Revés de la masculinidad

Una aproximación psicoanalítica a la construcción subjetiva de lo masculino

  • La construcción subjetiva de lo masculino, tanto para los hombres como para las mujeres,

    ... lo que encubre, sus discontinuidades y ambigüedades, su complejidad y sus carencias como formulación acerca del ser. Tras la pretendida naturalidad de una supuesta esencia masculina están las brechas entre las realidades subjetivas y los estereotipos culturales, las cuales se traducen en tensión, desencuentro, conflicto, vacío existencial y patología. Abordamos el revés de la masculinidad, entendido como su reverso y también como su fracaso.
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Posts Tagged ‘mitos y tradiciones’

Sin miedo a elegir

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en julio 17, 2015

 

Xia_Chang-Clear_Wind_on_the_Qi_River

Viento claro sobre el río Qi. Xia Chang

 

Hace algo más de dos años, a propósito del artículo Ganar la libertad de renunciar, mi amigo Gabriel Padilla me envió desde Bogotá estas preguntas:

¿Cómo lee el psicoanálisis la vuelta que le da la cultura asiática a la cuestión de la violencia? No es una sola, ciertamente, pero se pueden detectar algunos trazos predominantes.
A veces ese soltar y renunciar implica elegir las batallas, vale decir no solo cuándo pelear o discutir, sino especialmente cuándo no hacerlo. ¿No es posible que en otras ocasiones ese soltar y renunciar también se traduzca en un no resistirse a lo que sea que venga (incluida la posibilidad del conflicto)?

Le respondí de inmediato agradeciendo sus preguntas, le ofrecí escribirle luego. Pero ese luego se convirtió en una larga pausa de casi dos años. Hace pocas semanas le envié una respuesta, la comparto en este espacio en tres partes, a continuación va la primera.

clear wind strong bambú

“Viento claro, fuerte bambú”. Xia Chang

Apreciado Gabriel

Luego de varios meses te escribo en relación con tu pregunta. Pude haberte respondido hace tiempo que en la misma pregunta está la respuesta: no podemos excluir que hay ocasiones en las que pelear es una opción.

Pero apenas planteada, esa afirmación fácil, me sonó simplista y demasiado cómoda. Me parece también que tu pregunta condensa varios aspectos que merecen ser considerados. Por otra parte, dado que centras la cuestión en el plano de las elecciones, me pareció relevante plantear cómo abordar este asunto sin caer en el cinismo de decir que al final todo vale, que “todo es igual nada es mejor”, como diría Discepolo.  Lo que planteaste me ha movido a reflexionar, tomar notas, conversar en clases y talleres. Si no fuese por la distancia geográfica hace tiempo te hubiese propuesto encontrarnos para conversar y trabajar estos temas en el telar del diálogo. Me tomé el tiempo y llegó el momento de poder escribirte, no con respuestas acabadas, completas y finales, sino con propuestas para ahondar la comprensión. Es un asunto que debemos mantener en permanente elaboración, no existen respuestas definitivas al respecto.

Con claridad señalaste que “soltar y renunciar implica elegir”. Subrayo que se trata de renunciar a lo impuesto, a lo que hacemos por miedo a ser juzgados, a ese apego que tenemos por conductas, identidades o roles que nos han sido transmitidos. Se trata de parar de hacer algo que hemos venido haciendo de manera compulsiva y forzada, ignorando que existen otras opciones. Para ser capaces de elegir debemos primero soltar las ilusiones acerca de lo inevitable, el único camino y la fatalidad.

Para elegir hay que tener opciones, para lo cual se requiere apertura y aceptación de otras maneras de ver una realidad y de otras acciones que son  posibles dentro de ellas. Esta es una condición que nos hace libres para elegir. No poseemos un libre albedrío natural, nacemos sujetados y vivimos inconscientemente en ese estado. La libertad que nos da poder de elegir surge cuando reconocemos ataduras a las que respondemos sin saber y somos capaces de desprendernos de ellas. Al hacer esto logramos desechar condicionamientos externos que habíamos tomado como parte de nuestra naturaleza.

En nuestra sociedad, en este momento histórico tenemos el reto de ayudar a que cada vez más personas, familias, grupos, instituciones y estados sean capaces de optar por no ejercer la violencia ni vivir dentro de ella. Optar por formas de convivencia basadas en la construcción de paz y no en la destrucción del otro. Al hablar de masculinidad esto toma especial relevancia, porque hemos sido los varones los más sujetados al ejercicio de la violencia y los que tenemos mayores temores para desprendernos de ella.

