Revés de la masculinidad

Una aproximación psicoanalítica a la construcción subjetiva de lo masculino

  • La construcción subjetiva de lo masculino, tanto para los hombres como para las mujeres,

    ... lo que encubre, sus discontinuidades y ambigüedades, su complejidad y sus carencias como formulación acerca del ser. Tras la pretendida naturalidad de una supuesta esencia masculina están las brechas entre las realidades subjetivas y los estereotipos culturales, las cuales se traducen en tensión, desencuentro, conflicto, vacío existencial y patología. Abordamos el revés de la masculinidad, entendido como su reverso y también como su fracaso.
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Posts Tagged ‘violencia doméstica’

Ocultos detrás de la ira

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en marzo 19, 2013

Rodin, Amor fugitivo

Con escepticismo y desesperanza muchas personas se preguntan si los hombres violentos con su pareja pueden cambiar. Una variante de esta pregunta es acerca de si son capaces de hacerlo, porque parece que quisieran ser distintos pero algo dentro de ellos no les permite dejar de ser violentos. Del escepticismo y la desesperanza se puede caer en la resignación y el fatalismo.

Tiene sentido hacer estas preguntas porque sabemos que en estos casos, después de agredir a la pareja, el hombre suele expresar arrepentimiento y hacer promesas de que no volverá a ocurrir, pero luego de un tiempo la violencia vuelve cerrando un ciclo que se repite con frecuencia creciente y mayor gravedad.

Las investigaciones sobre el tema, las experiencias de instituciones y profesionales y nuestro propio trabajo con estos casos nos permiten responder afirmativamente, estos hombres pueden cambiar, las personas violentas no nacieron así. Pero no basta con las promesas de enmienda para que el cambio se produzca.

Quienes se aferran sólo a los buenos propósitos y las promesas de no hacerlo más nunca, se encuentran inmersos en el ciclo de la violencia, sólo están tratando de negar el significado de sus actos y de anularlos con palabras como si nunca hubiesen ocurrido. Ponerle límite a la violencia requiere mucho más que buena voluntad y arrepentimiento. Hace falta que el hombre emprenda profundos cambios en su manera de relacionarse, su modo de  vida, la imagen que tiene de los otros, las emociones, la identidad, la manera en que afronta sus angustias recónditas.

Es posible el cambio pero se deben cumplir ciertas condiciones para encaminarse en esa dirección. La primera de ellas es aceptar sinceramente que no bastan las promesas y la buena voluntad, hay mucho más que hacer.

La segunda condición es aceptar que la violencia contra la pareja es un problema que tiene el hombre que la ejerce y que requiere ayuda específica para superarla. Pero no se trata simplemente de dar una declaración y sentarse a esperar la ayuda, es necesario ocuparse en eso y emprender acciones. Ocurre en muchos casos que el hombre dice “sí quiero cambiar”, pero permanece en actitud pasiva dejando que sea la pareja la que haga algo, como quien se echa en un sofá y espera ser atendido.

La tercera condición para iniciar un proceso de cambio tiene que ver con buscar la ayuda y acudir a recibirla, pero asumiendo que esto no es llegar a un lugar y decir “aquí estoy, qué va a hacer usted con mi caso”, hace falta hablar de cosas que usualmente se callan, plantearse preguntas, reflexionar sobre la manera en que se está llevando la existencia.

Una cuarta condición tiene que ver con replantearse los objetivos. Con frecuencia los hombres violentos acuden a tratamiento ante el temor de perder a la pareja o evitar una sanción. Si bien esos son motivos que pueden dar un primer impulso, hay que tener en cuenta que por sí solos no responden más que a la intención de salir fácilmente de una dificultad o de retomar el control de la situación sin que nada cambie en el fondo. Un verdadero cambio es mucho más que salvarse de un castigo, de lo que se trata es de rescatar la integridad emocional propia y de los otros, reparar y establecer relaciones libres de violencia, reconstruir la capacidad para amar y para ser amado.

