Revés de la masculinidad

Una aproximación psicoanalítica a la construcción subjetiva de lo masculino

  • La construcción subjetiva de lo masculino, tanto para los hombres como para las mujeres,

    ... lo que encubre, sus discontinuidades y ambigüedades, su complejidad y sus carencias como formulación acerca del ser. Tras la pretendida naturalidad de una supuesta esencia masculina están las brechas entre las realidades subjetivas y los estereotipos culturales, las cuales se traducen en tensión, desencuentro, conflicto, vacío existencial y patología. Abordamos el revés de la masculinidad, entendido como su reverso y también como su fracaso.
  • Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.

    Únete a otros 372 seguidores

Archive for the ‘Sexualidad’ Category

Ese oscuro objeto

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en septiembre 24, 2012

Son las cinco de la tarde en un barrio de Caracas, un joven sale de su casa y se dirige hacia esa esquina cercana en la que se reúne con sus compañeros de banda, mientras camina le complace sentir el peso de la pistola que carga oculta. No muy lejos de ahí, en la vía rápida, un padre de familia conduce irritado por el tráfico que no lo deja ir a toda velocidad en su potente vehículo. Este mismo hombre al llegar a casa ve desorden y desajuste por todos lados, se molesta, grita, le reclama a su mujer. Por su parte, uno de sus hijos, un adolescente de dieciséis años está en el cuarto molesto y discutiendo con la novia por teléfono, le reclama y la insulta cuando ésta le reitera que aún no quiere tener relaciones sexuales. Al hermano menor de esta muchacha le va mal en la escuela donde cursa quinto grado, lleva muy malas calificaciones y tiene problemas con las normas, él siente que en la escuela todos quieren mandarle y él no se va dejar, mucho menos de esa profesora que la tiene cogida con él. Esta profesora tiene un hermano que atraviesa una crisis con su esposa desde hace un año, a raíz de que ella empezó a trabajar y gana un sueldo que es casi el doble de lo que él gana, está angustiado e irritable, pero siente alivio cuando se reúne con sus amigos y sale a beber. En su trabajo este hombre tiene un jefe que dirige al personal dando gritos, humilla a los subalternos e insulta a cualquiera que exprese un desacuerdo, para éste el trabajo es su vida y también la fuente de ingresos con los que le gusta complacer a su esposa y sus hijos.

La costura que une todas estas historias está hecha de un hilo especial para atuendo de caballeros. Este hilo es el poder y con él se cosen experiencias de vida, costumbres, vivencias subjetivas y conductas con las que se hacen los hombres, en el marco de referentes culturales y relaciones sociales que instituyen posiciones de superioridad jerárquica, dominio y control de ellos sobre las mujeres. Este orden socio cultural basado en la hegemonía masculina atraviesa todos los aspectos de la vida humana, sustenta creencias y prácticas cotidianas en las cuales ser hombre y ser el que manda se presenta como un binario indisoluble. De acuerdo a esta masculinidad patriarcal, ser hombre es mandar en la familia, la sexualidad, la pareja, la producción y administración de bienes, el uso de la violencia. Es de hombres el dominio de las armas, del conocimiento, de la tecnología y de la conexión con la divinidad, pero no sólo eso, ser hombre es ser la imagen de Dios todopoderoso.

En muchos países esta hegemonía ha sido cuestionada, los imperativos patriarcales se han puesto en entredicho y se han logrado cambios sociales, culturales y políticos que han eliminado desigualdades. Sin embargo para muchas personas e instituciones sigue imperando la premisa según la cual lo normal es el dominio de los hombres sobre las mujeres, así como mucha gente siente alguna nostalgia de aquellos tiempos en que los hombres sí llevaban los pantalones y hacían valer su autoridad.

La asociación entre masculinidad y poder se mantiene viva en las subjetividades de hombres y mujeres, no como una ideología, sino como parte de procesos y estructuras inconscientes que se manifiestan en la vida cotidiana de los individuos. Así podemos empezar a comprender, por ejemplo, cómo es posible que parejas muy jóvenes repitan modelos machistas anacrónicos, o la fascinación que sienten muchas personas ante un-hombre-de-mando que abusa del poder sin límites ni pudor.

