividad por los patrones hegemónicos de masculinidad, no todo en las subjetividades masculinas responde a esos patrones. En ese no todo estriba una oportunidad de hacer la diferencia. Cada hombre tiene la opción de reconocer en su historia lo que ha marcado su masculinidad, de reconocerse como sujeto de los procesos inconscientes que la han conformado. Esto abre la posibilidad de concebir otras opciones válidas para cada uno y hacer elecciones en base a las mismas. Abre la posibilidad del cambio hacia otras maneras de vivir la masculinidad sin ataduras al ejercicio del poder, el privilegio o la violencia.

Poco hacemos con cambios culturales o políticos si todo sigue igual en la subjetividad. Tampoco nos ayudan las visiones moralistas o voluntaristas que conciben el cambio como la imposición de un deber ser, un ideal de ser mejores hombres que termina siendo sólo apariencia porque soslaya lo que ocurre en la realidad del sujeto. Los cambios impuestos sólo producen obediencia aparente y resistencia encubierta. Postular una masculinidad que sustituya la anterior, un hombre nuevo del siglo XXI, no sería más que actualizar el modelo hegemónico vigente y tendría implicaciones autoritarias.

Un cambio sería lograr trascender el asunto de ser o no ser hombre como referente central en la construcción de la subjetividad. Preguntarse por qué importa tanto ese asunto. En lugar de seguir preguntándose acerca de cómo ser más o mejor hombre,  llegar a plantear ¿cómo lograr que hacerse hombre deje de ser obstáculo al movimiento en la subjetividad?

Podemos también cuestionar la idea de la masculinidad como referente unitario, no vemos el cambio como la sustitución de un patrón hegemónico por otro. Tampoco buscamos héroes, de esos ya hemos tenido bastantes. Hace falta superar la unidimensionalidad, el pensamiento único, la identidad disciplinada y uniformada, para que no haya una sola forma de ser hombre, sino todas las posibles. Que tenga legitimidad la diferencia, la particularidad de cada uno en su manera de vivir y darle sentido a lo masculino, que todas esas posibilidades las vivan muchos individuos, pero que también puedan ser opciones para un mismo individuo en los diferentes lugares y momentos de su vida.

Fluir por diferentes experiencias y roles, en la calle, en el trabajo, pero también en la crianza de los hijos o en labores domésticas. Ser atendido y cuidado, pero también ser capaz de atender, cuidar a otros y sentir satisfacción en ello. Enterarse y experimentar que además de la ira existe un amplio espectro de emociones que se pueden sentir, nombrar, expresar y tomarlas como referente para la vida de todos los días. Atreverse a usar la empatía para ver al mundo y a sí mismo también desde un punto de vista femenino.

 

Nota

1.- “Gli eroi son tutti giovani e belli”, verso de la canción de Francesco Guccini La locomotiva

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Cosas que imaginan los poderosos

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en abril 24, 2012

Los celos pueden estar presentes en las relaciones humanas, quien los siente desconfía, vigila, teme ser privado por otro de la posesión sobre un afecto o bien. En el contexto de las relaciones de pareja pueden convertirse en algo recurrente, obsesivo o incluso delirante. Se vuelven problema, sufrimiento y daño para la persona que es objeto de persecución, acusaciones y agresiones por supuestas infidelidades cometidas.

Mujeres y hombres pueden sentir celos, pero hay un trato diferencial que se le da al asunto de acuerdo al género de la persona celosa. Cuando es una mujer que cela a un hombre, suele desaprobarse su conducta como inadecuada y se le tilda de mala, loca, histérica o cuaima. Pero cuando es un hombre el celoso, lo más probable es que ocurra algo distinto, se le considera alguien de carácter fuerte que cuida lo suyo, que se está haciendo respetar como hombre ante conductas inadecuadas de su mujer. Ésta comienza a recriminarse, a elucubrar qué es lo que está haciendo mal, se impone restricciones en sus relaciones sociales o familiares. Tolera la situación a pesar del absurdo porque alberga la creencia de que tantos celos son signos de la intensidad del amor que le profesan, si tanto la cela es porque mucho la ama.

Como resultado se aceptan una serie de prácticas dañinas hacia a la pareja, haciendo invisible la violencia implicada en ellas. Se ve como algo muy natural que un hombre se enfurezca acusando de infidelidad a “sumujer”, se asume que su conducta responde al legítimo derecho de defender lo suyo y expresar una pasión respetable. La obsesión posesiva se esconde detrás del uso de la violencia, la pareja es objeto de amenazas, acoso, insultos, restricción de su libertad o agresiones físicas que pueden llegar al feminicidio. Lo que constituye una perturbación del pensamiento y las emociones, un síntoma de angustia, es asimilado al yo como una manera de ser de la que obtiene beneficios, que define su carácter de hombre de respeto. Esto ocurre en el marco de la desigualdad en las relaciones de poder entre hombres y mujeres.

En el artículo “Eso que se ve tan natural” hablamos de como la primacía otorgada al falo implica una posición de poder con respecto a la actividad sexual. Consideremos ahora la incidencia del poder en los vínculos sexuales masculinos, los significados atribuidos a la pareja y la relación que con ella se establece. Hay formaciones sintomáticas asumidas como comportamientos normales que encubren usos del poder y un mal trato implícito que se le imponen a la pareja desde una posición de hegemonía. En el caso de los celos, lo que tiene carácter de síntoma no es el sentimiento, sino el conjunto de prácticas que a su alrededor se tejen.