En lugar de seguir escudándose en qué hace ella para provocar su ira, un hombre puede empezar a preguntarse qué pasa en él para hacerlo proclive a la violencia. Los procesos que llevan a un hombre a ser violento con su pareja son múltiples y complejos, es falso que lo hace porque no sabe controlar la ira. El ejercicio de la violencia se sustenta en una posición subjetiva constituida y fijada en una historia. La terapéutica psicoanalítica involucra a la persona en una experiencia de reconocimiento, comprensión y transformación de esos procesos y esa posición subjetiva. Los caminos que se recorren son diversos y no es fácil hacer generalizaciones, sin embargo quiero destacar dos aspectos fundamentales del proceso terapéutico en estos casos.

Grieta-murallaUn aspecto a destacar es el de reconocer y comprender la naturaleza de la violencia y cómo se ha hecho parte de la manera de vivir y relacionarse. No basta con declarar “sí soy violento”, hace falta un proceso de comprensión de qué es la violencia y cómo se ejerce en la vida diaria. Esto requiere hablar de muchas situaciones cotidianas, anécdotas, recuerdos y experiencias para identificar en ellas la violencia, sus formas, componentes y consecuencias. Hay los que dicen “yo no le pego” o “sólo le pegué una vez”, otros aceptan como violencia sólo un hecho aislado por el cual fueron denunciados, pero evaden que violencia está también en el uso de los gritos para imponerse, en las descalificaciones e insultos consuetudinarios, en los celos asfixiantes, en las restricciones de la vida social de la pareja o en las acciones que destruyen opciones de bienestar y desarrollo de la mujer, como por ejemplo, provocar la pérdida del empleo, obstaculizar tratamientos médicos o impedir la continuación de los estudios.

Develar la propia posición inconsciente no es una confesión de pecados para pedir perdón. Otro aspecto a destacar del proceso terapéutico es el que incide en los mecanismos psíquicos que le sirven al agresor para sostener y naturalizar su conducta. Uno de esos mecanismos inconscientes es el que usa para evitar el contacto con el significado de sus actos y lo que pasa con sus víctimas. Para lograr esto el agresor lo que hace es negar la naturaleza de sus acciones y el daño que producen en la mujer. Con esta estrategia defensiva levanta un muro que no deja pasar los sentimientos y crea condiciones para ejercer la violencia sin remordimientos. Una vía de cambio se abre cada vez que un hombre maltratador llega a ser capaz ponerse en los zapatos de la mujer y preguntarse ¿qué siente ella? La empatía que ahí puede surgir no es algo que se decreta, sino el resultado de un trabajo e incluso una disciplina.Chagall, 1915. El cumpleaños

Los procesos descritos pueden promover que un hombre comience a preguntarse acerca del lugar y el valor que le da a la mujer, así como acerca de la naturaleza del vínculo que establece con ella. Se le presenta así la oportunidad de replantearse su posición con respecto a la feminidad.

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Ese oscuro objeto

Posted by Antonio Pignatiello Megliola en septiembre 24, 2012

Son las cinco de la tarde en un barrio de Caracas, un joven sale de su casa y se dirige hacia esa esquina cercana en la que se reúne con sus compañeros de banda, mientras camina le complace sentir el peso de la pistola que carga oculta. No muy lejos de ahí, en la vía rápida, un padre de familia conduce irritado por el tráfico que no lo deja ir a toda velocidad en su potente vehículo. Este mismo hombre al llegar a casa ve desorden y desajuste por todos lados, se molesta, grita, le reclama a su mujer. Por su parte, uno de sus hijos, un adolescente de dieciséis años está en el cuarto molesto y discutiendo con la novia por teléfono, le reclama y la insulta cuando ésta le reitera que aún no quiere tener relaciones sexuales. Al hermano menor de esta muchacha le va mal en la escuela donde cursa quinto grado, lleva muy malas calificaciones y tiene problemas con las normas, él siente que en la escuela todos quieren mandarle y él no se va dejar, mucho menos de esa profesora que la tiene cogida con él. Esta profesora tiene un hermano que atraviesa una crisis con su esposa desde hace un año, a raíz de que ella empezó a trabajar y gana un sueldo que es casi el doble de lo que él gana, está angustiado e irritable, pero siente alivio cuando se reúne con sus amigos y sale a beber. En su trabajo este hombre tiene un jefe que dirige al personal dando gritos, humilla a los subalternos e insulta a cualquiera que exprese un desacuerdo, para éste el trabajo es su vida y también la fuente de ingresos con los que le gusta complacer a su esposa y sus hijos.

