Revés de la masculinidad

Una aproximación psicoanalítica a la construcción subjetiva de lo masculino

  • La construcción subjetiva de lo masculino, tanto para los hombres como para las mujeres,

    ... lo que encubre, sus discontinuidades y ambigüedades, su complejidad y sus carencias como formulación acerca del ser. Tras la pretendida naturalidad de una supuesta esencia masculina están las brechas entre las realidades subjetivas y los estereotipos culturales, las cuales se traducen en tensión, desencuentro, conflicto, vacío existencial y patología. Abordamos el revés de la masculinidad, entendido como su reverso y también como su fracaso.
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Posts Tagged ‘cultura de paz’

Para ser parte de una travesía

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en agosto 5, 2015

Decir que hay al menos un caso en el que elegiríamos actuar con violencia, no niega el principio de la no violencia, lo que hace es mostrarnos la importancia de nuestro juicio ético y el deber de revisar cómo nos ubicamos en la realidad en que vivimos.

Nos hace falta revisar y cuestionar todo el sistema de ilusiones, creencias y racionalizaciones que nos llevan a pretender que aunque la violencia es mala, y la de otros peor, la mía es buena y necesaria para alcanzar fines nobles. Hay mucha gente por ahí que denuncia y ataca la violencia de otros pero desconoce, oculta y niega la propia violencia o la de aquellos con los que comparte una creencia, ideal, religión o partido. La masculinidad para muchos se construye con un especial apego a sistemas de ilusiones que legitiman la violencia.

La ética es ese terreno de la libertad en el que evaluamos los móviles, los medios, los fines y las consecuencias de nuestras acciones para elegir entre la violencia y las infinitas opciones que se abren si renunciamos a ella. Frecuentemente esa libertad está coartada por códigos morales que imponen la violencia como ley en situaciones prescritas por una autoridad (Dios, el líder, el partido, papá, los panas, la patria, entre otras) y contra seres definidos como merecedores de castigo o aniquilación. Códigos de este tipo los hay en Occidente y Oriente, forman parte de religiones, ideologías políticas, grupos e instituciones que nos ofrecen salvarnos del mal. Asumen un supuesto fatalista que en el fondo es muy cómodo, con el que pretenden saber ya de antemano cuáles son esos casos en los que se debe ser violento, basándose en la palabra divina, en que “siempre ha sido así”, en la revelación, en tener la razón o en la creencia de ser guardianes del bien. Con códigos morales se justifican cosas que van desde la nalgada a tiempo en la crianza o el golpe oportuno a la mujer indócil, hasta el exterminio de masivo de seres humanos y la destrucción sistemática de la naturaleza.

Aceptar que la violencia sería una opción posible es muy distinto de sostener religiosamente la premisa de que la violencia es necesaria. Rechazar esa premisa no es caer en la pasividad o la resignación. Generalmente reaccionamos a la violencia con conductas que sólo contribuyen a reproducirla, hacemos daño en respuesta al daño que nos han hecho. Pero lo que aparentemente nos ayuda a sobrevivir nos hunde más en lo que nos destruye. En estos casos no estamos logrando acciones que realmente cambien las cosas, debemos ir al fondo de la interdependencia que produce la violencia. Se requiere fuerza, pero no la del individuo aislado, sino la de una colectividad organizada para desmontar la violencia desde los procesos estructurales y culturales que la producen. Desde nuestro limitado punto de vista solemos atarnos a fatalidades que nosotros mismos construimos. Nos sentimos obligados a responder a circunstancias que se nos han impuesto y nos dejan sin alternativa, sin percibir que somos partícipes inconscientes de la producción de esas circunstancias.

Nuestras prácticas cotidianas  pueden orientarse hacia una apertura de horizontes, un vaciamiento de ideas preconcebidas y un desarme mental que llevan a trascender los modos convencionales de estar en la realidad, comprender las causas del sufrimiento y contribuir a su superación.

Aquí concluyen la reflexiones suscitadas por la pregunta de Gabriel Padilla, que he venido compartiendo en Sin miedo a elegir y en Otra vía de acción. Como dije al comienzo, son propuestas para ahondar la comprensión, una invitación a continuar el diálogo y realizar una travesía.