Donde hay hegemonía masculina podemos encontrar pactos de silencio y tabúes que la protegen. Hace falta perder el miedo y empezar a preguntarse ¿cómo se produce ese poder? ¿Cómo actúa? ¿Qué mecanismos usa para perpetuarse? Atreverse a poner en entredicho la idea de que el poder es algo que tienen los hombres como parte de su naturaleza. Sin darnos cuenta, damos por sentado que el poder es un atributo de los hombres, como si eso se llevara en las hormonas, los testículos, la estructura corporal, la cantidad de vello o en la nuez de Adán.

El poder no es un recurso natural acumulado en ciertas personas, grupos o instituciones, tampoco algo que baja de los cielos para que unos elegidos lo detenten. Es una producción social, es resultado de un tejido de relaciones en todos los ámbitos de la vida humana. Consiste en acciones que deciden la conducta de otros, existe siempre en el contexto de relaciones sociales e intersubjetivas y no como algo que se tiene o se acumula. Se suele decir, por ejemplo, que el dinero o las armas dan poder, pero el poder no está en esos objetos sino en las relaciones donde alguien hace uso de ellos para imponer a otros sus decisiones.

Las mujeres que han salido de relaciones con parejas violentas muestran por qué es importante dejar de creer en el poder como algo propio de la naturaleza masculina. En estos casos la mujer está consciente de que la pareja hace uso de mecanismos para dominarla, pero a la vez piensa que ese poder vino en el paquete de ese hombre, que le tocó así, que es por el carácter que tiene, porque es más astuto que ella o porque la ama intensamente. La mujer comienza a dejar de estar atrapada en el maltrato cuando cae en cuenta de que ese poder no es tan natural ni tan normal, que es ficticio en buena parte, que surge de una forma de relación y que ella sin saberlo ha contribuido a crear la imagen de un ser temible y todopoderoso. Cuando esto ocurre, la mujer se ubica de otra manera ante el maltrato y el agresor empieza a llevarse sorpresas porque ya no encuentra a la víctima que doblegaba.

En la subjetividad de los hombres la relación con el poder no surge de manera espontánea, es resultado de la manera como cada uno incorpora ideales, formas de relación y rituales patriarcales. Para ser hombre hay que demostrar poder, este mandato está presente en la vida de los varones desde la infancia, así como la angustia asociada a lo que podría pasar si no se cumple con él. Hacerse hombre bajo esas premisas conduce a padecer de una hipertrofia de todo lo asociado con la búsqueda, manejo y sostenimiento del poder, que genera tensión, sufrimiento y daños para sí mismo y para los otros. El poder se convierte así en un objeto imaginario para ser poseído, arrebatado o cuidado como un tesoro fálico que se teme perder. Atrapado en esa dinámica el sujeto puede llegar al punto de no ser capaz de relacionarse con los otros sin la mediación de ese objeto.

Cuando el poder se convierte en objeto que rige el mundo psíquico se vive en una pose narcisista, se carga el peso de una máscara que encubre la vulnerabilidad, las carencias y la necesidad recibir ayuda de otros. Detrás de rasgos de arrogancia se esconden seres que dependen de ilusiones ligadas al poder para sostener su autoestima, que viven temerosos de ser menos si no aparentan tener algún poder, así sea éste espurio, ilusorio, abusivo o delictivo. En el fondo esta es una posición de sumisión infantil a una amenaza imaginaria de castigo para quien no cumpla el mandato. Hay también los que se sienten poderosos porque en su realidad psíquica se han identificado con alguna figura encumbrada. Hay otros que se satisfacen mentalmente fantaseando situaciones de dominio sobre otros.

Un hombre que basa su existencia en dualidades como poderoso-vulnerable, dominante-sometido o superior-inferior, se mortifica pensando que no tener poder es estar castrado, angustiado se aferra a cuotas de poder con la pareja, los hijos, los alumnos, en las relaciones laborales, la práctica religiosa o las funciones gubernamentales. En ciertos casos, para tener poder el sujeto se apropia de una persona, un grupo, una institución o una comunidad a la cual tiene sometida, atemorizada y humillada. Dinámicas de este tipo son parte de los procesos que producen violencia intrafamiliar, escolar, política, delincuencial o carcelaria.

En las relaciones de los varones con el poder también hay conflictos, rechazo y sufrimiento. En todos los hombres encontramos brechas entre los ideales de dominio y la realidad del sujeto, así como otros deseos e ideales orientados a relaciones de equidad, solidaridad, cuidado mutuo y apoyo.