Continuará en la próxima publicación del blog

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Habitar territorios entrañables

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en junio 26, 2012

En el comienzo de Cien años de soledad, el coronel Aureliano Buendía evoca a su padre José Arcadio Buendía, quien fundó Macondo y una estirpe luego de dar muerte en duelo de honor a un hombre que cuestionó su virilidad. La imagen del coronel recordando la tarde en que conoció el hielo, condensa al poder, las armas y la violencia en torno a la figura paterna.

Ser padre es mucho más que aportar un espermatozoide para preñar a una mujer. La paternidad, al igual que la maternidad, es una producción cultural, en ella confluyen prácticas, roles, relaciones, mitos y tradiciones. El padre es también una producción subjetiva, un complejo inconsciente que adopta características particulares en cada individuo. Pero entre subjetividad y cultura, el calidoscopio de las imágenes paternas hace girar algunos elementos compartidos y recurrentes.

Comencemos por recordar al hombre aquel que impone la disciplina según la advertencia materna “cuando venga tu padre se lo diré y verás”. El hombre fuerte que si no está presente es porque se está ocupando de proveer el sustento o está en lo suyo fuera de casa. Un varón que se respeta, capaz de imponer el orden por medio de la violencia, cosa que se le permite y muchas veces se le demanda. Es aquel que definía una ya añeja expresión: “el que lleva los pantalones en la casa”. Hoy que los pantalones no son una prenda exclusivamente masculina, muchos hombres siguen aferrados al deber de tener el mando y muchas mujeres al ideal de que un hombre lo tenga.

Hablamos de una figura de padre sustentada en relaciones que asignan a los varones la preeminencia y superioridad sobre las mujeres y los hijos. Un dominio que llegamos a naturalizar hasta creer que no podemos prescindir de él, ni en la familia ni en la sociedad en su conjunto. Por eso son muchos los que creen, por ejemplo, que la delincuencia se podría prevenir con más autoridad de padre dentro del hogar y con mano dura del gobierno en la calle, o que la violencia escolar sería producto de que a los docentes ya no se les deja ejercer dominio sobre los alumnos. Desde tiempos bíblicos se nos viene anunciando el caos del desenfrenado libertinaje en el que nos veríamos sumidos en ausencia del patriarca.

Hemos heredado la ficción de un padre todopoderoso, figura ligada a la autoridad y el ejercicio del poder, que pervive en muchas de nuestras relaciones cotidianas y que cultivamos en nuestros complejos inconscientes. Imagen del padre derivada de la reducción de las funciones maternas y paternas a la dicotomía de dar cuidado y ejercer autoridad, términos asignados arbitrariamente a mujeres y hombres respectivamente.

El resultado es una paternidad entendida como ejercicio del poder, como hegemonía dentro de la familia. Dentro de esa imagen cabe el padre proveedor, el salvador, el arbitrario, el punitivo, el que manda incluso a distancia o en ausencia. Figura que despierta sentimientos ambivalentes, entre un amor temeroso y un odio culpable.

Nos corresponde revisar las implicaciones que tiene hacer uso del poder para darle significado a la paternidad, entre ellas tenemos el autoritarismo, la violencia, el desapego y el abandono. Un padre todopoderoso es también una figura con el permiso imaginario para el exceso, la desmesura, es uno que no tiene límite en su voluntad, un varón que aspira a gozar de privilegios. Es aquel a quien se le otorga autoridad aunque esté ausente del hogar. También es ese del cual algunos recuerdan que los trató con rudeza y piensan que eso les hizo llegar a ser lo que son, con lo cual idealizan al poder paterno y minimizan sus méritos personales.

En el inconsciente individual la figura del patriarca agrupa representaciones, experiencias, afectos, relaciones que le dan poder en la subjetividad. El sujeto le otorga omnipotencia imaginaria, tanto por medio de la idealización amorosa como por el de la amenaza terrorífica. Le da vida al patriarca en el territorio de la ensoñación, allí donde se encontraba el coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento.

Esa figura temida y amada vive en el inconsciente como heredera de las creencias infantiles acerca del poder ilimitado del adulto y de la seguridad imaginaria que ellas aportan. Se rinde culto a un padre fantaseado, un ser poderoso e idealizado en el que no se quieren ver fallas o fisuras, no hay falta que descomplete su omnipotencia. Oscuramente, el sujeto se complace de admirar y sentirse bajo el cobijo de ese poder, funda en él sus ideales, sus fantasías, las normas a las que apega su vida. Su figura se desdobla en múltiples sustitutos cuyo rasgo común es el poder: jefe, líder político o religioso, doctor, profesor, policía o malandro.