Twelve wiews of landscape. Xia Gui (1180-1230)

 

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Otra vía de acción

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en julio 22, 2015

 

Landscape with a SolitaryTraveler. Yosa Buson (circa 1870)

 Apreciado amigo, tu pregunta me da pie para afirmar que elegir no pelear y cuándo no hacerlo es ganar libertad. Renunciar a la violencia en nuestras prácticas cotidianas es ganar la posibilidad de optar por formas de relacionarnos y modos de vivir en sociedad que nos aporten más bienestar y menos sufrimiento, más disfrute y menos dolor. El no a la violencia va más allá de cómo resolver una situación particular, se refiere a la construcción de la realidad en que vivimos, a la calidad de los vínculos humanos, a las condiciones de vida que ofrecen las sociedades. Por eso, renunciar a la violencia no es quedarse en la contemplación, la pasividad o la indefensión. Seguimos la vía de la acción no violenta asumiendo a plenitud nuestra fuerza y nuestra capacidad de lucha.

Renunciar a la violencia no es rehuir ni negar el conflicto, al contrario, la acción no violenta se propone ir al fondo del mismo, encararlo y buscar soluciones que integran, reconcilian, sin vencedores ni vencidos. La experiencia psicoanalítica nos devela los modos en que evadimos el conflicto creando patologías en lugar de aceptarlo y ocuparse de su solución. El conflicto es parte de la existencia, no debemos vivir ajenos a ese hecho, pero junto con eso debemos superar las creencias que nos han llevado a confundir conflicto con pelea y guerra. Vivimos en entornos sociales que promueven la violencia como modo de responder a los conflictos, pero en realidad esta opción no los resuelve ni los supera, sólo crea la  ilusión de hacerlos desaparecer destruyendo o haciendo huir al otro. Esto opera de manera análoga y en consonancia con los procesos de defensa inconscientes que se activan ante los conflictos psíquicos. Los conflictos son parte de las relaciones humanas, la violencia no los resuelve, pasa por encima de ellos, los deja abiertos, crea otros nuevos y da origen a patologías y sufrimientos.

Asumimos la acción no violenta sabiendo que la violencia es una posibilidad, una opción entre otras, esto implica aceptar que somos capaces de recurrir a ella y sentimos impulsos que nos mueven a ejercerla o a aplaudir cuando otros son violentos. Si renunciamos a la violencia no es para presumir de una pureza que nos haría superiores, ni por cobardía o debilidad. Renunciamos a ella asumiendo plenamente que somos capaces de ser violentos, que lo hemos sido más de una vez y que hay circunstancias en las que podríamos considerar la violencia como opción. La no violencia es un principio que orienta nuestra acción, que nos abre una vía, pero al igual que todo principio, no basta por sí solo para responder a toda elección. Sabiendo que no descartamos la posibilidad de optar por la violencia en alguna situación, tomamos la vía de la acción no violenta comprendiendo que ella requiere compromiso responsable, trabajo y disciplina para hacer muchos cambios en nuestra realidad personal, familiar y social.

 Esta es la segunda parte de la respuesta a mi amigo Gabriel Padilla iniciada en la anterior publicación: Sin miedo a elegir. Próximamente compartiré la tercera parte. 

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Sin miedo a elegir

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en julio 17, 2015

 

Xia_Chang-Clear_Wind_on_the_Qi_River

Viento claro sobre el río Qi. Xia Chang

 

Hace algo más de dos años, a propósito del artículo Ganar la libertad de renunciar, mi amigo Gabriel Padilla me envió desde Bogotá estas preguntas:

¿Cómo lee el psicoanálisis la vuelta que le da la cultura asiática a la cuestión de la violencia? No es una sola, ciertamente, pero se pueden detectar algunos trazos predominantes.
A veces ese soltar y renunciar implica elegir las batallas, vale decir no solo cuándo pelear o discutir, sino especialmente cuándo no hacerlo. ¿No es posible que en otras ocasiones ese soltar y renunciar también se traduzca en un no resistirse a lo que sea que venga (incluida la posibilidad del conflicto)?

Le respondí de inmediato agradeciendo sus preguntas, le ofrecí escribirle luego. Pero ese luego se convirtió en una larga pausa de casi dos años. Hace pocas semanas le envié una respuesta, la comparto en este espacio en tres partes, a continuación va la primera.

clear wind strong bambú

“Viento claro, fuerte bambú”. Xia Chang

Apreciado Gabriel

Luego de varios meses te escribo en relación con tu pregunta. Pude haberte respondido hace tiempo que en la misma pregunta está la respuesta: no podemos excluir que hay ocasiones en las que pelear es una opción.