Es posible ser hombre sin estar atrapado en la moral y la estética del poder. Hace falta concebir lo masculino desde otros lugares, se puede tener respeto, amor y honor sin depender del ejercicio del poder. Esta apertura puede darse si se superan los tabúes y los temores a perder privilegios sobrevalorados. Es posible si se rescatan y aceptan aquellos aspectos de la propia existencia que fueron rechazados, si reconocemos que al final no es tal el poder que creemos tener sobre las mujeres, sobre nuestro cuerpo o sobre la muerte.

Desmontar las ficciones del poder nos coloca desnudos ante nuestras carencias y necesidades insatisfechas, nos revela incompletos e inacabados, sujetos deseantes y vulnerables. Significa renunciar al goce de la ficción de superioridad, dominio y control, pero abre la puerta a un mundo más amplio de satisfacciones.

Posted in Género, Masculinidad, Psicoanálisis, Relaciones de poder, Sexualidad, Terapéutica psicoanalítica, Violencia | Etiquetado: , , , , , | 13 Comments »

Atreverse a salir de la fila

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en mayo 22, 2012

Los héroes son todos jóvenes y bellos1, son siempre iguales a sí mismos, nunca cambian. Los héroes son una imagen congelada, bien sea que hablemos de los súper héroes de los cómics, de los guerreros homéricos o de los próceres de la nacionalidad. Aquiles murió joven, tenía otra opción lo sabía, pero eligió alcanzar la gloria en batalla. En la imagen de Bolívar no tiene cabida el deterioro que sufre el cuerpo de un hombre expuesto por casi veinte años a la intemperie de la guerra. Ésta no embellece a nadie, pero la pintan distinto en los relatos épicos, en los cuadros o en las películas.

Los héroes no cambian y una manera de realizar ese designio es con una muerte temprana. A ese dudoso honor de hombres armados sacrifican su vida muchos jóvenes que culminan con la muerte una breve carrera delincuencial.

Los héroes son solteros, libres, no atienden bebés, no necesitan cuidados porque flaquea la salud, no sufren, no tienen ninguna vivencia que los baje del pedestal en el que han sido encumbrados. Son una imagen fija, refractaria al cambio y al devenir.

En las sociedades de hace cien años, cuando la expectativa media de vida apenas llegaba a los 40 años, tal vez se notaban menos los cambios a lo largo del ciclo vital, pero hoy cuando esa expectativa se ha duplicado, tenemos la vida real en la que los hombres pasan por varios lugares de trabajo, éxitos, fracasos, uniones, separaciones, pérdidas, diferentes relaciones, pertenencia a varios núcleos familiares, variaciones en su respuesta sexual, emocional, en su salud o en sus motivaciones para vivir.

Pero la masculinidad construida sobre la base de la imagen de privilegio, superioridad y omnipotencia, se impone como muralla imaginaria contra el devenir, la transformación y el paso del tiempo. Cuando se cree haber alcanzado una manera de ser todounhombre, cualquier cambio en el guión parece una amenaza. Así tenemos hombres que viven la paternidad como una pérdida, otros que les espanta no estar disponibles para cualquier mujer si le son fieles a una, aquellos que se derrumban cuando una alteración de su situación laboral les hace sentir que no son proveedores o los que se aferran a conductas de reafirmación viril porque no quieren reconocer que envejecen. La vida da oportunidades para captar que las cosas no ocurren de acuerdo al guión señalado, sin embargo muchas subjetividades masculinas alzan defensas que impiden aprovechar esas oportunidades.

Las tribulaciones, peripecias y derrotas del caballero de la triste figura pueden ayudarnos a ver las implicaciones de usar vestiduras anacrónicas para hacerse hombre. Una construcción fantaseada en la cual el sujeto asume cabalgaduras, trajes y comportamientos que remiten a un pasado idealizado. Se usa ese pasado para legitimar la masculinidad emulando figuras de la historia familiar o social. ¿Hombres? Los de antes, esos sí eran, toca entonces parecerse o acercarse a ellos.

Cuando la vida se encuentra regida por el imperativo de mantenerse idéntico a un ideal de masculinidad, se experimentan grandes dificultades para emprender o aceptar cambios. Se vive así apegado a un  tiempo lineal, el futuro se ve como la prolongación de un instante actual definido por una imagen pretérita. Ese tiempo psíquico estático entra en conflicto con el devenir, los ciclos y el cambio incesante de la vida real, impide encontrar formas de vivir con menos malestar y más satisfacción.