Desde esa perspectiva revisemos cómo son concebidas las mujeres en las subjetividades masculinas. Para quienes responden al mandato de demostrar potencia sexual, las mujeres son objetos de conquista, trofeos de colección. Además de esa, existen otras visiones que cosifican a las mujeres, las degradan y las conciben como objetos de apropiación y dominio.

Una forma de cosificación es la que reduce las mujeres a la condición de objeto parcial, fragmentos corporales que despiertan atracción, la mujer es vista como portadora de atributos físicos valorados como fetiches sexuales. Una versión extrema pero muy difundida de esta cosificación, se expresa en la denominación “culos” con la que muchos hombres se refieren en Venezuela a las mujeres de sus aventuras sexuales. Así se pueden escuchar cosas como “ayer salimos con unos culos”, “nos encontramos unos culos en la rumba”, “vamos a buscar unos culos”, “ando con un culo en la camioneta”.

Lo anterior corresponde a la imagen de una mujer fácil de baja condición, pero la cosificación tiene otra vertiente asociada a una imagen de mujer aparentemente idealizada: la figura materna. Muchos son los hombres que no ven en su pareja más que una madre, la que cuida a sus hijos y los cuida a ellos. Aquí se trata de una mujer valorada como objeto de dominio y servicio de acuerdo a los roles de género, la que hace lo que le toca, cuida y atiende las necesidades del hombre. Podemos verla en aquellos vínculos de pareja en los cuales el afecto está condicionado a que la mujer se someta y subordine al hombre. Una fantasía muy popular reúne un poco de todas las imágenes anteriores: una mujer perfecta salida de una botella sin otra voluntad que la de complacer todos los deseos de su hombre.

Tales formas de concebir a las mujeres se convierten en barreras para llegar a relacionarse con ellas, las mujeres reales quedan para muchos hombres como un continente desconocido y misterioso al que no logran aproximarse. En lo inconsciente se mantienen apegados a una visión de la feminidad como algo inferior, incompleto, que carece de lo que tiene un hombre, y a la vez como algo oscuro, amenazante que toca aspectos reprimidos de la propia subjetividad. El vínculo con las mujeres se ve afectado por un rechazo inconsciente a la feminidad en el que se mezclan el desprecio y la angustia. El ejercicio del poder se presta para encubrir esa dificultad, crea una ilusión de dominio autosuficiente que defiende de la angustia.

El manejo del poder crea barreras para la relación de pareja en quienes asumen que ser hombre implica ejercer dominio sobre las mujeres, ya que eso les produce dificultades para la negociación, la solidaridad, la aceptación de diferencias que requiere el vínculo amoroso. Les cuesta ver a la pareja como una persona que siente, piensa y desea por sí misma. En otros casos vemos hombres cuya dificultad es mantener un compromiso amoroso, porque en el inconsciente lo viven como amenaza a una posición de control sobre la pareja y sobre las propias emociones. El sujeto se encuentra atrapado en un conflicto entre el poder y el amor al que percibe como vulnerabilidad, esto puede llevar a algunos a obsesionarse con la posesión y la anulación de la pareja como prácticas de poder que soslayan la dimensión del deseo y la del amor.

El uso naturalizado del poder contra las mujeres está en la base de la violencia masculina en la pareja. En ella el rechazo a la feminidad llega al extremo de la destrucción física y psicológica de la mujer. Es común interrogar y sospechar patologías en las mujeres que denuncian la violencia de sus parejas, así como también omitir las preguntas acerca de la subjetividad de los agresores, de las posiciones subjetivas que los hace proclives a repetir compulsivamente patrones de violencia.

Un lugar común muy difundido es el que define la violencia masculina como un problema en el manejo de la ira. Los maltratadores son los principales partidarios de este punto de vista ya que concuerda con excusas tales como “fue un impulso”, “lo que pasa es que ella me hace perder el control” o “no sé cómo pudo pasar”. Si nos quedamos sólo con ese lado del asunto caemos en el engaño simplista de “resolver” el problema ayudando al agresor a controlar su ira con mensajes por el estilo de “toma una pausa, deja que la ira pase, qué sencillo es no pegarle a tu mujer”.

La ira no es la causa del problema sino una expresión más del mismo, es necesario plantearse de dónde sale, por qué se considera normal sentirla hacia la pareja, qué tensión interna es la que emerge a través de ella pero se encubre con agresión. El maltratador suele culpabilizar a la pareja percibiéndola como fuente de amenazas de las que tiene que defenderse con violencia. Esto es por una parte una racionalización sustentada en el uso del poder contra la mujer, pero en muchos casos es también resultado de procesos defensivos: se usa el ataque a la pareja para encubrir y evadir un asunto inconsciente del propio sujeto. Por medio del ejercicio del poder, se somete a la mujer a la violencia para acallar un conflicto psíquico angustiante y rechazado.