Pero apenas planteada, esa afirmación fácil, me sonó simplista y demasiado cómoda. Me parece también que tu pregunta condensa varios aspectos que merecen ser considerados. Por otra parte, dado que centras la cuestión en el plano de las elecciones, me pareció relevante plantear cómo abordar este asunto sin caer en el cinismo de decir que al final todo vale, que “todo es igual nada es mejor”, como diría Discepolo.  Lo que planteaste me ha movido a reflexionar, tomar notas, conversar en clases y talleres. Si no fuese por la distancia geográfica hace tiempo te hubiese propuesto encontrarnos para conversar y trabajar estos temas en el telar del diálogo. Me tomé el tiempo y llegó el momento de poder escribirte, no con respuestas acabadas, completas y finales, sino con propuestas para ahondar la comprensión. Es un asunto que debemos mantener en permanente elaboración, no existen respuestas definitivas al respecto.

Con claridad señalaste que “soltar y renunciar implica elegir”. Subrayo que se trata de renunciar a lo impuesto, a lo que hacemos por miedo a ser juzgados, a ese apego que tenemos por conductas, identidades o roles que nos han sido transmitidos. Se trata de parar de hacer algo que hemos venido haciendo de manera compulsiva y forzada, ignorando que existen otras opciones. Para ser capaces de elegir debemos primero soltar las ilusiones acerca de lo inevitable, el único camino y la fatalidad.

Para elegir hay que tener opciones, para lo cual se requiere apertura y aceptación de otras maneras de ver una realidad y de otras acciones que son  posibles dentro de ellas. Esta es una condición que nos hace libres para elegir. No poseemos un libre albedrío natural, nacemos sujetados y vivimos inconscientemente en ese estado. La libertad que nos da poder de elegir surge cuando reconocemos ataduras a las que respondemos sin saber y somos capaces de desprendernos de ellas. Al hacer esto logramos desechar condicionamientos externos que habíamos tomado como parte de nuestra naturaleza.

En nuestra sociedad, en este momento histórico tenemos el reto de ayudar a que cada vez más personas, familias, grupos, instituciones y estados sean capaces de optar por no ejercer la violencia ni vivir dentro de ella. Optar por formas de convivencia basadas en la construcción de paz y no en la destrucción del otro. Al hablar de masculinidad esto toma especial relevancia, porque hemos sido los varones los más sujetados al ejercicio de la violencia y los que tenemos mayores temores para desprendernos de ella.

Continuará en la próxima publicación del blog

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En el tejido de la violencia

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en junio 29, 2015

Reticulárea. Gego 1969

Reticulárea. Gego 1969

La violencia se ha vuelto cotidiana y se ha convertido en motivo de sufrimiento en todos los ámbitos de la sociedad venezolana. La comprensión de tal realidad y la propuesta de salidas requieren que tengamos en cuenta sus vinculaciones a la construcción de la masculinidad. Como agresores y también como víctimas, los varones son protagonistas de graves problemas sociales y de salud pública asociados a hechos violentos.

La violencia no existe por sí sola ni se reduce a un conjunto de hechos visibles, es un tejido de estructuras, procesos y prácticas, una amplia red de interdependencias que involucra vínculos sociales y subjetividades. No hay ningún factor al que por sí solo se le pueda atribuir la causa de la violencia. Ésta, al igual que otras realidades humanas, es resultado de una combinación de factores predisponentes y desencadenantes anudados en posiciones subjetivas. La violencia es una realidad que responde a múltiples causas, debemos abordar su complejidad desde múltiples perspectivas y con múltiples conocimientos.

Bajo estas premisas les propongo aproximarnos a las relaciones entre la violencia y la construcción de la masculinidad. No les planteo una relación causal que excluye otras, pero sí tener presente que la ligadura entre masculinidad y violencia no es circunstancial ni se reduce al papel protagónico de los hombres en los hechos violentos. La construcción social y subjetiva de la masculinidad incide en la producción de la violencia a través de procesos que se encuentran naturalizados, legitimados e invisibilizados. Esta visión no nos dará una explicación final de la violencia,  pero es una perspectiva necesaria de la que no debemos prescindir en el análisis de cualquiera de sus formas.