Una masculinidad basada en la potencia fálica, el ejercicio del poder y la identificación a ideales de superioridad, supone el rechazo de aquellos aspectos de la subjetividad que entran en contradicción con esos referentes. Pero lo que fue rechazado en el sujeto sigue ahí, sigue siendo parte de él. Esto se puede convertir en una presencia inquietante, una fuente de conflictos, procesos defensivos y formación de sustitutos que hacen daño, pero se aprende a vivir con eso, a considerarlo natural e incluso a obtener ganancias de ello. El sujeto queda detenido en un tiempo pasado, convierte en algo fijo y naturalizado la solución fallida que se le dio a un asunto en un momento temprano de la vida. Aunque hayan caducado las condiciones que les dieron origen, los síntomas se mantienen en el tiempo sin modificarse.

Tal modo de vida es exitoso sólo en apariencia, en realidad pasa por crisis que pueden presentarse como ataques de pánico, episodios de violencia, accidentes por conductas riesgosas, consumo de drogas, ruptura de vínculos interpersonales o deterioro de la salud física. El individuo atribuye a la fatalidad o la mala fortuna las consecuencias de procesos que lo involucran pero desconoce, el cuerpo o los eventos externos hacen patente un malestar psíquico no reconocido.

Adentrarse en los procesos subjetivos abre caminos para el cambio, ayuda a superar la inmovilidad y la repetición compulsiva. Hay otras opciones, es posible el movimiento hacia nuevas realidades subjetivas si abandonamos la creencia de que los hombres son básicos y simples por naturaleza. También si tenemos en cuenta que lo masculino no se hace sólo aprendiendo conductas dadas por el entorno, decir que las subjetividades masculinas se conforman alrededor de las creencias y mandatos de un modelo hegemónico es sólo una parte del asunto. La subjetividad individual reproduce ese modelo, pero es mucho más que eso, abarca realidades inconscientes que perviven en el sujeto a pesar de estar en contradicción con los mandatos asumidos.

No todos los hombres definen su subjetividad por los patrones hegemónicos de masculinidad, no todo en las subjetividades masculinas responde a esos patrones. En ese no todo estriba una oportunidad de hacer la diferencia. Cada hombre tiene la opción de reconocer en su historia lo que ha marcado su masculinidad, de reconocerse como sujeto de los procesos inconscientes que la han conformado. Esto abre la posibilidad de concebir otras opciones válidas para cada uno y hacer elecciones en base a las mismas. Abre la posibilidad del cambio hacia otras maneras de vivir la masculinidad sin ataduras al ejercicio del poder, el privilegio o la violencia.

Poco hacemos con cambios culturales o políticos si todo sigue igual en la subjetividad. Tampoco nos ayudan las visiones moralistas o voluntaristas que conciben el cambio como la imposición de un deber ser, un ideal de ser mejores hombres que termina siendo sólo apariencia porque soslaya lo que ocurre en la realidad del sujeto. Los cambios impuestos sólo producen obediencia aparente y resistencia encubierta. Postular una masculinidad que sustituya la anterior, un hombre nuevo del siglo XXI, no sería más que actualizar el modelo hegemónico vigente y tendría implicaciones autoritarias.

Un cambio sería lograr trascender el asunto de ser o no ser hombre como referente central en la construcción de la subjetividad. Preguntarse por qué importa tanto ese asunto. En lugar de seguir preguntándose acerca de cómo ser más o mejor hombre,  llegar a plantear ¿cómo lograr que hacerse hombre deje de ser obstáculo al movimiento en la subjetividad?

Podemos también cuestionar la idea de la masculinidad como referente unitario, no vemos el cambio como la sustitución de un patrón hegemónico por otro. Tampoco buscamos héroes, de esos ya hemos tenido bastantes. Hace falta superar la unidimensionalidad, el pensamiento único, la identidad disciplinada y uniformada, para que no haya una sola forma de ser hombre, sino todas las posibles. Que tenga legitimidad la diferencia, la particularidad de cada uno en su manera de vivir y darle sentido a lo masculino, que todas esas posibilidades las vivan muchos individuos, pero que también puedan ser opciones para un mismo individuo en los diferentes lugares y momentos de su vida.

Fluir por diferentes experiencias y roles, en la calle, en el trabajo, pero también en la crianza de los hijos o en labores domésticas. Ser atendido y cuidado, pero también ser capaz de atender, cuidar a otros y sentir satisfacción en ello. Enterarse y experimentar que además de la ira existe un amplio espectro de emociones que se pueden sentir, nombrar, expresar y tomarlas como referente para la vida de todos los días. Atreverse a usar la empatía para ver al mundo y a sí mismo también desde un punto de vista femenino.