La violencia de los hombres que maltratan a sus parejas no es un evento aislado, es un síntoma en el cual se tejen referentes de la cultura con los procesos inconscientes, en el que se encubren las contradicciones, tropiezos y malestares de quienes viven aferrados a la hegemonía en el poder. El ejercicio naturalizado de la violencia aporta una ficticia ganancia de seguridad, control y dominio pero bajo esa superficie están los elevados costos que pagan los mismos que la ejercen. Van en esa cuenta la pérdida de vínculos personales, el deterioro de la salud física, la angustia sin salida, la sombría depresión, la soledad y el vacío existencial.

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Eso que se ve tan natural

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en marzo 14, 2012

 Cuando se habla de las dolencias en la sexualidad masculina surgen de entrada las disfunciones en la erección, la eyaculación o el orgasmo, así como las técnicas, fármacos o aparatos para recuperar el uso de la función sexual. Esto es parte de una concepción que confunde la sexualidad con el funcionamiento del órgano genital y ve a los hombres como poseedores un instinto sexual incontenible, que los lleva a estar siempre dispuestos para el coito. Se vive lo sexual como la satisfacción de necesidades fisiológicas supuestamente mayores en los seres masculinos, se reduce la sexualidad a lo genital, se sobrevalora el órgano sexual como punto de partida, medio y fin, todo comienza y todo termina en el uso del pene.

Nos adentramos en un territorio donde se asume que el varón es rey, se mueve a sus anchas, está en lo suyo, lo que más le gusta y domina. Una cobertura de libertad, éxito y facilidad para el placer constituye la cara pública de la sexualidad masculina. Pero bajo esa cubierta están todas esas vivencias que no se cuentan a los amigos, las realidades silenciadas porque “¡qué pasaría si se enteran!” Son las vivencias de los hombres que no se sienten libres o que no sienten placer con lo que parece gustarle a los otros, los que saben que no están siempre listos y que no siempre tienen ganas, las vivencias de aquellos a los que no les va bien con las mujeres, los que no logran tener una pareja estable aunque la quieren, los que han sufrido traumas, las vivencias de los adolescentes que se lanzan a la aventura entre el temor a lo desconocido y el mandato de demostrar virilidad.

Una realidad patente, pero de la que poco se habla es el éxito comercial que tienen los fármacos para inducir la erección. ¿Es tan frecuente la disfunción eréctil? ¿Tantos son los hombres que la padecen? Si respondemos afirmativamente debemos pensar que los reyes de la fiesta no la están pasando tan bien como parece. Pero aquí hace falta ver más allá del problema mecánico y plantear que tras este consumo se esconden inseguridades acerca del deseo o el desempeño sexual, angustias por probar la virilidad a través del ejercicio del coito y la potencia del órgano.

Muchos hombres se ven inmersos en una sexualidad en la cual la compulsión sustituye al ejercicio del deseo a través del consumo de prostitución, pornografía, drogas para estar a tono y encuentros ocasionales. La angustia por probar la potencia viril puede llevar a una búsqueda compulsiva de encuentros sexuales que no aportan mayor satisfacción, dejan más bien secuelas de insatisfacción y sentimientos de vacío. Sin embargo, esto está muy difundido, se asume como normal, como algo propio y natural de la masculinidad.

Lo que parece exitoso encubre fracasos, muchas prácticas que se asumen como lo normal son fuente de malestar, lo que se sale de lo común y hegemónico se ve como algo raro, desviado, que no marcha bien. Encontramos ejemplo de esto en los prejuicios por los cuales cuando se trata de hombres homosexuales, se buscan anomalías en su sexualidad, se pone en cuestión qué les pasó para que sean así, pero cuando se trata de heterosexuales se ignoran los aspectos de su vida sexual que involucran riesgo, insatisfacción, daño a sí mismo o a otros.

Hace falta reconocer las dolencias presentes en las prácticas sexuales más frecuentes de los varones, las cuales no son conductas naturales, tampoco simple aprendizaje de patrones, son resultado de procesos inconscientes en los que la subjetividad individual se apropia y le da contenido a los referentes culturales, procesos que  implican rechazo y soslayo de aspectos de la sexualidad que no concuerdan con ciertos ideales. Si vamos más allá de lo aparente y atendemos al sentido inconsciente, veremos que muchas prácticas naturalizadas tienen el carácter de síntomas1, es decir son expresión de asuntos inconscientes, sustitutos de procesos subjetivos bloqueados, conflictos latentes y procesos de defensa.

La reducción de la sexualidad masculina a lo genital es un resultado sintomático de conflictos y defensas ante las emociones que despiertan los vínculos, la otredad de lo femenino, la intersubjetividad y la diversidad. Aunque se ha asumido como lo natural, en el fondo la genitalización es un síntoma de posiciones subjetivas aferradas ansiosamente a una reafirmación fálica que obstaculiza el acceso a la actividad sexual como intersubjetividad, favorece el rechazo de la diversidad y el repudio de todo goce no regido por el órgano sexual masculino. Bajo la primacía del falo la actividad sexual se vuelve carrera por alcanzar resultados, el cuerpo instrumento, la pareja cosa, el sexo un consumo. La supuesta sexualidad desinhibida, libre e incontenible esconde un empobrecimiento de la capacidad para el disfrute y una restricción de la vida emocional.