Podemos plantearnos el análisis de la violencia y el ejercicio del poder como parte de la construcción de la masculinidad dentro del modelo cultural hegemónico en nuestra sociedad. Muchas de las acciones en respuesta a la violencia soslayan esto e incluso legitiman valores y prácticas que la promueven como un modo de vida para reafirmar imposturas de virilidad. El asunto nos interesa más allá del contexto clínico, tiene relevancia en la acción de docentes, comunicadores, profesionales de la salud, líderes de comunidades religiosas y organizaciones políticas, madres y padres. Tenemos que resignificar la violencia a partir de sus vínculos con la construcción de lo masculino, sea que nos ocupemos de violencia intrafamiliar, de pareja, escolar, laboral, policial, delincuencial, carcelaria, bélica o política.

RVEM 43Las líneas anteriores son extractos del artículo El tejido de la violencia en el revés de la masculinidad publicado a finales de 2014 por la Revista Venezolana de Estudios de la Mujer. Este trabajo continúa y profundiza los temas abordados en anteriores publicaciones del blog como Ocultos detrás de la ira y Ganar la libertad de renunciar. Puede ser un recurso útil para promover la reflexión,  sustentar investigaciones y concebir vías de transformación individual y colectiva. Agradezco al Centro de Estudios de la Mujer de la Universidad Central de Venezuela por darle cabida a este tema en su revista semestral.

 

Pignatiello, A. (2014). EL TEJIDO SUBJETIVO DE LA VIOLENCIA EN EL REVÉS DE LA MASCULINIDAD. Revista Venezolana De Estudios De La Mujer, 19(43). Consultado de http://saber.ucv.ve/ojs/index.php/rev_vem/article/view/7981/7891

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¿Dónde andabas?

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en junio 5, 2015

Piazza incontro opportunitá

Casi dos años han transcurrido desde que apareció en el blog la entrada anterior. Varias personas me han preguntado ¿qué pasó?, me han expresado su espera de leer nuevas publicaciones. Les agradezco su interés, así como el de muchas personas que leen y han comenzado a seguir este blog en todo este tiempo. Están pendientes algunas respuestas a interesantes comentarios que me han hecho llegar.

Tomé una larga pausa, lejos de la experiencia solitaria de escribir, por estar dedicado a la labor de acompañar a otras personas que se han propuesto reflexionar sobre la construcción de lo masculino en su vida cotidiana. Dejé los botes con las velas recogidas y en aguas tranquilas, para recorrer caminos que me han llevado a conversar sobre el revés de la masculinidad en diferentes localidades de Venezuela: Caracas, Maracaibo, Cabimas, San Cristóbal y Guasdualito.

Por esta ribera del Arauca

Por esta ribera del Arauca

En todos estos lugares encontré hombres y mujeres con interés en reflexionar acerca de los modelos de masculinidad impuestos en nuestra sociedad, en reconocer el sufrimiento que producen y en emprender vías de transformación individual y social.

Poco hacemos si nos conformamos con bellas teorías o escritos críticos y no caminamos por el campo. Atender el campo es labor cotidiana. Es concertar con otros acciones acerca de nuestras experiencias subjetivas y prácticas sociales. Acción que parte del ejercicio de la palabra en espacios de diálogo, para abrirnos a nuevas perspectivas de vida, para ponerle nombre a realidades encubiertas. Acción que transforma esas realidades porque se transforman los sujetos que son partícipes de ellas.

Taller en Guasdualito organizado por HIAS

Taller en Guasdualito organizado por HIAS

En CECODAP

En CECODAP

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En San Cristóbal

En este campo he visto involucrarse a profesionales de diversas disciplinas como educación, psicología, medicina, derecho, trabajo social, sociología, administración e ingeniería, entre otras. También artistas, funcionarios judiciales y policiales, docentes de todos los niveles educativos, estudiantes, padres, efectivos de las fuerzas armadas, gerentes de empresas, líderes comunitarios, activistas de la sociedad civil organizada, dirigentes políticos e investigadores de pre y post grado.

Han participado en talleres, charlas, seminarios y asignaturas universitarias. En esos espacios le hemos dedicado especial a tención a la masculinidad en relación con la violencia en diferentes ámbitos, con las relaciones familiares y con el ejercicio de la paternidad. Nuestra realidad social ha hecho relevante y necesario abordar esos temas.

Aprovecho para expresar mi gratitud y admiración a las personas que han participado en esos espacios. En todas he encontrado el compromiso de continuar abriendo surcos y echando semillas para que florezcan nuevos modos de vivir lo masculino, para cosechar valores y prácticas de paz.