 

Nota

1.- “Gli eroi son tutti giovani e belli”, verso de la canción de Francesco Guccini La locomotiva

Posted in Masculinidad, Psicoanálisis, Relaciones de poder, Salud, Sexualidad, Terapéutica psicoanalítica, Violencia | Etiquetado: , , , | 14 Comments »

Cosas que imaginan los poderosos

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en abril 24, 2012

Los celos pueden estar presentes en las relaciones humanas, quien los siente desconfía, vigila, teme ser privado por otro de la posesión sobre un afecto o bien. En el contexto de las relaciones de pareja pueden convertirse en algo recurrente, obsesivo o incluso delirante. Se vuelven problema, sufrimiento y daño para la persona que es objeto de persecución, acusaciones y agresiones por supuestas infidelidades cometidas.

Mujeres y hombres pueden sentir celos, pero hay un trato diferencial que se le da al asunto de acuerdo al género de la persona celosa. Cuando es una mujer que cela a un hombre, suele desaprobarse su conducta como inadecuada y se le tilda de mala, loca, histérica o cuaima. Pero cuando es un hombre el celoso, lo más probable es que ocurra algo distinto, se le considera alguien de carácter fuerte que cuida lo suyo, que se está haciendo respetar como hombre ante conductas inadecuadas de su mujer. Ésta comienza a recriminarse, a elucubrar qué es lo que está haciendo mal, se impone restricciones en sus relaciones sociales o familiares. Tolera la situación a pesar del absurdo porque alberga la creencia de que tantos celos son signos de la intensidad del amor que le profesan, si tanto la cela es porque mucho la ama.

Como resultado se aceptan una serie de prácticas dañinas hacia a la pareja, haciendo invisible la violencia implicada en ellas. Se ve como algo muy natural que un hombre se enfurezca acusando de infidelidad a “sumujer”, se asume que su conducta responde al legítimo derecho de defender lo suyo y expresar una pasión respetable. La obsesión posesiva se esconde detrás del uso de la violencia, la pareja es objeto de amenazas, acoso, insultos, restricción de su libertad o agresiones físicas que pueden llegar al feminicidio. Lo que constituye una perturbación del pensamiento y las emociones, un síntoma de angustia, es asimilado al yo como una manera de ser de la que obtiene beneficios, que define su carácter de hombre de respeto. Esto ocurre en el marco de la desigualdad en las relaciones de poder entre hombres y mujeres.

En el artículo “Eso que se ve tan natural” hablamos de como la primacía otorgada al falo implica una posición de poder con respecto a la actividad sexual. Consideremos ahora la incidencia del poder en los vínculos sexuales masculinos, los significados atribuidos a la pareja y la relación que con ella se establece. Hay formaciones sintomáticas asumidas como comportamientos normales que encubren usos del poder y un mal trato implícito que se le imponen a la pareja desde una posición de hegemonía. En el caso de los celos, lo que tiene carácter de síntoma no es el sentimiento, sino el conjunto de prácticas que a su alrededor se tejen.

Desde esa perspectiva revisemos cómo son concebidas las mujeres en las subjetividades masculinas. Para quienes responden al mandato de demostrar potencia sexual, las mujeres son objetos de conquista, trofeos de colección. Además de esa, existen otras visiones que cosifican a las mujeres, las degradan y las conciben como objetos de apropiación y dominio.

Una forma de cosificación es la que reduce las mujeres a la condición de objeto parcial, fragmentos corporales que despiertan atracción, la mujer es vista como portadora de atributos físicos valorados como fetiches sexuales. Una versión extrema pero muy difundida de esta cosificación, se expresa en la denominación “culos” con la que muchos hombres se refieren en Venezuela a las mujeres de sus aventuras sexuales. Así se pueden escuchar cosas como “ayer salimos con unos culos”, “nos encontramos unos culos en la rumba”, “vamos a buscar unos culos”, “ando con un culo en la camioneta”.

Lo anterior corresponde a la imagen de una mujer fácil de baja condición, pero la cosificación tiene otra vertiente asociada a una imagen de mujer aparentemente idealizada: la figura materna. Muchos son los hombres que no ven en su pareja más que una madre, la que cuida a sus hijos y los cuida a ellos. Aquí se trata de una mujer valorada como objeto de dominio y servicio de acuerdo a los roles de género, la que hace lo que le toca, cuida y atiende las necesidades del hombre. Podemos verla en aquellos vínculos de pareja en los cuales el afecto está condicionado a que la mujer se someta y subordine al hombre. Una fantasía muy popular reúne un poco de todas las imágenes anteriores: una mujer perfecta salida de una botella sin otra voluntad que la de complacer todos los deseos de su hombre.