La significación otorgada al falo no está dada por la naturaleza, ni por la función del órgano sexual masculino, es resultado de una atribución simbólica. El órgano genital se usa como significante para representar el poder del varón en las relaciones entre géneros y los privilegios en el acceso al goce sexual vinculados culturalmente a la masculinidad. Adquiere ese valor simbólico de lo que se transmite en el lenguaje, así como de experiencias y prácticas cotidianas. Por ejemplo, en los cuidados que reciben los bebés es notorio el trato diferencial dado a los órganos sexuales, los penes y testículos son objeto de expresiones admirativas y manipulaciones juguetonas, mientras que las vulvas de las bebés ni se nombran y mucho menos se andan tocando. Desde muy temprano el falo es colocado como referente privilegiado de la sexualidad, metáfora del poder y el goce, no tenerlo sería terrible, la valoración que recibe es proporcional a la angustia de perderlo o no poder demostrar tenerlo.

La actividad sexual sigue siendo objeto de una doble moral en nuestro contexto social. Para los hombres tener relaciones sexuales es algo permitido, aplaudido y esperado. Para las mujeres tener relaciones sexuales sin estar casadas bordea lo ilícito, aquellas que acumulan experiencias sexuales o buscan el sexo por placer son objeto de juicios negativos. En los hombres ocurre lo contrario, se espera que tengan experiencia y que se inicien sexualmente, quienes no cumplen con esta condición son objeto de sospecha y señalados como raros, poco hombres o afeminados. El aparente privilegio de una sexualidad sin prohibiciones oculta el mandato de tener relaciones sexuales para demostrar virilidad ante la familia, los amigos, las mujeres. Cuando pueden atreverse a contar cómo fue su primera vez, la gran mayoría de los hombres narra historias de iniciación sexual que definen como traumáticas, terribles o desagradables, en las que se sintieron bajo presión y con temores a la reprobación en caso de no salir airosos de la empresa.

Podemos entender ahora que el supuesto instinto sexual insaciable de los hombres no es sólo un mito, es también un síntoma, una formación del inconsciente que resulta de los conflictos y angustias que surgen de una práctica sexual vivida entre mandatos sociales y amenazas de sanción humillante. Es un síntoma que dice a la vez una verdad encubierta: algo ajeno al sujeto decide por él.

Si vamos al ámbito de las relaciones de pareja, encontramos muchos hombres que las viven produciendo una escisión del vínculo sexual, separan el goce y el amor convirtiéndolos en términos mutuamente excluyentes. Oscilan entonces entre dos tipos de relación, por un lado tienen las que privilegian el goce sexual con parejas a las que atribuyen algún rasgo que las degrada y las hace indignas de amor, por otro lado tienen las relaciones donde declaran amor por sus parejas pero las consideran insuficientes en cuanto al goce sexual. Con la que aman no encuentran tanto goce y con la que gozan no logran sentir amor. Esta escisión inconsciente se repite de manera inadvertida y se vincula con otros síntomas como la infidelidad compulsiva, en la cual son recurrentes las relaciones paralelas que el hombre busca, justifica e incluso ejerce el poder para imponer que la pareja las tolere. En el trasfondo de esta escisión de la vida erótica se encuentra una posición inconsciente en la que se dificultan los vínculos con las mujeres porque el sujeto se debate entre dos imágenes, por un lado la madre, ser idealizado que procura cuidados y por el otro un objeto de conquista devaluado moralmente que remite a la mujer fácil o la prostituta.

Nos hemos adentrado en un territorio protegido por tabúes, revisamos vivencias subjetivas de la sexualidad encubiertas por un manto de silencio, negadas por el temor al qué dirán. Cuando los hombres pueden hablar acerca de sus vivencias de la sexualidad sienten alivio porque sueltan la tensión que produce sostener las imposturas fálicas, dejan fluir pensamientos y emociones bloqueadas y encuentran la posibilidad de abrirse a otras visiones, dar cabida a otras experiencias, concebir otras maneras de vincularse, apropiarse de su deseo y decidir por sí mismos.

NOTA

1.- No hablamos aquí del síntoma en su sentido médico como fenómeno que indica la presencia de una enfermedad, sino como un fenómeno subjetivo producto de procesos inconscientes, que expresa un conflicto psíquico, es sustituto de procesos psíquicos que no logran hacerse conscientes.

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Cae por su propio peso

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en noviembre 17, 2011

Tiziano (1548) Sísifo

 Hay creencias que atribuyen a los hombres el ficticio privilegio de ser resistentes y hasta inmunes al sufrimiento. Las apariencias muestran que los varones no se quejan, pocas veces expresan tristeza, dolor o miedo, rara vez dan muestras de impotencia o indefensión. Si revisamos algunas estadísticas encontramos que, en comparación con las mujeres, los hombres acuden mucho menos a las consultas de salud mental o general, consumen menos psicofármacos, invierten menos tiempo y dinero en actividades orientadas al cambio o desarrollo personal.

Si atendemos sólo a esos datos podemos creer que estamos ante la mitad de la población humana que ha sido más exitosa en la lucha por la supervivencia, pero esa impresión se desvanece apenas reparamos en que la población masculina tiene una expectativa media de vida menor, que la incidencia de suicidios es mucho mayor en los hombres, que las muertes por violencia delincuencial y accidentes viales son predominantemente de hombres jóvenes, que el abuso de alcohol y consumo de drogas ilícitas está mucho más difundido entre los hombres que entre las mujeres.