 

 

 

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Ganar la libertad de renunciar

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en junio 25, 2013

Watanabe Shotei, Botes en la niebla

Hay hombres que quieren sacar de sus vidas la violencia porque perciben sus consecuencias en ellos mismos y en quienes les rodean. No son pocos, son muchos más de lo que se piensa, pero esa aspiración algunos la viven como un deseo que no se atreven a decir en voz alta, otros piensan que sería bonito pero no creen que se pueda realizar, otros ven la violencia como algo inevitable en la lucha por la sobrevivencia. Al final del cuento terminan asumiendo que es algo de lo que no se puede escapar, que sería cobarde evitarla y que tarde o temprano no queda más remedio que recurrir a la violencia en las relaciones con las mujeres, con otros hombres, con los hijos, los compañeros de trabajo, la gente que se cruza  en la calle o la que acude a un centro de estudios. ¡Hemos escuchado tantas veces el falso realismo de quienes se conforman con pensar que sería bonito vivir sin violencia pero eso es imposible!

Venimos de historias sociales y subjetivas en las que ha imperado la imagen de hombres poderosos llamados a usar la violencia contra alguna expresión del mal, para salvarnos de enemigos temibles o para llevarnos a un porvenir de luminosa felicidad. Esa tradición nos presenta la violencia como algo necesario, un camino inevitable, un deber y un derecho asignados a los varones. Eso nos lleva a creer que los hombres que rechazan la violencia están faltando a una obligación o son cobardes.

Desde la infancia mujeres y hombres nos hemos sometido al axioma de que masculinidad y violencia son cosas indisociables. Para salir de esta trampa hace falta emprender cambios en la manera de relacionarnos, el modo de vida, la imagen que tenemos de los otros, la forma en que procesamos nuestras emociones y lo que hacemos con nuestras angustias recónditas. Es decir, no se trata de parar la violencia con más violencia, sino ocuparnos del entramado social y subjetivo que la produce.

Heracles contra el leon de NemeaNos engañamos suponiendo que dentro del ser masculino la violencia es innata, inevitable, intrínseca e indispensable. Asumimos que es innata, es decir que quien viene al mundo con pene y testículos entre las piernas nace con inclinación a la violencia. Esta ilusión nos coloca inermes ante una realidad que se presenta oscura y sin escapatoria, algo que está ahí y no se puede cambiar. Muchos hombres imaginan que dejar la violencia sería como una castración.

Cuando la suponemos inevitable entramos en el fatalismo y creemos que no ser violento es malo y contrario a la naturaleza,  de modo que el que no es violento es mal hombre o falla en su deber de hacerse respetar. En el fondo esto es estar sometido a un código moral que impone un “debes ser violento o de lo contrario serás castigado”.

Creer que por ser varón la violencia es intrínseca al individuo nos lleva a ignorar que ésta se hace entre muchos, que va más allá de vivir un momento de ira. La violencia la tejemos en muchas acciones cotidianas, roles, identidades y relaciones  de poder. Por eso no basta con decir “yo no soy violento” y desentenderse de lo que pasa alrededor.

Con mucha frecuencia promovemos la violencia porque la consideramos necesaria para sobrevivir, esto lo podemos encontrar en ámbitos tan dispares como la actividad política, el medio escolar, la calle o la relación de pareja. En cualquiera de esos ámbitos encontramos Pignatiello, Sara (2011) justificaciones para usar armas físicas, verbales o psicológicas para defendernos de supuestos peligros para nuestra integridad. Pero en verdad, lo que estamos protegiendo no es más que el narcisismo de nuestro ego inflado y su arrogancia fálica, lo que intentamos salvar no es la vida sino una pose, una cuota de poder, una máscara de prepotencia que confundimos con respeto y seguridad, aunque detrás de ella vivimos llenos de miedo. Nos hacemos partícipes de un malentendido que confunde sobrevivir con dominar, imponerse y eliminar al otro.

Nos aferramos a la supuesta necesidad de la violencia frente a una realidad que imaginamos amenazante, pero en el fondo es que hemos aprendido a vivir así para acallar las angustias que pudiera despertar el no obedecer a ciertos mandatos impuestos por la cultura a través de la familia, de papá o mamá, del tío, el primo, los amigos o los líderes políticos. Para no quedar mal frente a esos mandatos, nos comportarnos como mandan los poderosos, nos amoldamos a un falso ser.