Tales formas de concebir a las mujeres se convierten en barreras para llegar a relacionarse con ellas, las mujeres reales quedan para muchos hombres como un continente desconocido y misterioso al que no logran aproximarse. En lo inconsciente se mantienen apegados a una visión de la feminidad como algo inferior, incompleto, que carece de lo que tiene un hombre, y a la vez como algo oscuro, amenazante que toca aspectos reprimidos de la propia subjetividad. El vínculo con las mujeres se ve afectado por un rechazo inconsciente a la feminidad en el que se mezclan el desprecio y la angustia. El ejercicio del poder se presta para encubrir esa dificultad, crea una ilusión de dominio autosuficiente que defiende de la angustia.

El manejo del poder crea barreras para la relación de pareja en quienes asumen que ser hombre implica ejercer dominio sobre las mujeres, ya que eso les produce dificultades para la negociación, la solidaridad, la aceptación de diferencias que requiere el vínculo amoroso. Les cuesta ver a la pareja como una persona que siente, piensa y desea por sí misma. En otros casos vemos hombres cuya dificultad es mantener un compromiso amoroso, porque en el inconsciente lo viven como amenaza a una posición de control sobre la pareja y sobre las propias emociones. El sujeto se encuentra atrapado en un conflicto entre el poder y el amor al que percibe como vulnerabilidad, esto puede llevar a algunos a obsesionarse con la posesión y la anulación de la pareja como prácticas de poder que soslayan la dimensión del deseo y la del amor.

El uso naturalizado del poder contra las mujeres está en la base de la violencia masculina en la pareja. En ella el rechazo a la feminidad llega al extremo de la destrucción física y psicológica de la mujer. Es común interrogar y sospechar patologías en las mujeres que denuncian la violencia de sus parejas, así como también omitir las preguntas acerca de la subjetividad de los agresores, de las posiciones subjetivas que los hace proclives a repetir compulsivamente patrones de violencia.

Un lugar común muy difundido es el que define la violencia masculina como un problema en el manejo de la ira. Los maltratadores son los principales partidarios de este punto de vista ya que concuerda con excusas tales como “fue un impulso”, “lo que pasa es que ella me hace perder el control” o “no sé cómo pudo pasar”. Si nos quedamos sólo con ese lado del asunto caemos en el engaño simplista de “resolver” el problema ayudando al agresor a controlar su ira con mensajes por el estilo de “toma una pausa, deja que la ira pase, qué sencillo es no pegarle a tu mujer”.

La ira no es la causa del problema sino una expresión más del mismo, es necesario plantearse de dónde sale, por qué se considera normal sentirla hacia la pareja, qué tensión interna es la que emerge a través de ella pero se encubre con agresión. El maltratador suele culpabilizar a la pareja percibiéndola como fuente de amenazas de las que tiene que defenderse con violencia. Esto es por una parte una racionalización sustentada en el uso del poder contra la mujer, pero en muchos casos es también resultado de procesos defensivos: se usa el ataque a la pareja para encubrir y evadir un asunto inconsciente del propio sujeto. Por medio del ejercicio del poder, se somete a la mujer a la violencia para acallar un conflicto psíquico angustiante y rechazado.

La violencia de los hombres que maltratan a sus parejas no es un evento aislado, es un síntoma en el cual se tejen referentes de la cultura con los procesos inconscientes, en el que se encubren las contradicciones, tropiezos y malestares de quienes viven aferrados a la hegemonía en el poder. El ejercicio naturalizado de la violencia aporta una ficticia ganancia de seguridad, control y dominio pero bajo esa superficie están los elevados costos que pagan los mismos que la ejercen. Van en esa cuenta la pérdida de vínculos personales, el deterioro de la salud física, la angustia sin salida, la sombría depresión, la soledad y el vacío existencial.