Los varones viven menos, viven mal, se hacen daño a sí mismos y a los otros, pero la disciplina impone no chistar, no decir cosas que dejen entrever un malestar. La armadura pesa, incluso duele, pero no cabe la queja, sólo seguir adelante, no vaya a ser que se piense otra cosa.

Los hombres se hacen para ser rudos, insensibles y aguerridos. ¿Esto quiere decir que el sufrimiento es algo que queda excluido? La escucha de las vivencias de los hombres nos lleva a constatar que, tras la aparente invulnerabilidad, el sufrimiento sigue ahí.

Para vivir con eso muchos hombres exacerban los rasgos de dominio y control, pero junto con eso se produce una importante merma en los recursos subjetivos debida a la cantidad de inhibiciones que se requieren para no sentir, no llorar, no pedir auxilio. Un carácter fuerte, avasallante y hostil encubre una subjetividad empobrecida de recursos para vivir, relacionarse y disfrutar.

Los varones no son ajenos a sentimientos como el desamparo, la nostalgia, el aburrimiento o la frustración, pero frecuentemente se defienden se ellos volcándose a la acción en el trabajo, en la calle, en actividades competitivas, en conquistas sexuales o en experiencias intensas que involucran riesgo, violencia o ruptura de los límites.

Podemos reconocer también otra estrategia defensiva por medio de la cual la tristeza, el dolor o la angustia se reprimen de manera tal que quedan bloqueados, detenidos en el funcionamiento psíquico. Como resultado inmediato se produce un aparente éxito al apartar un sentimiento penoso. Pero lo rechazado sigue ahí inconsciente y retorna, lo que ha quedado estancado va a desbordar por otro lado, se convierte en penuria, se transforma en algo más dañino que se va a manifestar en el cuerpo, en las relaciones con los otros, en los hábitos del individuo, puede presentarse como enfermedad o como violencia dirigida hacia otros o hacia sí mismo.

Los malestares resultantes se integran en la vida como síntomas, es decir, sustitutos deformados de procesos psíquicos que han sido interrumpidos y forzados a mantenerse inconscientes. Así, los problemas manifiestos tienen sentidos inconscientes, son fuente de dificultades y a la vez manifestación de algo que busca ser atendido. Con frecuencia, los síntomas se incorporan como una modo de ser naturalizado por medio de racionalizaciones y falsas ganancias que se obtienen de ellos.

Tomar en cuenta estas maneras de vivir el sufrimiento nos puede ayudar a revisar muchas realidades cotidianas, pero también nos debe servir para reconsiderar las clasificaciones de los llamados “trastornos mentales”, por ejemplo el DSM IV1. Los criterios diagnósticos formulados por esos manuales estadísticos tienden a invisibilizar el malestar y los problemas en los varones, respondiendo al imaginario que asocia lo masculino con normalidad, éxito, control y autosuficiencia2. Tomemos por ejemplo el caso de la depresión: a primera vista parece que los hombres se deprimen mucho menos que las mujeres, en las estadísticas de salud mental los diagnósticos y tratamientos por depresión son mucho más frecuentes en las segundas que en los primeros. Hemos escuchado también a algún hombre decir “yo nunca me deprimo” o “yo no ando llorando ni quejándome”.

¿Se deprimen menos los hombres? Si es así, entonces ¿por qué se suicidan más que las mujeres? ¿Por qué hay tantos que buscan escape en las drogas? Lynch y Kilmartin3 han escrito sobre este asunto afirmando que el dolor se vive detrás de una máscara, que la depresión no es menos frecuente en los hombres, sino que está encubierta y se manifiesta con síntomas distintos a los de las mujeres. Cuando definen la depresión los manuales diagnósticos presentan un listado de síntomas tales como tristeza y llanto fácil, pérdida de motivación, enlentecimiento, pérdida de energía, sentimientos de inutilidad o de culpa. Tales síntomas describen por lo general a mujeres deprimidas, mientras que los hombres evitan tales expresiones emocionales porque están en conflicto con los ideales que rigen la masculinidad. Según esos patrones, llorar, quejarse, dudar de sí mismo, sentirse derrotado no son cosas de hombres.

La depresión masculina sustituye los sentimientos penosos por rabia, se expresa a través de acciones en lugar de emociones. A un hombre deprimido rara vez se le verá llorando, pero se le ve irritable, por nada reacciona agresivamente, se le ve siempre de mal humor, ensimismado, taciturno. Quienes viven en su entorno toman precauciones, cambian su comportamiento para evitar despertar sus reacciones. Cuando se le pregunta dice que nada le pasa o atribuye su malestar a causas externas o a la culpa de otros.

Desde nuestra perspectiva proponemos ver no sólo la máscara de la depresión sino también su revés, para así preguntarnos ¿qué lleva a un hombre a la depresión? Después de reconocer los síntomas hace falta que nos ocupemos de los procesos subjetivos que les han dado origen. Los sentimientos de desesperanza, indefensión, minusvalía o duelo pueden estar presentes en la vida de cualquier hombre, no son cosas de “mentes enfermas” como pudiera pensarse si nos quedamos sólo con la categorización psiquiátrica de los trastornos depresivos. En el fondo se trata de retomar el sufrimiento como realidad humana y los modos masculinos de soslayarlo.