Cuando asumimos la violencia como algo inevitable y cotidiano entramos en un campo de batalla en el que no hay límite para las pulsiones destructivas. Sometemos nuestra existencia a la mentalidad del guerrero que en la acción bélica sólo actúa, no piensa, no siente, tiene permiso para cualquier cosa que sirva para destruir al enemigo. La batalla es innecesaria y absurda pero nos aferramos a ella porque aporta oscuras satisfacciones. Nos atrincheramos en el ego de un guerrero que defiende un territorio. Aunque creemos estar ganando respeto sólo producimos distancia, exclusión, abandono, rechazo, miedo y odio. El supuesto respeto que se gana  siendo irascible y explosivo es sólo una quebradiza cubierta de un ser raquítico en lo emocional, en la valoración de sí mismo o en la capacidad para establecer vínculos humanos.

Oswaldo Guayasamín (1968) La edad de la iraPensamos o sentimos con el puño cerrado, los dientes apretados y el ceño fruncido, tanta tensión del cuerpo deja pasar escasas ideas y emociones. Hemos aprendido a ver, pensar y actuar frente a cualquier dificultad haciendo uso de la rabia. Tal vez cada uno se ve a sí mismo como un ser deseoso de amar y dar amor, pero ante la mínima dificultad, frustración o conflicto nos volvemos esclavos de la rabia y vemos al otro como un enemigo, como una amenaza que tratamos de eliminar. La rabia es una emoción más, en sí no es buena ni mala, pero se producen serias distorsiones cuando la convertimos en el único color que aplicamos a nuestras vivencias. Si hay miedo lo disfrazamos con rabia, si hay tristeza la convertimos en rabia, si hay soledad manifestamos rabia hacia el mundo. Esto no es natural, pero hemos aprendido a vivir así.

En nuestra mente estamos apegados a la fascinación y la autocomplacencia que aportan fantasías violentas. Nos regodeamos en fantasear cómo destruir, hacer daño o causar muerte. Esto nos hace tributarios de una cultura de la violencia que envuelve a la guerra de una fascinante hermosura. Nuestras fantasías han sido moldeadas por relatos épicos que nos dicen que la guerra es un evento cargado de belleza donde se exhiben las mejores dotes viriles1. Una belleza que la convierte en evento sublime, hermosa gesta en la que hombres comunes se elevan a la condición de héroes. Ese velo, que encubre muerte y destrucción sin límites, muestra imágenes sublimes que se yerguen sobre cadáveres y desolación2.

Esta fascinación con la guerra va más allá de la contemplación cinematográfica de imágenes bélicas, la llevamos a la vida cotidiana y se convierte en un drama que protagonizamos en la familia, la escuela, la calle o las instituciones políticas. Para vivir tan sublime drama necesitamos inventar enemigos, éstos pueden ser hombres rivales, mujeres o cualquier persona que tenga otra orientación sexual, creencia religiosa o afinidad política.

Prescindir de la violencia no consiste en emprender un nuevo enfrentamiento, realizar un Watanabe Shoteiesfuerzo prodigioso o una tarea hercúlea frente a fuerzas sobrehumanas o monstruos que habitan en las profundidades. Hemos tenido ya demasiados héroes. Oponer una fuerza a otra no es lo que ayuda a detener la violencia, sino pasar a la práctica de soltar, desprenderse y dejar ir.

Parar la violencia no es una tarea simple pero es más sencillo de lo que se piensa. No se trata de imponerse apretadas ataduras para contener supuestos impulsos indomables, sino de separarse de cargas, soltar tensiones, abrir lo que está cerrado, dejar caer certidumbres que paralizan. En lugar de constreñirse más, ganar la libertad de renunciar a muchos supuestos, creencias y fantasías que moran en el inconsciente. Encontrar bienestar al desprenderse de hábitos que se repiten sin sentido y disfraces de virilidad que degradan la condición masculina.

Si soltamos el ansioso apego por la violencia nos abrimos al encuentro con los valores éticos y estéticos de una vida más apacible, y dejamos fluir nuestras acciones en la construcción de vínculos amorosos entre seres humanos.

Hay hombres que trabajan por la paz, son muchos, más de lo que se piensa, pero usualmente son invisibles porque no buscan hacerse notorios ni ganar poder.

Notas:

1.- Sobre este aspecto de la guerra ha escrito Alessandro Baricco en un ensayo titulado “Otra belleza, apostilla sobre la guerra” que es epílogo de su “Omero, Ilíada”.

2.- Al respecto invito a leer también “Un terrible amor por la guerra” de James Hillman.

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