Posted in Género, Masculinidad, Psicoanálisis, Relaciones de poder, Salud, Sexualidad, Violencia | Etiquetado: , | 17 Comments »

Eso que se ve tan natural

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en marzo 14, 2012

 Cuando se habla de las dolencias en la sexualidad masculina surgen de entrada las disfunciones en la erección, la eyaculación o el orgasmo, así como las técnicas, fármacos o aparatos para recuperar el uso de la función sexual. Esto es parte de una concepción que confunde la sexualidad con el funcionamiento del órgano genital y ve a los hombres como poseedores un instinto sexual incontenible, que los lleva a estar siempre dispuestos para el coito. Se vive lo sexual como la satisfacción de necesidades fisiológicas supuestamente mayores en los seres masculinos, se reduce la sexualidad a lo genital, se sobrevalora el órgano sexual como punto de partida, medio y fin, todo comienza y todo termina en el uso del pene.

Nos adentramos en un territorio donde se asume que el varón es rey, se mueve a sus anchas, está en lo suyo, lo que más le gusta y domina. Una cobertura de libertad, éxito y facilidad para el placer constituye la cara pública de la sexualidad masculina. Pero bajo esa cubierta están todas esas vivencias que no se cuentan a los amigos, las realidades silenciadas porque “¡qué pasaría si se enteran!” Son las vivencias de los hombres que no se sienten libres o que no sienten placer con lo que parece gustarle a los otros, los que saben que no están siempre listos y que no siempre tienen ganas, las vivencias de aquellos a los que no les va bien con las mujeres, los que no logran tener una pareja estable aunque la quieren, los que han sufrido traumas, las vivencias de los adolescentes que se lanzan a la aventura entre el temor a lo desconocido y el mandato de demostrar virilidad.

Una realidad patente, pero de la que poco se habla es el éxito comercial que tienen los fármacos para inducir la erección. ¿Es tan frecuente la disfunción eréctil? ¿Tantos son los hombres que la padecen? Si respondemos afirmativamente debemos pensar que los reyes de la fiesta no la están pasando tan bien como parece. Pero aquí hace falta ver más allá del problema mecánico y plantear que tras este consumo se esconden inseguridades acerca del deseo o el desempeño sexual, angustias por probar la virilidad a través del ejercicio del coito y la potencia del órgano.

Muchos hombres se ven inmersos en una sexualidad en la cual la compulsión sustituye al ejercicio del deseo a través del consumo de prostitución, pornografía, drogas para estar a tono y encuentros ocasionales. La angustia por probar la potencia viril puede llevar a una búsqueda compulsiva de encuentros sexuales que no aportan mayor satisfacción, dejan más bien secuelas de insatisfacción y sentimientos de vacío. Sin embargo, esto está muy difundido, se asume como normal, como algo propio y natural de la masculinidad.

Lo que parece exitoso encubre fracasos, muchas prácticas que se asumen como lo normal son fuente de malestar, lo que se sale de lo común y hegemónico se ve como algo raro, desviado, que no marcha bien. Encontramos ejemplo de esto en los prejuicios por los cuales cuando se trata de hombres homosexuales, se buscan anomalías en su sexualidad, se pone en cuestión qué les pasó para que sean así, pero cuando se trata de heterosexuales se ignoran los aspectos de su vida sexual que involucran riesgo, insatisfacción, daño a sí mismo o a otros.

Hace falta reconocer las dolencias presentes en las prácticas sexuales más frecuentes de los varones, las cuales no son conductas naturales, tampoco simple aprendizaje de patrones, son resultado de procesos inconscientes en los que la subjetividad individual se apropia y le da contenido a los referentes culturales, procesos que  implican rechazo y soslayo de aspectos de la sexualidad que no concuerdan con ciertos ideales. Si vamos más allá de lo aparente y atendemos al sentido inconsciente, veremos que muchas prácticas naturalizadas tienen el carácter de síntomas1, es decir son expresión de asuntos inconscientes, sustitutos de procesos subjetivos bloqueados, conflictos latentes y procesos de defensa.

La reducción de la sexualidad masculina a lo genital es un resultado sintomático de conflictos y defensas ante las emociones que despiertan los vínculos, la otredad de lo femenino, la intersubjetividad y la diversidad. Aunque se ha asumido como lo natural, en el fondo la genitalización es un síntoma de posiciones subjetivas aferradas ansiosamente a una reafirmación fálica que obstaculiza el acceso a la actividad sexual como intersubjetividad, favorece el rechazo de la diversidad y el repudio de todo goce no regido por el órgano sexual masculino. Bajo la primacía del falo la actividad sexual se vuelve carrera por alcanzar resultados, el cuerpo instrumento, la pareja cosa, el sexo un consumo. La supuesta sexualidad desinhibida, libre e incontenible esconde un empobrecimiento de la capacidad para el disfrute y una restricción de la vida emocional.