Podemos así plantearnos reflexionar no sólo sobre un trastorno específico, sino sobre cuestiones más amplias como la manera en que se viven las pérdidas desde la masculinidad. También podemos revisar las vivencias que confrontan a los hombres con el fracaso, con el no alcanzar ciertos estándares de prestigio o potencia. Son todas experiencias que no encuentran voz para expresarse, carecen de palabras que permitan encontrar alivio en el otro, porque quien las vive está sujeto al imperativo de ser autosuficiente, activo, exitoso, dominante e invulnerable.

Dicha postura lleva a rechazar y reprimir todo lo que tenga que ver con dolor, tristeza, angustia, desamparo, de tal modo que no sólo se ve impedida la expresión de emociones sino también el reconocimiento de las mismas. Pero en el fondo todo eso no protege del sufrimiento, más bien queda estancado en el inconsciente y suele exteriorizarse a través de la violencia o la enfermedad física, también lleva a buscar evasiones en el alcohol, las drogas, las apuestas, los encuentros sexuales o el trabajo, las cuales se convierten en más fuentes de sufrimiento para el individuo y su entorno.

Más allá de los ideales masculinos, hay en la subjetividad inconsciente procesos y estructuras que dificultan en los varones la posibilidad de vivir con la pérdida, la carencia, lo incompleto, lo no logrado, el fracaso. En tal sentido podemos ubicar el papel del narcisismo asociado a ser varón, la angustia que surge ante la posibilidad de carecer de algún atributo fálico, la identificación con otro varón al que se le atribuyen las insignias del poder, el apego a figuras cuidadoras prestas siempre a reparar y rescatar. Como resultado, el varón acumula y carga con el peso de sistemas de defensa, construidos para protegerse de aspectos de su subjetividad que son percibidos como angustiantes peligros.

Los síntomas nos hablan del fracaso de esas defensas y de algo que quiere ser integrado a la existencia. Reconocerlos y preguntarse por su sentido inconsciente, abre el camino de un proceso de cura en el que se pueda prescindir de las represiones, reintegrar lo escindido, darle lugar en la realidad psíquica a lo que había sido rechazado, hacer surgir un sujeto partícipe comprometido con sus vivencias. Dejar caer algo que se sostiene titánicamente, que aporta una aparente comodidad pero llena de pesadumbre la existencia.

  

NOTAS

 1.- American Psychiatric Association (2002). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Barcelona: Masson

 2.- Bonino, L. (2000) Varones, género y salud mental: deconstruyendo la “normalidad” masculina. En Segarra, M. y Carabí, A. (eds) Nuevas masculinidades (Pp. 41-64). Barcelona: Icaria.

3.- Linch, J. y Kilmartin, Ch.(1999): The pain behind the mask: overcoming masculine depression. New York: Haworth Press, Inc.

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Apertura del diálogo sobre las dolencias

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en septiembre 29, 2011

Fellini, F. (1963) Otto e mezzo

Lo que sigue es una sinopsis de contenidos y metodología que presentamos en la primera sesión del Seminario Dolencias de la Masculinidad. Lo compartimos en este espacio.

En el revés de la masculinidad ubicamos por una parte el reverso, donde podemos reconocer los modos en que se usa lo masculino para recubrir y rechazar una carencia de ser, por la otra, el reconocimiento de las formas en que eso fracasa.

Una impostura de privilegio, superioridad y poder dentro de relaciones de desigualdad con las mujeres, hace difícil asociar lo masculino con algo que no está bien, con el malestar, la carencia, la inconformidad o la queja.

En la superficie se encuentra la autosuficiencia, el desapego, la supuesta invulnerabilidad y la pose de mando, por debajo, todo un campo de la subjetividad rechazado que no desaparece a pesar de la represión, frente a él se levantan sistemas de defensa.

Se trata de una escisión en el sujeto y queremos revisar lo que a partir de ella se produce. Los efectos de las inhibiciones, la producción de síntomas, la dinámica de la angustia y los procesos de defensa serán algunos de los ejes conceptuales en los que nos apoyaremos.

Abordaremos la cuestión del cambio dentro de ese cuadro, nos preguntamos si es posible o no, bajo qué condiciones y cuáles son los procesos que en él inciden. Si pensamos que son posibles otras maneras de vivir la masculinidad, asumimos también que no sabemos de ellas de antemano, no son una tierra prometida ni una salvación a alcanzar, forman parte de lo que está a la espera por venir a la existencia.

Desde esta perspectiva le damos relevancia al papel del inconsciente en el movimiento de la subjetividad. Usualmente se reconoce la compulsión a la repetición, sin embargo, hay que tener en cuenta que el inconsciente es también el retorno de lo no realizado en el sujeto1, es indeterminación que mueve a crear nueva subjetividad.

En cuanto a la metodología, proponemos en este seminario una aproximación a las dolencias de la masculinidad que no se basa en respuestas ya dadas en una teoría, por eso el trabajo va a privilegiar un diálogo que abre perspectivas, teje redes entre experiencias, saberes y prácticas de los/as participantes. Recogiendo aportes de diversos saberes y haceres procuraremos la apertura a significados que no están dados de antemano. Concebimos el diálogo como travesía en la que cada interlocutor se abre a lo que no se sabe de antemano, apuesta por la producción de nuevas realidades.