La costura que une todas estas historias está hecha de un hilo especial para atuendo de caballeros. Este hilo es el poder y con él se cosen experiencias de vida, costumbres, vivencias subjetivas y conductas con las que se hacen los hombres, en el marco de referentes culturales y relaciones sociales que instituyen posiciones de superioridad jerárquica, dominio y control de ellos sobre las mujeres. Este orden socio cultural basado en la hegemonía masculina atraviesa todos los aspectos de la vida humana, sustenta creencias y prácticas cotidianas en las cuales ser hombre y ser el que manda se presenta como un binario indisoluble. De acuerdo a esta masculinidad patriarcal, ser hombre es mandar en la familia, la sexualidad, la pareja, la producción y administración de bienes, el uso de la violencia. Es de hombres el dominio de las armas, del conocimiento, de la tecnología y de la conexión con la divinidad, pero no sólo eso, ser hombre es ser la imagen de Dios todopoderoso.

En muchos países esta hegemonía ha sido cuestionada, los imperativos patriarcales se han puesto en entredicho y se han logrado cambios sociales, culturales y políticos que han eliminado desigualdades. Sin embargo para muchas personas e instituciones sigue imperando la premisa según la cual lo normal es el dominio de los hombres sobre las mujeres, así como mucha gente siente alguna nostalgia de aquellos tiempos en que los hombres sí llevaban los pantalones y hacían valer su autoridad.

La asociación entre masculinidad y poder se mantiene viva en las subjetividades de hombres y mujeres, no como una ideología, sino como parte de procesos y estructuras inconscientes que se manifiestan en la vida cotidiana de los individuos. Así podemos empezar a comprender, por ejemplo, cómo es posible que parejas muy jóvenes repitan modelos machistas anacrónicos, o la fascinación que sienten muchas personas ante un-hombre-de-mando que abusa del poder sin límites ni pudor.

Donde hay hegemonía masculina podemos encontrar pactos de silencio y tabúes que la protegen. Hace falta perder el miedo y empezar a preguntarse ¿cómo se produce ese poder? ¿Cómo actúa? ¿Qué mecanismos usa para perpetuarse? Atreverse a poner en entredicho la idea de que el poder es algo que tienen los hombres como parte de su naturaleza. Sin darnos cuenta, damos por sentado que el poder es un atributo de los hombres, como si eso se llevara en las hormonas, los testículos, la estructura corporal, la cantidad de vello o en la nuez de Adán.

El poder no es un recurso natural acumulado en ciertas personas, grupos o instituciones, tampoco algo que baja de los cielos para que unos elegidos lo detenten. Es una producción social, es resultado de un tejido de relaciones en todos los ámbitos de la vida humana. Consiste en acciones que deciden la conducta de otros, existe siempre en el contexto de relaciones sociales e intersubjetivas y no como algo que se tiene o se acumula. Se suele decir, por ejemplo, que el dinero o las armas dan poder, pero el poder no está en esos objetos sino en las relaciones donde alguien hace uso de ellos para imponer a otros sus decisiones.