Mujeres y hombres se subordinan a ese ídolo, entre las primeras encontramos los casos extremos de aquellas que se encuentran atrapadas en relaciones con parejas violentas. Entre los varones muchos son los que convierten la subordinación en identificación al patriarca, es decir hacen uso de él como referente para dar significado a su masculinidad, ser hombre es emular a ese padre en su poder.

Creer que para ser padre basta con tener poder y hacerlo valer, es una ficción que lleva a muchos hombres a tener desencuentros y dificultades en la relación con sus hijos, en la disposición para asumir lo que implica la paternidad en términos reales. La creencia de que ser padre es como ejercer un gobierno crea barreras. Muchos padres se apegan a este patrón aunque no crean en él, por temor a no ser respetados por sus hijos, otros lo hacen respondiendo a una demanda implícita o explícita de su pareja. Hay familias donde se tilda de débiles y se desvaloriza a los padres que no se imponen autoritariamente. Hay otras en donde la madre toma ese rol autoritario temiendo las supuestas consecuencias que dejaría su ausencia.

Muchos padres se prohíben a sí mismos un vínculo más cercano con sus hijos por temor a perder la autoridad, también tenemos los casos en los que, con las mejores intenciones, las madres contribuyen a que los hijos vean al padre como una figura distante y autoritaria.

Otra fuente de barreras es la ausencia de experiencias en las que los varones puedan jugar con roles de paternidad durante la niñez y la adolescencia, en contraste con las niñas en las que se promueve el jugar con muñecas y se las incluye en tareas de cuidado de otros niños. La crianza de los hijos está entre los ideales de vida que la cultura plantea para las mujeres, no es así para los hombres. Muchas mujeres se creen incompletas si no han sido madres, muy pocos varones se consideran menos hombres por no ser padres, ocurre al contrario, muchos perciben la paternidad como una pérdida porque la ven como algo que les va a impedir hacer muchas cosas de hombres. No ven en la paternidad una oportunidad de desarrollo existencial sino una amenaza a ideales de privilegio, autosuficiencia y desapego que han asociado a la masculinidad.

Los hombres hablan poco de sus vivencias como padres, hablan de deportes o de política pero casi nunca de los quehaceres con los hijos. Es un tema oculto, reprimido, dejado a un lado como vergonzoso o poco relevante. Las mujeres valoran la maternidad, han logrado cambios y han asumido nuevos roles, pero no dejan de valorarla. En cambio, el ejercicio de la paternidad sigue siendo subvalorado, invisibilizado y hasta negado por sus protagonistas.

Se ha hablado de que vivimos en nuestra época un declive de la función paterna, pero, en realidad, de lo que se trata más bien es del declive de la manera patriarcal de concebir al padre. En defensa de un patriarcado decadente surgen en la cultura ideologías nostálgicas de un viejo orden, que nos advierten del apocalipsis que se anuncia por la pérdida de autoridad paterna. La función paterna es una producción subjetiva que no depende de una ideología, aunque se asocie a ellas, puede cumplir un papel en la estructura del sujeto dentro de muy diversos contextos familiares.

Con el declive del patriarcado se abren oportunidades de desarrollo cultural y elaboración subjetiva de facetas ya existentes pero poco exploradas en los roles paternos. Es creciente la cantidad de padres que se implican emocionalmente y se comprometen con las tareas involucradas en la gestación, nacimiento, crianza y educación de hijos e hijas. Esto va más allá de un querer  adecuarse a una moda de papá moderno, responde a profundas necesidades de afecto y de vínculo familiar de los propios hombres.

Si tanto hombres como mujeres superamos nuestras ficciones imaginarias acerca de la paternidad, abrimos la posibilidad de que cualquier hombre sea capaz de asumir funciones que implican atender, criar, orientar, apoyar, contener, nutrir, limpiar, curar o acunar, como opciones válidas que enriquecen el rol paterno. Abrimos la puerta a una paternidad vivida como encuentro amoroso y creador de cultura. Esa que nos ilustra Aquiles Nazoa en su poema Pasa mi padre:

“mi dulce padre nos acogió a su pecho, un hijo a cada lado, y estábamos como debajo de un pan, bien que me acuerdo”.

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