 

Nota 1: en relación con este punto vinculamos el Ocho y medio de Fellini. Comentaremos en el seminario esta película como una aproximación a la masculinidad desde la perspectiva de lo no realizado en la subjetividad. Incluimos en este post una imagen de la secuencia final en la que desfilan los personajes alrededor del cohete no terminado, metáfora de lo no realizado, lo incompleto, lo que deja una falta.

 

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Seminario DOLENCIAS DE LA MASCULINIDAD

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en septiembre 12, 2011

Fellini, F. (1983). E la nave va

Un hombre puede convivir por años con algo que produce daño a sí mismo y a otras personas en su entorno, lo toma como normal, se resigna, se enorgullece incluso de su capacidad para sobrellevarlo, otras veces ni siquiera percibe el problema o sus consecuencias. Muchas personas asumen que expresar malestar y pedir ayuda son conductas reñidas con la identidad masculina. También debemos reconocer todas aquellas vivencias en las que hacerse hombre involucra traumas, sufrimiento, enfermedad, exclusión, discapacidad o muerte. Estos asuntos suelen estar encubiertos y son percibidos como hechos marginales.

Proponemos abordar las maneras en que la construcción de la masculinidad sostiene dichas realidades, para ello nos ocuparemos de aspectos de la vida cotidiana tales como la actividad sexual, la manera de hacer pareja, la experiencia amorosa, el cuidado de la salud física, la relación con el trabajo, el ejercicio de la paternidad o el recorrido de las etapas del ciclo vital.

La indagación nos lleva ahora a revisar el revés de las experiencias y lugares de vida asociados a la masculinidad, para correr la cortina de los estereotipos y hacer ostensibles los síntomas de dolencias encubiertas tras la impostura del dominio o el recurso a la violencia. Si procuramos hacer relevante lo que falla, deja insatisfacción y produce malestar, no es para oponerle modelos ideales sino para abrir la posibilidad de nuevas opciones, para vislumbrar caminos de cambio en los que la masculinidad deje de ser una armadura que el sujeto se impone.

Este seminario promoverá el intercambio a partir de trabajos teóricos, datos clínicos, testimonios, investigación de campo y producciones artísticas vinculadas a la temática. Será un espacio para la lectura, el diálogo y el encuentro de nuevos significados, un lugar donde tejer saberes, perspectivas, prácticas, vivencias, imágenes y sensibilidades.

  

Lugar: Librería LIBERARTE, Centro Comercial Los Chaguaramos, Caracas.

Inicio: Miércoles 28 de septiembre de 2011

Frecuencia semanal los miércoles de 7:00 a 8:30 pm.

Duración: 11 sesiones.

Costo de la inscripción: Bs 500 (facilidades de pago).

Información e inscripciones por los teléfonos 0212 6629169, 0416 3040929 y 0414 2831894

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Costoso privilegio, falsas ganancias

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en agosto 17, 2011

J. W. Waterhouse. Eco y Narciso

Pasar del último grado de primaria al primer año de educación media es para los varones un referente simbólico que marca el dejar de ser niños para empezar a plantearse cómo ser hombres, al tránsito que así se inicia se le llama también adolescencia. La LOPNA1 refrenda ese momento marcando los doce años como el momento a partir del cual el individuo es considerado adolescente. Las niñas también pasan de primaria a bachillerato, pero ese no es un referente tan importante para ellas como la menarquia, por medio de la cual se hacen “señoritas” por efecto del valor que le otorga la cultura a dicho evento. En otras oportunidades y contextos hemos abordado el significado de ese pasaje para las muchachas, acá queremos poner de relieve algo que está pasando con los muchachos.

Desde hace más de quince años, en la educación media venezolana se observa que el abandono de la escolaridad y el bajo rendimiento académico se presentan con mayor frecuencia en los adolescentes masculinos. Es decir, muchos pasan al siguiente nivel, pero una vez que llegan no continúan. El primer año de educación media es para ellos un momento de bajo rendimiento, ausentismo y deserción de la escolaridad. Podemos considerar diversos factores, comenzando por la mala calidad de la oferta que el sistema educativo le hace a los adolescentes, pero la diferencia entre géneros debe llamar la atención.

Se pudiera decir que los muchachos salen a trabajar, pero la realidad es que tener un empleo estable no es lo más frecuente entre los adolescentes que abandonan la escolaridad. Salen de la escuela a la calle, escenario que desde muy pequeños les han hecho ver como el lugar que corresponde a los hombres. Ya no son niños y no ven el estudio como la vía para hacerse hombres, en estos casos la búsqueda de identidad choca con la escolaridad.

Muchos adolescentes y jóvenes se plantean así una vida en la calle que los expone a riesgos, los coloca en desventaja y los convierte en excluidos. En una supuesta carrera libre por hacerse hombres, quedan sometidos a ideales y pruebas de masculinidad que llevan al consumo de alcohol y otras drogas, accidentes viales, exposición a infecciones de transmisión sexual, diversas formas de violencia o la pertenencia a grupos de delincuentes.