Las mujeres que han salido de relaciones con parejas violentas muestran por qué es importante dejar de creer en el poder como algo propio de la naturaleza masculina. En estos casos la mujer está consciente de que la pareja hace uso de mecanismos para dominarla, pero a la vez piensa que ese poder vino en el paquete de ese hombre, que le tocó así, que es por el carácter que tiene, porque es más astuto que ella o porque la ama intensamente. La mujer comienza a dejar de estar atrapada en el maltrato cuando cae en cuenta de que ese poder no es tan natural ni tan normal, que es ficticio en buena parte, que surge de una forma de relación y que ella sin saberlo ha contribuido a crear la imagen de un ser temible y todopoderoso. Cuando esto ocurre, la mujer se ubica de otra manera ante el maltrato y el agresor empieza a llevarse sorpresas porque ya no encuentra a la víctima que doblegaba.

En la subjetividad de los hombres la relación con el poder no surge de manera espontánea, es resultado de la manera como cada uno incorpora ideales, formas de relación y rituales patriarcales. Para ser hombre hay que demostrar poder, este mandato está presente en la vida de los varones desde la infancia, así como la angustia asociada a lo que podría pasar si no se cumple con él. Hacerse hombre bajo esas premisas conduce a padecer de una hipertrofia de todo lo asociado con la búsqueda, manejo y sostenimiento del poder, que genera tensión, sufrimiento y daños para sí mismo y para los otros. El poder se convierte así en un objeto imaginario para ser poseído, arrebatado o cuidado como un tesoro fálico que se teme perder. Atrapado en esa dinámica el sujeto puede llegar al punto de no ser capaz de relacionarse con los otros sin la mediación de ese objeto.

Cuando el poder se convierte en objeto que rige el mundo psíquico se vive en una pose narcisista, se carga el peso de una máscara que encubre la vulnerabilidad, las carencias y la necesidad recibir ayuda de otros. Detrás de rasgos de arrogancia se esconden seres que dependen de ilusiones ligadas al poder para sostener su autoestima, que viven temerosos de ser menos si no aparentan tener algún poder, así sea éste espurio, ilusorio, abusivo o delictivo. En el fondo esta es una posición de sumisión infantil a una amenaza imaginaria de castigo para quien no cumpla el mandato. Hay también los que se sienten poderosos porque en su realidad psíquica se han identificado con alguna figura encumbrada. Hay otros que se satisfacen mentalmente fantaseando situaciones de dominio sobre otros.

Un hombre que basa su existencia en dualidades como poderoso-vulnerable, dominante-sometido o superior-inferior, se mortifica pensando que no tener poder es estar castrado, angustiado se aferra a cuotas de poder con la pareja, los hijos, los alumnos, en las relaciones laborales, la práctica religiosa o las funciones gubernamentales. En ciertos casos, para tener poder el sujeto se apropia de una persona, un grupo, una institución o una comunidad a la cual tiene sometida, atemorizada y humillada. Dinámicas de este tipo son parte de los procesos que producen violencia intrafamiliar, escolar, política, delincuencial o carcelaria.

En las relaciones de los varones con el poder también hay conflictos, rechazo y sufrimiento. En todos los hombres encontramos brechas entre los ideales de dominio y la realidad del sujeto, así como otros deseos e ideales orientados a relaciones de equidad, solidaridad, cuidado mutuo y apoyo.

Es posible ser hombre sin estar atrapado en la moral y la estética del poder. Hace falta concebir lo masculino desde otros lugares, se puede tener respeto, amor y honor sin depender del ejercicio del poder. Esta apertura puede darse si se superan los tabúes y los temores a perder privilegios sobrevalorados. Es posible si se rescatan y aceptan aquellos aspectos de la propia existencia que fueron rechazados, si reconocemos que al final no es tal el poder que creemos tener sobre las mujeres, sobre nuestro cuerpo o sobre la muerte.

Desmontar las ficciones del poder nos coloca desnudos ante nuestras carencias y necesidades insatisfechas, nos revela incompletos e inacabados, sujetos deseantes y vulnerables. Significa renunciar al goce de la ficción de superioridad, dominio y control, pero abre la puerta a un mundo más amplio de satisfacciones.

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