La significación otorgada al falo no está dada por la naturaleza, ni por la función del órgano sexual masculino, es resultado de una atribución simbólica. El órgano genital se usa como significante para representar el poder del varón en las relaciones entre géneros y los privilegios en el acceso al goce sexual vinculados culturalmente a la masculinidad. Adquiere ese valor simbólico de lo que se transmite en el lenguaje, así como de experiencias y prácticas cotidianas. Por ejemplo, en los cuidados que reciben los bebés es notorio el trato diferencial dado a los órganos sexuales, los penes y testículos son objeto de expresiones admirativas y manipulaciones juguetonas, mientras que las vulvas de las bebés ni se nombran y mucho menos se andan tocando. Desde muy temprano el falo es colocado como referente privilegiado de la sexualidad, metáfora del poder y el goce, no tenerlo sería terrible, la valoración que recibe es proporcional a la angustia de perderlo o no poder demostrar tenerlo.

La actividad sexual sigue siendo objeto de una doble moral en nuestro contexto social. Para los hombres tener relaciones sexuales es algo permitido, aplaudido y esperado. Para las mujeres tener relaciones sexuales sin estar casadas bordea lo ilícito, aquellas que acumulan experiencias sexuales o buscan el sexo por placer son objeto de juicios negativos. En los hombres ocurre lo contrario, se espera que tengan experiencia y que se inicien sexualmente, quienes no cumplen con esta condición son objeto de sospecha y señalados como raros, poco hombres o afeminados. El aparente privilegio de una sexualidad sin prohibiciones oculta el mandato de tener relaciones sexuales para demostrar virilidad ante la familia, los amigos, las mujeres. Cuando pueden atreverse a contar cómo fue su primera vez, la gran mayoría de los hombres narra historias de iniciación sexual que definen como traumáticas, terribles o desagradables, en las que se sintieron bajo presión y con temores a la reprobación en caso de no salir airosos de la empresa.

Podemos entender ahora que el supuesto instinto sexual insaciable de los hombres no es sólo un mito, es también un síntoma, una formación del inconsciente que resulta de los conflictos y angustias que surgen de una práctica sexual vivida entre mandatos sociales y amenazas de sanción humillante. Es un síntoma que dice a la vez una verdad encubierta: algo ajeno al sujeto decide por él.

Si vamos al ámbito de las relaciones de pareja, encontramos muchos hombres que las viven produciendo una escisión del vínculo sexual, separan el goce y el amor convirtiéndolos en términos mutuamente excluyentes. Oscilan entonces entre dos tipos de relación, por un lado tienen las que privilegian el goce sexual con parejas a las que atribuyen algún rasgo que las degrada y las hace indignas de amor, por otro lado tienen las relaciones donde declaran amor por sus parejas pero las consideran insuficientes en cuanto al goce sexual. Con la que aman no encuentran tanto goce y con la que gozan no logran sentir amor. Esta escisión inconsciente se repite de manera inadvertida y se vincula con otros síntomas como la infidelidad compulsiva, en la cual son recurrentes las relaciones paralelas que el hombre busca, justifica e incluso ejerce el poder para imponer que la pareja las tolere. En el trasfondo de esta escisión de la vida erótica se encuentra una posición inconsciente en la que se dificultan los vínculos con las mujeres porque el sujeto se debate entre dos imágenes, por un lado la madre, ser idealizado que procura cuidados y por el otro un objeto de conquista devaluado moralmente que remite a la mujer fácil o la prostituta.

Nos hemos adentrado en un territorio protegido por tabúes, revisamos vivencias subjetivas de la sexualidad encubiertas por un manto de silencio, negadas por el temor al qué dirán. Cuando los hombres pueden hablar acerca de sus vivencias de la sexualidad sienten alivio porque sueltan la tensión que produce sostener las imposturas fálicas, dejan fluir pensamientos y emociones bloqueadas y encuentran la posibilidad de abrirse a otras visiones, dar cabida a otras experiencias, concebir otras maneras de vincularse, apropiarse de su deseo y decidir por sí mismos.

NOTA

1.- No hablamos aquí del síntoma en su sentido médico como fenómeno que indica la presencia de una enfermedad, sino como un fenómeno subjetivo producto de procesos inconscientes, que expresa un conflicto psíquico, es sustituto de procesos psíquicos que no logran hacerse conscientes.

Posted in Género, Masculinidad, Psicoanálisis, Relaciones de poder, Salud, Sexualidad, Terapéutica psicoanalítica | 17 Comments »