La actividad escolar implica estar más tiempo en casa u otro espacio propicio, requiere el uso de capacidades cognitivas o lingüísticas, pone al individuo en la situación de reconocer que otras personas saben más y pueden tener autoridad sobre él. Muchos adolescentes han crecido apegados a una masculinidad que los hace entrar en conflicto con los lugares de vida y los roles dentro del sistema escolar, han aprendido a verlos como cosas de niñas de las que deben apartarse para cultivar una virilidad de calle, de acción física, de gobernarse solos creyendo que lo saben todo. Esta impostura encubre carencias, opciones cercenadas y limitaciones autoimpuestas; quienes viven en ella no ven la exclusión del sistema escolar como una pérdida sino como una ganancia en términos de libertad y prestigio viril.

Tal impostura es parte de un hacerse hombre mirándose en una imagen de privilegio, superioridad y poder dentro de relaciones de desigualdad con las mujeres. Esa imagen le viene al sujeto desde los otros a los que se vincula a lo largo de toda la vida, está en el conjunto de referentes simbólicos que marcan su existencia desde antes el nacimiento.  Desde muy temprano el sujeto queda cautivado y atrapado en esa imagen, queda detenido en ella, contemplándola y sosteniéndola ante los demás.

En la formación del yo, la identificación a una imagen va acompañada del proceso por el cual se hace de ella un objeto con investidura afectiva y libidinal. Al identificarse a una imagen idealizada, el sujeto la hace también objeto de un vínculo amoroso narcisista. Se constituye así un yo ideal que cumple una función de aportar al sujeto certidumbres en las cuales puede reconocerse, percibirse como una unidad con continuidad en el ciclo de vida, así como también aporta la vivencia de estar integrado y controlar los estímulos provenientes del mundo externo y del interior del cuerpo.

El yo se forma en el contexto de relaciones que involucran una identidad de género, la identificación con imágenes tomadas de otros involucra ideales de masculinidad y feminidad. Además de las figuras imaginarias idealizadas de las que hablamos en Rigidez de la grave postura, la formación de un yo masculino tiende a incluir los atributos y roles asignados simbólicamente a los varones. Se carga así al yo con rasgos tales como fuerza, poder, potencia sexual, control, insensibilidad, temeridad y rudeza. Lo que usualmente se asume como natural en el carácter de los hombres, en realidad se adquiere durante la niñez y la adolescencia por un proceso de identificación.

Lina Wertmüller (1976). Pasqualino settebellezze

Otro aspecto específico de la masculinidad se refiere a la investidura narcisista del yo. Cuando un individuo vive dentro de relaciones en las que ser varón otorga privilegios, poder y superioridad, es mayor la idealización que recae sobre su yo. Hay un excedente de narcisismo derivado de la identificación a los ideales y el ejercicio de los roles masculinos hegemónicos, es un dividendo que el sujeto extrae de las prácticas patriarcales. Esta plusvalía psíquica se convierte en objeto imaginario al que se aferra el sujeto pagando un costo en términos de esfuerzo psíquico para sostenerlo y angustia ante la amenaza de perderlo. A una mayor idealización narcisista corresponden más mecanismos defensivos para protegerla, así como un mayor desconocimiento de las realidades del individuo que no se corresponden con ella.

El yo ideal funciona como anclaje de los procesos represivos que operan en el sujeto. Por medio de la represión se rechaza de la conciencia, se remueve, se desaloja todo aquello que pueda entrar en contradicción con el ideal. Allí donde los atributos fálicos otorgados fortalecen la idealización narcisista, la represión opera sobre aspectos de la subjetividad que no encajan en ciertos ideales masculinos, tales como la interdependencia, la intersubjetividad, la vivencia emocional, la fragilidad, la sensibilidad, por mencionar sólo algunos. También son rechazadas del yo todas aquellas identificaciones que se pueden establecer con figuras significativas como la madre, la hermana, la maestra, la tía, la amiga o la pareja; todas son parte del sujeto pero quedan expulsadas del yo ideal. Lo excluido por la represión no desaparece, sigue ahí y el sujeto puede vivirlo como una oscura feminidad amenazante frente a la que levanta sus defensas. Se establece así una escisión en el sujeto.

La superficie de este modo de subjetivar lo masculino es la adherencia al territorio imaginario de la autosuficiencia, el desapego, la supuesta invulnerabilidad y la pose de mando. Esta cara de la masculinidad empuja a muchos adolescentes a la exclusión del sistema escolar, pero también se vincula a otras situaciones como, por ejemplo, la de todos los hombres que se excluyen de la atención en salud porque evitan reconocer un malestar y pedir ayuda a otra persona.

Sin embargo, toda esta superficie es sólo una pequeña parte de la subjetividad, debajo de ella se vive un gran esfuerzo por sostener la escisión, un gran malestar por el cercenamiento impuesto, una gran tensión que afecta la salud física y psicológica. En el fondo, gran parte de los hombres siente una profunda necesidad de romper con todo eso, cada uno sabe que una parte de sí está reprimida, no se ha podido expresar en su existencia, está a la espera de emerger, es una voz que quiere ser escuchada.

 

Nota

1.- Ley Orgánica de Protección a la Niñez y la Adolescencia

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